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Recordemos el año 1990: Segunda vuelta.

Enviado el 06/09/2017

Alcanzando sorpresivamente el segundo lugar en la Primera Vuelta de las elecciones presidenciales del 8 de abril de 1990, el ingeniero Alberto Fujimori y su agrupación, “Cambio 90”, tenían que enfrentar al candidato del “Frente Democrático” (FREDEMO), Mario Vargas Llosa.  El sociólogo Francisco Loayza, profesor de geopolítica en la Dirección Naval de Inteligencia, que se había unido a la campaña de Fujimori apenas en el mes de marzo, fue encargado por “el ingeniero” de los contactos políticos para preparar la Segunda Vuelta electoral, programada para dos meses después, el 10 de junio.

Las primeras versiones de esos sucesos fueron recogidas, ordenadas y sistematizadas por periodistas de investigación, como las británicas Sally Bowen y Jane Holligan, autoras de ‘El espía imperfecto: La telaraña siniestra de Vladimiro Montesinos’ (Lima: PEISA, 2003).  De allí provienen los siguientes párrafos.

*          *          *

“Loayza comprendió la enormidad de la labor: el desorganizado equipo de Fujimori tenía que enfrentar a una maquinaria política con experiencia y relativamente eficaz.  Además, sus contactos en el Servicio de Inteligencia le habían advertido de las sucias tretas de campaña que venía preparado el entorno íntimo de Vargas Llosa en un intento desesperado por hundir al advenedizo Fujimori.  Sin pensarlo dos veces, llamó a su amigo Vladimiro Montesinos y comprometió su apoyo” (p. 109).

“Era una oportunidad perfecta.  Montesinos rápidamente se aseguró de que el equipo de Fujimori se diese cuenta de cuán útil podía ser.  En los días siguientes, se presentó con montones de documentos provenientes del cuartel general del SIN.  Eran transcripciones de conversaciones telefónicas de los activistas de Vargas Llosa que revelaban sus estrategias antifujimoristas.  Incluso había notas de puño y letra de Alan García con consejos de campaña para Fujimori, en ese momento evidentemente el preferido del saliente presidente, quien abrigaba una antipatía visceral contra Vargas Llosa y haría lo imposible para dar al traste con sus oportunidades de ganar.  García personalmente había instruido a Edwin Díaz, del SIN, para que ayudase a Fujimori en todo lo que necesitara.  Díaz incluso facilitó a Loayza un vehículo del SIN y hombres de seguridad para apoyarlo durante la segunda vuelta electoral” (pp. 109-110).

“Las grabaciones telefónicas proporcionadas por Montesinos mostraban que el FREDEMO de Vargas Llosa había desenterrado un escándalo relativamente pequeño, pero que podría servir para arruinar las posibilidades de Fujimori.  Una serie de testimonios revelaban que éste había subvaluado diversas propiedades que la empresa constructora de propiedad suya y de su esposa había edificado y vendido.  Si bien el delito era relativamente común y leve, podría dañar tremendamente a un candidato que hacía de la honestidad el eslogan de su campaña.  El FREDEMO había realizado arreglos para que Fernando Olivera, un político que había convertido la “moralización” en su especialidad, presentase la acusación contra Fujimori.  Las cintas telefónicas de Montesinos incluían la grabación de las conversaciones entre Olivera y un importante militante del FREDEMO.  El plan consistía en sobornar a un fiscal y luego a un juez para que aceptara formalmente investigar el caso.  Si ello sucediese, podrían arrestar a Fujimori durante la breve campaña de la segunda vuelta.  Fujimori y su esposa, Susana Higuchi, estaban naturalmente alarmados” (p. 110).

“«¿Conoce algún abogado que pueda bloquear a este enojoso problema?», le preguntó Fujimori a Loayza.  «Conozco a un abogado, que es justamente nuestro contacto en el SIN», respondió Loayza, y le hizo un rápido resumen de la reciente y exitosa defensa del general Valdivia que Montesinos había realizado frente a las acusaciones de masacrar civiles en Cayara, Ayacucho.

“Así fue como Montesinos y Fujimori se conocieron.  En su afán desmedido por impresionar a esta nueva fuente de potencial poder, Montesinos se puso nervioso y habló tan locuazmente que casi ahuyentó al poco expresivo candidato.  «¡Olvídese del problema!», le dijo Montesinos a Fujimori una y otra vez.  «¡El problema ya está resuelto!  En tres días le tengo la resolución favorable».  Montesinos tenía ganas de continuar y discutir factibles tácticas futuras.  Los recursos del SIN podrían usarse de manera efectiva, dijo, para identificar los puntos débiles de ambos Vargas Llosa, el hombre y el de la campaña.

