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Bajo Piura en la incertidumbre frente a la emergencia

Enviado el 05/04/2017
Por: 
María Luisa Burneo

La madrugada del pasado 27 de marzo se desbordó el río Piura, dejando a la ciudad capital inundada y a los caseríos del campo aislados y con el agua hasta el techo de las casas. Las imágenes no solo llegaban de Piura, sino también de otras zonas del país afectadas o devastadas por las lluvias, huaycos y desbordes. En el Bajo Piura, sucedió lo que hace mucho se sabía que podía pasar: los diques no resistieron, los asentamientos cercanos al río fueron arrasados. Miles de personas lo han perdido todo. La mayoría de imágenes, sin embargo, llegan de las ciudades, capitales regionales o provinciales: plazas de armas inundadas, carros cubiertos, héroes anónimos color arcoíris. Se habla de las motobombas, de la reconstrucción, de restablecer el abastecimiento de servicios. Sin embargo, se conoce poco lo que viene sucediendo en las zonas rurales: las miles de hectáreas de cultivos perdidos y lo que ello implica para la economía de las familias de los caseríos del Bosque seco.

Catacaos y Cura Mori, ambos distritos del Bajo Piura, fueron dos de las zonas más golpeadas en el norte del país. Alrededor de las zonas urbanas, decenas de pequeños caseríos prácticamente han desaparecido. ¿De qué viven (o vivían) estas familias? ¿Qué implica la reubicación que hoy enfrentan como un nuevo momento de sus vidas? Los miles de familias de los caseríos de Bajo Piura son pluriactivas; esto es, tienen estrategias diversificadas para generar ingresos: desde la agricultura hasta el moto-taxi, la mano de obra eventual en construcción e, incluso, adentrarse de vez en cuando en altamar con los pescadores de Paita. Si bien no tienen un ingreso exclusivamente agrícola, las pequeñas parcelas y los animales son parte fundamental de sus estrategias de vida.


Muchos de los caseríos del Bajo Piura se encuentran dentro del territorio de la comunidad campesina de Catacaos, una de las más antiguas y grandes del país. Es una zona de minifundio, donde la tierra se ha ido fragmentando a lo largo de la historia a través de la herencia: las pequeñas parcelas fluctúan entre 1.5 y 0.25 hectáreas. En la zona que va entre Catacaos y Cucungará, capital de Cura Mori, las familias siembran principalmente, maíz, arroz o algodón, dependiendo del año y de la disponibilidad de agua que les dará la Comisión de regantes, entre otros factores. Venden parte de la producción –todo en el caso del algodón, aunque sea a muy bajos precios–, y se quedan con parte de ella para el consumo familiar o para alimentar a los animales; en el caso del maíz, también para preparar la inconfundible chicha piurana. La crianza de animales –unas cuantas vacas, cerdos, y aves de corral–, complementa los ingresos de la casa. En algunas zonas, como Simbilá existe una antigua tradición de alfarería, en otras, como Narihualá, se tejen hermosos sombreros de paja; saberes que han sido trasmitidos por generaciones.

Conocí los caseríos del Bajo Piura en el año 1999, no importa ahora en qué circunstancias. Entonces, la carretera hacia Cura Mori no estaba asfaltada, no había pistas que entraran a los caseríos, tampoco luz ni alcantarillado; el agua llegaba una vez por semana y se juntaba en enormes tinajas de barro. En las fiestas se tomaba solo chicha, bebida que se le daba a los niños desde pequeños. Los caseríos fueron creciendo, accediendo a algunos servicios, aumentó el flujo de vehículos entre estos y Catacaos o Piura, llegó la luz, los celulares, y en algunos casos, el internet. Algunas otras cosas no cambiaron mucho: la pequeña agricultura siguió sin crédito ni asistencia técnica, la propiedad siguió fragmentándose.

Desde esa época, las familias de los pequeños caseríos sabían que se encontraban en una zona vulnerable. En Santa Rosa de Cura Mori, caserío del que hablaré ahora, ya habían sufrido pequeños desbordes en años anteriores; el río está a un kilómetro de las casas, atravesando las chacras. Estas son herencia de sus antepasados, también comuneros cataquenses; algunos otros, las recibieron luego de la adjudicación de la Reforma Agraria. Conociendo esta situación, hace unos diez años, los pobladores de Santa Rosa se organizaron para pedirle tierras a la comunidad campesina en una zona más alejada del río y buscar una manera de empezar de cero. La comunidad les cedió las tierras eriazas que están junto a la Panamericana, donde se refugian actualmente. Pero se trata de una zona del Bosque Seco donde aún no hay infraestructura de riego, ni cableado eléctrico, ni agua, ni tierras para sembrar; es el desierto. Sus chacras en Sta. Rosa están a unas dos horas a pie desde este lugar. Era una decisión difícil que requería de inversión, recursos y planificación. En ese intento, acudieron al Estado –municipalidades y gobierno regional– para gestionar algún proyecto o el préstamo de maquinaria para al menos nivelar el terreno. Esto, sin embargo, nunca se hizo realidad.

Han pasado nueve días desde el desborde del río Piura. Los cultivos han sido arrasados, los animales se ahogaron, muchas de las viviendas –de muros de ladrillo pero techos de calamina y piso de tierra– se destruyeron. Estas familias no tienen ahorros en bancos, el dinero se gana semana a semana, a veces día a día; para aquellas familias que se sostienen más de la agricultura que de otros ingresos, la esperanza está puesta en la campaña grande; de esta depende el sustento de los meses venideros y de la posibilidad de invertir en la próxima campaña, de comprar algunos insumos, de mejorar un poquito la casa y tal vez para pagarle algunos meses de estudio a los hijos menores. Todo ello se ha desvanecido, hoy hay que empezar de cero. Se viene por delante un nuevo proceso de apropiación del espacio del Bosque Seco.

Muchos quieren volver al caserío, sobre todo los mayores que no se imaginan en las tierras eriazas de la Panamericana a dos horas a pie de sus chacras. Los más jóvenes apuestan por quedarse, pero temerosos del futuro que aparece tan incierto. ¿Se podrán recuperar algunas de las chacras? ¿Habrá que ir a diario a trabajarlas en carreta? ¿Conseguirán otros empleos? ¿El gobierno cumplirá con ponerles servicios básicos? ¿Existirá alguna posibilidad de gestionar infraestructura de riego en las nuevas zonas? Si pudiese resumir el sentimiento que encuentro en las conversaciones entrecortadas que he tenido con ellos, usaría la palabra incertidumbre.

Las familias del antiguo Santa Rosa acampan hoy en el kilómetro 980 de la Panamericana; otra es la historia del conflicto que tienen con el empresario que se apropió de parte de estas tierras cedidas por la comunidad y sembró uvas. Son 473 familias, más de 2 mil personas; a ellas se suman las miles de familias de los otros caseríos arrasados por el río. La gobernación regional habla de 14 mil personas que no tienen nada. ¿Qué futuro les espera? ¿Por dónde empezarán? ¿Se quedarán todos, muchos, pocos? Es todo muy incierto y la situación es dolorosa. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que este movimiento de población en el Bosque Seco piurano, es parte de un proceso de ocupación más largo –donde el agua siempre ha jugado un rol clave–, y que pareciera que nos muestra solo la punta del iceberg de lo que se viene hacia delante, mucho más allá del desierto

 

Pd. Nota: Si quieres apoyar a las familias del caserío de Sta. Rosa, puedes hacer tu donación aquí: https://www.youcaring.com/familiasbajopiuraperu-786098

 

María Luisa Burneo es investigadora del Instituto de Estudios Peruanos (IEP)

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