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La furia contra el género

Enviado el 03/05/2017

Cinco años después de los ataques terroristas del 11 de setiembre de 2001, el antropólogo indio Arjun Appadurai escribió El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia (Tusquets Editores, 2007). Su intención fue comprender el surgimiento del fenómeno del terrorismo a escala global que, desde entonces, acompaña el escenario de violencias en nuestro planeta. Varios de los conceptos planteados en este libro resultan muy útiles para comprender el desarrollo de esa fuerza reaccionaria que, también a nivel internacional, denuncia la supuesta imposición de una “ideología de género” e intenta atajar todo intento de reconocimiento de derechos a mujeres y, sobre todo, personas homosexuales.

En el centro del argumento del autor está la contradicción entre el pretendido control y seguridad que ofrece el relato del Estado-nación a quienes viven dentro de sus respectivos límites, y la incertidumbre que genera la cada vez más amplia circulación global de bienes, personas e imágenes (la globalización) que desdibuja los límites, y por tanto debilita la idea de control sobre lo que ocurre en el propio territorio. En nuestro tiempo, la angustia que este desfase produce intenta aplacarse responsabilizando a una o varias minorías, pues ellas recuerdan la imposibilidad de realizar una nación homogénea.

La situación planteada por el autor no afecta solo al relato del Estado-nación, sino que puede ser aplicada a toda forma de pensamiento cuya idea de “nosotros” esté alimentada por la creencia en rasgos identitarios “puros” y en la que cualquier forma de diferencia sea vista con aversión. En mi opinión, este razonamiento es propio de discursos religiosos fundamentalistas, como los que desde la Iglesia Católica y desde diversas iglesias evangélicas coinciden en criticar aquello que denominan “ideología de género”. Desde la perspectiva planteada, esta reacción se explica porque el empuje de la equidad de género y el reconocimiento cada vez más amplio de derechos a las personas homosexuales va generando una nueva “normalidad” que pone en cuestión aquella otra expuesta en estos relatos religiosos. La reacción, antes que abrirse al diálogo con la “novedad”, consiste en reafirmar el discurso propio.

Appadurai anota que un añadido contemporáneo de este tipo de pensamientos es su violencia, pues la ira o el odio suele acompañar las referencias a aquellas minorías que obstaculizan la realización de la imagen de una sociedad homogénea y bajo control. La imagen concreta de dicha minoría varía según los contextos: judíos, migrantes, musulmanes, homosexuales, u otros colectivos, han sido y son objeto de este discurso de odio. La novedad de este tiempo, anota el autor con agudeza, es la creciente conciencia de que la minoría es apenas el síntoma, “pero el problema subyacente es la diferencia misma”. De allí que este tipo de pensamiento derive hacia intentos de eliminación – física o simbólica – de los diferentes.

Se trata, por tanto, de una “identidad predatoria” que, en términos de Appadurai, es aquella “cuya construcción social y movilización requieren la extinción de otras categorías sociales próximas, definidas como amenaza para la existencia misma de determinado grupo definido como <nosotros>”. Son movilizadas por mayorías que se perciben amenazadas por la presencia de minorías, en particular por el temor a “que el propio grupo puede volverse minoritario a menos que desaparezca [la] otra minoría”. Frente a ello, la tentación de purificar la sociedad, eliminando al diferente, es siempre una alternativa latente.

En el Perú y en otros lugares del mundo, parte de la lucha se mueve en el campo simbólico. Estos grupos buscan erradicar toda mención pública de la diferencia (en la legislación, en las políticas públicas, en los documentos oficiales), quizás porque ello produce la ilusión de que ella no existe. Simultáneamente, son desplegadas agresivas campañas en favor de lo que estos sectores consideran correcto (por ejemplo, “Con mis hijos no te metas” en Perú y otros países, “Hazte oír” en España). Son intentos “de exorcizar lo nuevo, lo emergente y lo incierto”, trayendo los términos de Appadurai a nuestro análisis.

Pero como ello nunca es posible del todo, el riesgo de acudir a la violencia física está siempre presente. Las recientes palabras de un pastor evangélico demandando el asesinato de dos mujeres que se besaran apuntan justamente en esa dirección. Es apenas el primer paso, que puede concluir, si no se le frena cuando es debido, en formas de control o exterminio, como los campos de concentración para homosexuales, cuya existencia se denuncia hoy en Chechenia.

Por este potencial violento que contiene, relatos de este tipo deben ser combatidos dentro de una democracia cuya existencia se basa en las libertades individuales, y por eso mismo en la posibilidad del disenso y la diferencia. Los discursos de odio, y las prácticas que estos justifican, no pueden ser admitidos en sociedades modernas, ni siquiera si vienen revestidas de ropaje religioso. La furia contra el género o las minorías solo revelan la debilidad de quienes la proponen, y son obstáculos para una convivencia social sana en un país que pretende encaminarse hacia la modernidad.

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