“A pesar de las sospechas iniciales de Fujimori sobre el abogado de hablar persuasivo, Montesinos cumplió con su palabra.  A los tres días, llegó a casa de los Fujimori llevando en la mano una resolución preliminar de la Fiscalía de la Nación que exigía más pruebas antes de iniciar cualquier investigación.  Fujimori, al menos durante varios meses, estaría a salvo de los planes del FREDEMO para traérselo abajo.

“Fujimori quedó encantado.  «Por primera vez lo vi sonreír espontáneamente», dijo Loayza.  «Nos ofreció trago, pese a que él no toma».  Montesinos, que tampoco era aficionado al licor, aceptó por complacer a su anfitrión.  Fujimori, ahora sí comunicativo, abrazó a Loayza y le dio a Montesinos un fuerte apretón de manos” (p. 111).

“Una vez roto el hielo, la confianza de Fujimori en Montesinos creció.  Entre la primera y segunda vuelta, Fujimori, Loayza y Montesinos se reunieron todas las noches a partir de las 11 p.m. para trazar las estrategias.  Montesinos, asumiendo ya su papel de oficial de inteligencia, recomendó que se reunieran en una habitación en la parte posterior de la casa, lejos de la antena de interceptación que de seguro la Marina había instalado en los alrededores, y que mantuviesen las cortinas bien cerradas.  Los dos colaboradores aportaron un continuo flujo de informaciones y jugaron con la fascinación que tenía Fujimori por las encuestas de opinión” (pp. 111-112).

“Temiendo que gran parte de la información que se generaba en el SIN y que Montesinos traía consigo fuese exagerada, Loayza le dio un consejo a su más joven e impetuoso amigo: «No crearle una desconfianza y temor a todo y todos.  Corres demasiado y muestras tu desesperación por controlar todo.  Eso puede molestarle y optar por prescindir del SIN y por tanto de ti.  No hay que atosigarlo de información que le cree un estado de ansiedad o angustia permanente; en todo caso, darle simultáneamente una información balsámica, que le produzca satisfacción, como aquella que se refiere a su ascenso en las encuestas».

“Pero Montesinos, exaltándose con las perspectivas que se abrían ante él, no estuvo de acuerdo.  Fujimori era inculto y sus ideas políticas eran primitivas, sentenció.  «Hoy más que nunca tenemos que coparlo.  Existen todas las posibilidades de hacernos del poder.  El Chino está en la calle», dijo.  «¿Te das cuenta de lo que representa Fujimori?  ¿Has visto a su mamá y cómo vive?  Si los militares se dan cuenta de lo que realmente es el Chino y de su incapacidad para manejar el país, pueden fácilmente ser tentados a un golpe.  Debes convencerlo que nosotros sí podemos armarle un gobierno sustentado en las Fuerzas Armadas».  Ahora estaban incluso más cerca del poder que hacía casi dos décadas atrás con Mercado Jarrín, dijo Montesinos” (p. 112).

“El poder, para Montesinos, iba de la mano con el dinero.  Pronto le confió a Loayza que había descubierto la existencia, en el SIN, de un jugoso presupuesto para operaciones especiales.  Era exclusivamente para el uso del jefe del SIN y no requería que se rindiera cuentas de él, ni siquiera ante el presidente.  «Si se designa a un ‘pata’ de esos que son unas bestias, pero que les gusta el billete y estar sentados como jefes, me van a dejar que yo presupueste un monto importante en esta partida y de aquí podemos hacer plata.  Pero primero tenemos que sacar a Cuchara [Díaz]».  Y eso fue, exactamente, lo que sucedió meses después” (pp. 112-113).

“La capacidad de Montesinos de soñar con el futuro --cómo controlar a Fujimori y al mismo tiempo volverse rico-- era en este tiempo ilimitada, dijo Loayza.  «Daba vueltas soliloquiando como un loco».  Pero en una demostración de que era capaz, al mismo tiempo, de usar el terror como un arma, preparó un atentado con bombas contra el departamento de Olivera, el congresista que colaboraba con el FREDEMO en la campaña para enlodar a Fujimori.  La mayoría de los observadores atribuyó el ataque a los subversivos de Sendero Luminoso, pero Montesinos se jactaba abiertamente ante Fujimori y Loayza de que «nosotros» (es decir, el SIN) somos los responsables.  «Con ello se va a paralizar por un tiempo», añadió.  Para Loayza, implicar a su jefe y a su servicio era una incómoda prueba de que Montesinos no entendía cómo operaba realmente un buen agente de inteligencia.  Aún estaba verde en asuntos de inteligencia y carecía de autocontrol.

“Durante las siguientes semanas, el trío se volvió aún más unido.  Pronto la familia Fujimori consideró a Montesinos prácticamente indispensable.  Como señala Loayza, «Montesinos se fue metiendo como el gas, por debajo de la puerta».  Según se dice, Susana Higuchi lo llamó, cuando recién empezaban a tratarse, «el hombre más inteligente que jamás haya conocido»” (p. 113).

Esta historia continuará.

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