Noticias SER
Logo SER

Si santa Rosa viviera…

Enviado el 06/09/2017

A Arquímedes Taco y a su Mamá Angélica,

víctimas de Los Cabitos

In Memoriam

La conmemoración del cuatricentenario de la muerte de Isabel Flores de Oliva y el anuncio de la visita papal, debieran hacernos detener un minuto a católicos y no católicos para pensar sobre su vida ejemplar elevada a la santidad y acerca del contexto social en la que se desenvolvió. Admirada por mentes lúcidas como las de Alfonso La Torre, nuestro recordado Alat, quien recreó su vida en un drama de su autoría; esa vida entregada a la caridad y a la mortificación del cuerpo, expresó la conducta de una mujer laica de su siglo, sencilla, pero no tonta; creyente, pero ni sorda ni ciega; de profunda fe, pero lectora de la Biblia. Por eso, hay que emprender la ardua tarea de rescatar su biografía y sus dotes espirituales de la tradición que la sigue presentando como desencarnada, angelical, sin contacto con el mundo y, a fin de cuentas, cómplice con los poderosos (y pecadores) de su tiempo; una tradición que sigue fomentando la magia de los papelitos y el pozo de los deseos, antes que una madura reflexión de fe.

Porque una muchacha de especial sensibilidad como ella, situada en su siglo, no podía ser ajena  a la terrible situación de los indios y los negros del recién instalado Virreynato, que vivían el horror de las masivas muertes cotidianas ocasionadas por los gérmenes traídos de Europa y por el maltrato de los conquistadores. No fue una evangelizadora a la fuerza, ni fue policía de la ortodoxia como agente del Tribunal del Santo Oficio. No, fue más bien una modesta joven, discreta, llena de fervor amoroso por Cristo y por aquellos con los que se identificará en el juicio final (Mateo, 25). De ahí que dedicara su vida a la limosna –que era el compartir el pan y el abrigo de acuerdo a sus posibilidades-; a la oración, al ayuno y la mortificación corporal como forma de compartir los dolores de los pobres, a los que identificaba con los de la pasión del Cristo, Dios de la vida.

Claro, Santa Rosa no tenía el temperamento enérgico y combativo de santa Juana de Arco ni la pluma o la elocuencia de santa Teresa de Ávila. Se asemejaba más a santa Teresita de Liseux, en el recuerdo que trae una monja comprometida de nuestros días como Milagros Valdeavellano RSCJ: “Permanezcamos lejos de todo lo que brilla. Amemos nuestra pequeñez, amemos no sentir nada, entonces seremos pobres de espíritu y Jesús vendrá a buscarnos por lo lejos que estemos”. Más aún, para entender desde nuestro siglo ese paradojal desprecio por su propio cuerpo, que la acerca a los grandes místicos de la historia de la Iglesia, habría que referirse  a la vida de la filósofa Simone Weil, de quien dice George Steiner: “Consumió su salud hasta una muerte prematura deseada. Habitó en su cuerpo como si fuera un tugurio condenado”, lo que debiera descartar la hipótesis de la locura o la anorexia de Isabel, muerta a los 31 años, como livianamente suponen algunos comentaristas.

¿Qué hubiera hecho Isabel si hubiera vivido en nuestros años? Seguramente habría repudiado a los violentistas y guerreristas. Habría rechazado al senderismo, pero también a la ley del talión aplicada por las autoridades. Habría sido una Antígona actual enterrando a los muertos de todos para que descansen en paz, aún en contra del deseo de los poderosos que quieren desaparecerlos hasta de la memoria nuestra. No habría sido de las que lanzan discursos ni entrevistas en la tele, ni de las que escriben polémicos artículos, sino de las personas sencillas que silenciosamente consuelan, que acompañan en los trámites, en las diligencias judiciales, que visitan enfermos, que asisten a las misas y otros actos de solidaridad. Habría puesto por delante el gesto, el testimonio, la práctica, para que su oración tuviera valor y potencia para elevarse, como quería el apóstol Santiago.

Habría acompañado a Mamá Angélica y a los deudos de la ANFASEP en la vía dolorosa de la búsqueda de sus familiares detenidos por los militares en el cuartel Los Cabitos, verdadero centro de tortura y desaparición, vergüenza del Ejército del Mariscal Cáceres, como ha quedado demostrado con la reciente sentencia judicial. Y seguramente habría recogido, con infinita paciencia, firmas para solicitar que el gobierno mande demoler el cuartel Los Cabitos, símbolo de muerte y de pecado.

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
CAPTCHA de imagen
Escriba los caracteres que se muestran en la imagen.
Comentario Destacado
E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
El Video de la semana
Haykapikaman Suyasun Programa Radial (Huanta)
Enlaces
texto