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Homenaje personal a la Católica

Enviado el 05/04/2017

Ingresé a la Católica un poco por casualidad. Me estaba preparando para otra Universidad cuando mi madre me convenció que “nada perdía con probar, así me iba preparando”. La alegría del ingreso borró todos los demás planes. Al inicio, por tanto, no fue una elección tan consciente, pero todo lo que vino después sí lo fue.

Y es que en los años universitarios tomé varias de las decisiones que definieron mi vida, todo ello animado por el ambiente convulso que se vivía en el país (mediados del primer gobierno aprista), por las discusiones políticas en distintos espacios dentro la Universidad, y por la reflexión dentro de las aulas, que me devolvía nuevamente al país y al debate político. Porque eso fue para mí la PUCP: un lugar donde la formación académica marchó siempre junto a la reflexión sobre los procesos del Perú.

Esa reflexión fue muy viva y no sólo en clases. Fuera de ellas, las discusiones académicas y políticas se alternaron, y muchos no fuimos ajenos a los debates sobre la crisis económica, la violencia subversiva, la crisis de Izquierda Unida, la pacificación del país, los derechos humanos, la oposición a la pena de muerte y, casi al final, el rechazo al nefasto autogolpe de Fujimori (vergonzoso acontecimiento de nuestra historia reciente perpetrado hace 25 años). Y junto con lo anterior, el rol de los jóvenes universitarios frente a este país de múltiples interpelaciones.

Pero no fueron diversos los temas, sino también los lugares. Mi paso por la Universidad significó también recorrer El Agustino (junto con la comunidad católica universitaria a la que pertenecí), Surquillo (con un taller de proyección social que integré con compañeros de Letras), Chota (nuevamente con mi comunidad), Andahuaylillas y Pisac (con estudiantes de Antropología). Lo aprendido allí fue tan importante como lo visto en las aulas: reflexiones sobre el compromiso cristiano, la solidaridad, la justicia social, el desarrollo, el rol de la Antropología en el Perú de entonces.

Ninguna de estas experiencias vitales fue hecha en solitario; en todas ellas compartí sentidos, ilusiones y esfuerzos con amigos y amigas entrañables, varios de los cuales siguen siéndolo hasta hoy. La discusión académica en las aulas, la comunidad cristiana, la proyección social (hoy se diría voluntariado), el trabajo de campo, la organización estudiantil, el Centro Federado, la movilización política… son distintos rostros de una experiencia universitaria que tocó las distintas dimensiones de mi persona.

El relato no estaría completo sin mencionar a quienes me enseñaron a mirar el mundo más allá de los libros y de las aulas. Roberto Burns me enseñó que en el mundo de hoy una fe adulta argumenta y dialoga, no se impone con dogmas. Él y Felipe Zegarra, además, me ayudaron a afirmar una relación entre esa fe y el compromiso con los derechos humanos. Cecilia Rivera, en Letras, descubrió ante mí el fascinante mundo de la Antropología. Ya en Facultad, Fernando Fuenzalida fue un permanente y enorme acicate para leer, aprender y construir argumentos con que discutirle. Juan Ansión y John Earls fueron una permanente inspiración sobre las posibilidades de una labor profesional enraizada en la vida del país.

Los años intensos de la vida universitaria dejaron en mí una marca que perdura hasta hoy. Este breve testimonio es un homenaje personal a mi alma mater, hoy centenaria. Estoy seguro que esa luz seguirá brillando en las tinieblas por mucho tiempo más, para beneficio del Perú.

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