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Región que exige, no es problema

Enviado el 04/05/2016

Los resultados electorales han generado interpretaciones curiosas.  Así un exministro opinó en un periódico que el sur del Perú es una suerte de bastión de la izquierda y que ello implica una especie de “problema del sur”.  Discrepo de este simplismo, y más bien creo que hay otra realidad y lectura de estos resultados.

Para fines prácticos consideremos el sur como el espacio de Apurímac, Arequipa, Cusco, Moquegua, Puno y Tacna.  Comencemos por señalar que, en el último medio siglo, esta región ha tenido una gran transformación, tanto en lo económico como en lo social.  En efecto, su demografía muestra que la población urbana, de 33% en 1961 ha pasado a 65% en el 2007, con los consiguientes efectos de una mayor disponibilidad de infraestructura, servicios de salud y educación, presencia del estado y, ciertamente, un mercado creciente y articulado, que brinda más oportunidades de empleo y crecimiento.  Una transformación superior al promedio nacional.

No sólo ha crecido la minería y el turismo, sino también la producción de alimentos y servicios para esta creciente población urbana.  También hay que recordar el impresionante incremento en carreteras, que le han permitido articularse económicamente mejor.  La región tiene posiblemente las mejores carreteras transversales del Perú, que han dejado en el olvido al ferrocarril del siglo XIX.

Pero lo que más cohesiona a esta región es la base demográfica común, que ha tenido una espectacular dinámica de migración interna que, si bien ha creado tensiones de crecimiento poblacional en Tacna, Ilo, Moquegua, Cuzco y sobre todo Arequipa, ha incentivado su desarrollo material y traído también una positiva integración cultural.  Complementaria y significativamente, la región tiene, en amplia gama de colores políticos e intereses ciudadanos, una gran cantidad de organizaciones sociales que expresan las inquietudes de las poblaciones, sobrepasando generalmente a las organizaciones políticas.

Quizá esto no es tan nuevo ni tan sorpresivo.  Ya en las décadas de los 50-60 habían surgido en esta región corporaciones y juntas de desarrollo departamental, que si bien originalmente respondían a objetivos concretos de reconstrucción frente a terremotos o inundaciones, se convirtieron en plataformas locales para identificar y empujar irrigaciones, carreteras, universidades, y promover proyectos industriales y mineros.  Lo importante es que estas entidades regionales tuvieron casi siempre la representación y la inquietud vigilante de organizacionales sociales de diferentes estamentos, y que además mantenían relaciones interdepartamentales.

Entonces se trata de una región que ha ido construyendo, en algún grado, una identidad y un destino en función a un mínimo de aspiraciones comunes.  Luchar por proyectos de infraestructura como carreteras, irrigaciones, hidroeléctricas, puertos, ha sido parte de ese quehacer.  En un horizonte reciente se habla del gas, tanto para uso industrial como doméstico; de Majes como un emprendimiento público privado; petroquímica, o la reconversión de zonas libres comerciales.  Es una región que tiene una trayectoria de convivir y obtener beneficios de grandes proyectos mineros --no exentos de problemas de contaminación ambiental o tensiones sociales--, pero que muestra una experiencia de exigir y lograr que se cumplan estándares y compromisos en estos aspectos.

Finalmente, es una región consciente de su especial ubicación geopolítica.  Una región con la cual pobladores de países vecinos realizan intercambios económicos y humanos ventajosos.  La integración social y económica con estos países (y el más lejano Brasil), se da a partir de intereses comunes prácticos --más allá de esquemas burocráticos--, que tienen una tendencia creciente.

Pero como otras regiones del país, el sur siente y resiente la incomprensión e incompetencia del poder central.  Tía María ha fracasado en su ejecución casi por las mismas razones que la privatización de EGASA en el 2002.  Es decir, la falta de visión del poder central de dialogar y atender las inquietudes y observaciones de la población y de sus organizaciones sociales, y solo actuar cuando los conflictos hacen crisis.

Es una “cultura del poder central” en Lima, que va desde los organismos de gobierno, matrices corporativas, dirigencias políticas de todo signo e intelectuales que miran desde arriba al resto del país.  Es un ministro de Economía que se queja de que las regiones y municipios no gastan, pero que no se preocupa de establecer mecanismos eficaces de generación, evaluación y ejecución de proyectos.  O de ministros que no se ocupen de que los estudios de impacto ambiental (EIA) estén minuciosamente revisados y a tiempo, que las poblaciones y organizaciones reciban las explicaciones de la solución de problemas, y que esas mismas organizaciones participen en la fiscalización y vigilancia que garantice que un proyecto cumpla con los estándares ambientales o sociales.

¿Y qué dicen los resultados electorales?  Dicen que en la región sur los votos para Verónica, Goyo, Keiko y PPK sumaron un 54 %.  En Lima este mismo grupo de candidatos obtuvo 50 %.  Si las izquierdas y derechas políticas más características están en este grupo, querría decir que el centro político sería el resto.  O sea que en este tema la región sur es lo más parecido al conglomerado más moderno del Perú, que es Lima.  Un parecido que revela una postura política moderada y más bien pensando hacia adelante.

No existe un problema “región sur” o de región alguna.  Existe un “centralismo mental” que se expresa en un desconocimiento de la realidad regional, una actitud irrespetuosa y sobre todo de incompetencia de quienes manejan temas cruciales para las regiones.  Se que requiere una mayor “inversión” en diálogo y compromisos para dar pasos adelante.

La recuperación del terremoto del 2001 funcionó en Arequipa pero no en Pisco.  Ello se debió en mucho a la exigencia y participación de bases sociales organizadas, que exigen discutir pero que también se comprometen a actuar.  Moquegua ha convivido con tres grandes proyectos mineros y exigió y logró un balance que ha ido mejorando.  Hay pasivos, pero la mayoría quiere que la empresa siga funcionando y cumpliendo sus compromisos y entregado sus beneficios.  Las Bambas estaba en la lista de proyectos de empresas mineras que el gobierno militar confiscó y recién a finales de los 90 comenzó a ejecutarse a instancias de los pobladores de Apurímac, que también exigen se proteja su medio ambiente.  Arequipa decidió avanzar más el proyecto de Majes con una participación privada, pero la provincia cuzqueña de Espinar exige su cuota de beneficios.  El sur es una región que exige y en voz alta, pero no es un problema.  El problema está en la mentalidad de algunos dirigentes públicos y privados en Lima.

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