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Un gran gobernante corrupto indultado por el emperador en el siglo XVI

Enviado el 05/07/2017

En su ambiciosa ‘Historia de la corrupción en el Perú’ (IEP, IDL, 2013), el historiador neoliberal peruano Alfonso Quiroz [n.1956-m.2013] discutió las distintas interpretaciones propuestas desde las Ciencias Sociales, incluida la Historia, para estudiar el fenómeno de la corrupción administrativa estatal desde el siglo XVI en adelante.  Rechazó las interpretaciones “culturalistas”, que relativizan la noción de corrupción y enfatizan su percepción y tolerancia --en el presente o en el pasado-- por parte de los actores involucrados y afectados por ella (pp. 41-44).  Siguió, más bien, “un marco analítico institucional alternativo” (p. 45), derivado de las ideas de la “historia económica institucional”, propuestas desde la década de 1990 por el influyente premio Nobel de Economía (1993) Douglass North [n.1920-m.2015].

El librode Quiroz, que sigue “los esfuerzos y escritos de quienes se opusieron a sucesivas olas de corrupción ilimitada y sistemática” (p. 37), se inicia con “El fracaso de las reformas coloniales, 1750-1820” (cap. 1, pp. 59-127), donde incluye un par de ejemplos de corrupción en “círculos de patronazgo virreinales” de los siglos XVI y XVII (pp. 100-105).  No obstante, cabe preguntarse: ¿sirve la “economía institucional”, pensada para sistemas políticos modernos, como una buena herramienta de análisis para la época pre-moderna?  ¿A qué se referían las ideas de “bien común”, noción ideal afectada por la corrupción concreta, en el contexto de la Monarquía de los Austrias españoles (siglos XVI-XVII)?  ¿Qué quería decir, por ejemplo, Guaman Poma cuando puso por subtítulo “buen gobierno” a su ‘Nueva corónica’ en 1615?

Las preguntas pueden multiplicarse, pero no podrán ser respondidas adecuadamente en este espacio.  Pese a ello, presentamos aquí, con la brevedad a la que nos vemos forzados, uno de los primeros grandes casos de corrupción ocurrido en el Perú colonial de mediados del siglo XVI, que involucró directamente a la autoridad máxima del momento, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro [n.ca.1492-m.1571].  Este personaje es recordado por haber sido el segundo gobernador del Perú (1541-1544), que reemplazó al conquistador Francisco Pizarro (asesinado en su palacio de Lima “el domingo después de San Juan”, 26 de junio de 1541) y derrotó a los rebeldes liderados por Diego de Almagro “el Mozo” (batalla de Chupas, 16 de setiembre de 1542).  Regresó a España tras la venida del primer virrey, Blasco Núñez de Vela [† 1546], quien tuvo que enfrentar la “rebelión de los encomenderos” capitaneada por Gonzalo Pizarro [† 1548].

El cronista Agustín de Zárate [n.ca.1514-m.ca.1585], escribió que, tras la derrota de los “almagristas”, Vaca de Castro: “estuvo en el Cuzco mas de año y medio repartiendo los indios que estaban vacos y poniendo órden a la tierra, é hizo ordenanzas en gran utilidad y conservación de los indios. [...] Y toda la tierra estaba muy quieta y los indios muy amparados y reparados de las grandes fatigas que rescibieron en las guerras pasadas” (‘Historia del Descubrimiento y Conquista del Perú’, 1555, Lib. IV, Cap. XXII).

El Inca Garcilaso de la Vega [n.1539-m.1616], por su parte, indicó que: “el licenciado Vaca de Castro, como hombre tan prudente, lo governó [al Perú] con mucha rectitud y justicia, con mucho aplauso, gusto y contento de españoles e indios, porque hizo ordenanças muy provechosas para los unos y los otros, de que los indios en particular recibieron grandíssimo favor y regozijo, diziendo que eran leyes muy conformes a las de sus Reyes Incas” (Segunda parte de los ‘Comentarios Reales’, 1617, Lib. III, cap. XIX).

Las dos biografías escritas en el siglo XX, por Casiano García Rodríguez, ‘Vida de D. Cristóbal Vaca de Castro, presidente y gobernador del Perú’ (1957), y por María IsabelViforcos Marinas y Jesús Paniagua Pérez, ‘El leonés don Cristóbal Vaca de Castro, gobernador y organizador del Perú’ (1991), no son menos positivas.  Sin embargo, ya en el siglo XIX, el gran historiador español don Marcos Jiménez de la Espada [n.1831-m.1898], advirtió que Vaca de Castro: “presentado por la mayor parte de los antiguos cronistas y modernos historiadores del Perú como modelo de gobernantes, no brilló […] con igual pureza en todas sus acciones” (‘Cartas de Indias’, 1877, p. 854).  ¿Cómo lo sabía, si las fuentes publicadas eran unánimes en sus alabanzas?  Pues porque había revisado documentación de la época en diversos archivos españoles, incluyendo el “Juicio de Residencia” que se le aplicó al finalizar su mandato (hoy conservado en el Archivo General de Indias, en Sevilla, sección Justicia, legajo 467).

