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Los Inicios: materiales para el estudio de la red que dio origen al APRA

Enviado el 05/10/2016

El contrapunto entre Osmar Gonzales y Javier Landázuri, que a propósito del magnífico libro Los Inicios se desarrolló en ediciones anteriores de Noticias Ser, ha tenido varias virtudes. En primer lugar, la más evidente: llamar la atención sobre la existencia del abultado y lujoso volumen, de cuya salida próximamente se estará cumpliendo un año. Como señala acertadamente Gonzales, el libro causó menos debates y comentarios de los que cabría haber esperado, tanto entre los investigadores académicos como en el público más amplio. Quiero entonces aprovechar la oportunidad (un tanto tardía) para celebrar su aparición, a partir de la cual es posible acceder a materiales celosamente atesorados durante décadas que son de indudable valor para la comprensión de la historia inicial del APRA y del perfil de las figuras involucradas en la etapa de su gestación. Por fortuna, los documentos que han visto la luz –cuya azarosa navegación pudo acaso culminar en extravíos o en descuidados almacenamientos en manos privadas per secula seculorum, sobre todo antes de haber sido reunidos con tenacidad por Armando Villanueva del Campo en las décadas finales de su vida- encontraron en Javier Landázuri un resuelto editor sensible a las técnicas de la investigación histórica y al cuidado de los archivos, que supo velar por ellos y publicarlos en un volumen a la altura de su importancia. En ese sentido, resultaría deseable que este hecho incentivara la puesta en disponibilidad de otros yacimientos de fuentes relativas a la trayectoria aprista, para así empezar a remediar la situación de dispersión y confinamiento privado que ha caracterizado la historia de sus documentos.

En segundo lugar, como apuntan tanto Gonzales como Landázuri la correspondencia y demás registros reunidos en Los Inicios ofrecen pistas que permiten calibrar mejor la célebre ruptura entre Haya y Mariátegui ocurrida en 1928. Las sucesión de cartas del puñado de desterrados que desde Londres, París, México o Buenos Aires daban las pinceladas iniciales al fenómeno del APRA, permite no sólo observar de cerca su constitución in progress –y la distancia que lo separaba en sus momentos germinales de la fisonomía que comenzará a adquirir a partir de 1930-, sino que dispone un cuadro para la reposición de una dimensión cara al trabajo de los historiadores que comúnmente ha sido descuidada entre quienes se han adentrado en  la notoria polémica entre las dos prominentes figuras: la de los contextos.

Ahora bien, al volver sobre la disputa entre Haya y Mariátegui, Gonzales y Landázuri tienden a recolocar en el centro del análisis al afamado diferendo, prolongando de ese modo –aun cuando desde otro marco de cortesías y sutilezas- el sesgo hacia el hayismo o el mariateguismo. Todo lo cual ocluye al verdadero actor que surge de los materiales de Los Inicios: ya no solamente Haya y Mariátegui, sino el conjunto de figuras que entonces conformaban una auténtica red. En las últimas décadas, desde la sociología y el análisis histórico se ha hecho uso y abuso de esa noción. En muchos casos, pareciera que el mero contacto entre más de dos personas ubicadas en sitios distantes basta para constatar la presencia de redes. Pero en el caso de los vínculos sostenidos en la década del ´20 por Haya, Mariátegui y Ravines (figura sobre cuyo olvidada importancia llaman justicieramente la atención tanto Gonzales como Landázuri), pero también por Heysen, Seoane, Cox, Bustamante, Pavletich, Herrera y Magda Portal, lo que se observa es la existencia de una red efectivamente sustantiva (una red en sentido fuerte). Ello se aprecia apenas nos asomamos a una singularidad pocas veces detectable en la historia política latinoamericana: la de un movimiento que tiene por ámbito de conformación y desarrollo a la correspondencia (a mayor abundamiento, me permito remitir a mi ensayo “Un partido hecho de cartas. Exilio, redes diaspóricas y el rol de la correspondencia en la formación del aprismo peruano (1921-1930)”, publicado en 2014 en la revista Políticas de la Memoria del CeDInCI de Buenos Aires –disponible en www.cedinci.org).

La serie de cartas que saca a la luz Los Inicios –junto a otras que ya se conocían-, dejan en efecto vislumbrar la notable fortaleza de los lazos establecidos por jóvenes que a menudo se vieron inhibidos de establecer contactos cara a cara durante 7 u 8 años (y que, en casos como los de Haya y Ravines, apenas si se conocían antes de partir al exilio). Una lectura atenta de ese acervo epistolar como la que, cada uno a su turno, solicitan Gonzales y Landázuri, permite además registrar una amplia batería de aspectos. Me concentraré en lo que sigue apenas en uno, a través del cual es posible volver por vía indirecta, a través de la red, a Haya y Mariátegui.

No todas las terminales de una telaraña tienen el mismo peso ni están conectadas al conjunto con similar intensidad, y en el caso que nos ocupa es asunto controversial tratar de precisar el grado de entusiasmo y compromiso con el que el autor de los Siete Ensayos participaba de la referida red, pronta a adoptar el nombre de APRA, en los años previos a la ruptura de 1928. En cambio, de las cartas se desprende que, en la consideración de los jóvenes desterrados, Mariátegui y su grupo (el llamado “grupo de Lima”) constituían un nodo crucial. Al punto que, para muchos de ellos, las noticias de la ruptura entre él y Haya de la Torre resultaron desconcertantes y difíciles de procesar. Para la mayoría, nada hubo de alineamientos inmediatos con uno u otro. Incluso quienes han sido considerados como hayistas o mariateguistas sin fisuras, en rigor trataron de resistirse a la disyunción que se adivinaba todavía salvable. Magda Portal, usualmente ubicada sin más en el bando de Haya, refiere en sus memorias inéditas e inconclusas que en fecha tan tardía como 1930 acudió a Santiago de Chile con su pareja Serafín Delmar a pedido de Mariátegui. Este, por su parte, un mes antes de que sobreviniera su muerte le escribía al pintor José Malanca que se prometía “excelente camaradería en Buenos Aires” con Manuel Seoane, en el viaje a esa ciudad que proyectaba ansiosamente. E incluso Luis Heysen, quizás el más fiel ladero de Haya desde las jornadas de 1923, viaja en 1929 a verlo a Berlín con la idea de persuadirlo de una posible reconciliación con Mariátegui. Según le había escrito a Seoane, era menester oponerse “al rozamiento perjudicial, que, como consecuencia de malos entendidos, se está produciendo entre algunos líderes conspicuos de nuestro movimiento”.

Desde este ángulo, es atendible el señalamiento de Osmar Gonzales en relación a que la muerte de Mariátegui allanó el camino de Haya de la Torre. Sólo que habría que situar esa observación no en el plano general de las doctrinas o del legado histórico de ambas figuras, sino en el más concreto de la red de jóvenes de la generación de 1920 vinculadas a la creación del APRA, y cuya actuación a partir de los materiales reunidos en Los Inicios ahora podemos conocer mejor.

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