Jiménez decía: “envanecido con su victoria sobre don Diego [de Almagro “el Mozo”] y estimando este servicio á S[u]. M[agestad]., superior á los que prestara don Francisco Pizarro con el descubrimiento y conquista del Perú, creyó que en lo tocante á los negocios de su interés personal, y de sus deudos y allegados, podia sin escrúpulo entregarse á los mismos excesos que en el castigo de los rebeldes, gozando pingües rentas que correspondian á la Corona; aplicando para sí los mejores repartimientos de que habia despojado á los hijos del marqués [Pizarro]; repartiendo largamente los oficios mejores entre los de su casa; haciéndose regalar de los indios valiosísimas joyas y ropas; y llegando al extremo de abrir por su cuenta y con privilegio en la plaza del Cuzco una tienda de coca, carne, velas, vino y otros varios artículos de primera necesidad, que sufrian por ende, en perjuicio del vecindario y en provecho suyo, una especie de estanco [= monopolio].  Sólo usó de cautela y astucia en la manera de remitir á España y de guardar allí el fruto de su codicia, las cuales, por lo demás, hicieron inútiles la vigilancia y celo de sus enemigos, en particular del contador Juan de Cáceres, que interceptaba sus cartas en Tierra Firme [= Panamá] y las remitia al Emperador [Carlos V], con otras [cartas] donde se extendia en más ámplios informes y pruebas acerca de la conducta de Vaca de Castro” (‘Cartas de Indias’, 1877, pp. 853-854).

Recientemente, el etnohistoriador argentino Gonzalo Lamana ha resaltado: “Otra fuente de ingresos de la cual Vaca de Castro trató de sacar provecho fue la adoración de los Incas a sus antiguos reyes.  Celosamente guardados, sus cuerpos embalsamados jugaban un papel clave en las actividades cotidianas del aparato político-religioso imperial, y eran huacas de sus respectivas panacas.  Fray Tomás de San Martín y fray Juan de Olías denunciaron que, vergonzosamente, el gobernador tenía bajo su control el cuerpo de Huayna Cápac, y tenía apostado a uno de sus sirvientes para que recibiese el pago de los nobles incas que lo querían visitar” (‘Dominación sin dominio: El encuentro inca-español en el Perú colonial temprano’, IFEA, CBC, 2016, p. 225).

Jiménez publico una extraordinaria carta de Vaca de Castro dirigida a su esposa, doña María de Quiñones, desde el Cuzco, el 28 de noviembre de 1542 (‘Cartas de Indias’, 1877, no. LXXXIII, pp. 495-503).  El licenciado informaba a su esposa del oro, plata y joyas que había ido enviando a España, así como de la estrategia a seguir en la Corte, entonces residente en Valladolid, para obtener recompensas por su labor gubernativa en el Perú (“porque destos serviçios tales que hazen cavalleros, se suelen començar las casas y mayorazgos”).  El objetivo era el engrandecimiento de la familia (“poder comprar vn buen mayorazgo que quedase memoria de nuestros padres y de nosotros”), haciendo uso de las redes clientelares de las que Vaca de Castro era parte (“esos señores myos y amygos”).  Pero, para lograr tales premios, había que disimular las riquezas que estaba enviando (“todo lo que allá [h]oviere ydo y agora llegare, lo reçibays muy secreto, y ávn los de casa no lo sepan, y lo tengays secreto fuera de casa en algun depósito de monesterio […] mientras menos viere el Rey y sus privados, más mercedes me harán”).

Instrucciones tan explícitas, interceptadas por sus rivales y enviadas al Consejo de Indias, pusieron a Vaca de Castro en serios problemas.  Estuvo preso y fue juzgado por corrupción durante una década (1545-1555).  Sin embargo, el emperador Carlos V, que estaba preparando su abdicación en favor de su hijo Felipe II, “cedió de su severa justicia, y Vaca de Castro… fué absuelto y libre de cincuenta y dos capítulos de gravísimos cargos” (Jiménez 1877, p. 855).  En una monarquía con aspiraciones de poder absoluto, el soberano era la fuente última de la legalidad, que podía aplicar casi a su antojo.  En el Perú de hoy, esto ya no es así.

 

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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