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Los desterrados de Bagua

Enviado el 07/06/2017

 

 

“El primer recurso es la Amazonía”, sentenció Alan García en su texto titulado “El síndrome del perro del hortelano”. La frase expone una gramática de la tierra basada en la noción de progreso. Pero no solo es un ideal de nación moderna a partir de la generación de riquezas, sino de la continuidad de un pensamiento colonial. Lo que estructura el enunciado de García es una concepción de la tierra como espacio vaciado, de la tierra sin habitantes, de la tierra como territorio nacional y no como un espacio sentido y habitado según otros modos de pensar que no sean los del neoliberalismo. Desde este mirador, en un extracto del documental “La espera”, García reitera la cerrazón de un extirpador de idolatrías cuando hace referencia a cosmovisiones indígenas sobre la tierra. “Las ideologías absurdas, panteístas, que creen que las paredes son dioses, y el aire es dios, en fin, volver a esas fórmulas primitivas de religiosidad donde se dice “no toques ese cerro porque es un apu”, afirma.

Gustavo Gorriti, en este mismo documental, sostiene que el concepto del perro del hortelano propuesto por García es “intelectualmente insostenible”. No obstante, reproduce una lógica hegemónica de poder que permea nuestra idiosincrasia nacional, y según la cual un pensamiento indígena es considerado inferior o en todo caso aceptado mediante la ventriloquia del exotismo. Como han demostrado Eduardo Viveiros de Castro entre los arawete en Brasil, Marisol de la Cadena en el área quechua en Perú y Eduardo Khon en el área quichua en Ecuador, la relación entre los pobladores indígenas y el territorio es una relación política, más precisamente son modos de relaciones políticas conducidas mediante protocolos sociales, rituales, etc. Para mi este es un elemento que el Baguazo hace visible: una concepción epistémica y política de la tierra. Es decir, paralelamente al hecho histórico del 5 de junio de 2009, tenemos una resistencia que es conducida a partir de un tipo de política de la tierra. Esto es lo que García ningunea y niega, afirmando la dicotomía colonial: el pensar del colonizador y el de los condenados de la tierra. Baguazo no es solo un etnicidio sino un epistemicidio. Lo que se ha reprimido es un modo de pensar y sentir la tierra, imponiéndose desde el 2009 en adelante el extractivismo, la explotación, la contaminación.

Este no es el único plano que el Baguazo recuerda; también nos coloca ante un tema de justicia racial. “La piel de un indio no cuesta caro”, diría Julio Ramon Ribeyro. La ausencia de valor se debe a que para el Estado los sujetos indígenas no son ciudadanos. García, al afirmar que los awajun-wampis, no eran “ciudadanos de primera clase”, repite el modus operandi de la política nacional. La dicotomía colonial opera en este nivel como sigue: esencializa a la ciudadanía con un color y según una clase social, si bien genera ficciones inclusivas. Paradójicamente, la inclusión es una estrategia de control que ofrece ciertos reconocimientos a los pueblos indígenas, pero en un plano superficial, siempre acorde con el discurso nacional. Es por esto que la ciudadanía implica una herramienta de poder que el Baguazo ha puesto en el ruedo y que permitió, al menos legalmente, el desarrollo de la ley de consulta previa.

Junto al epistemicidio, la negación de la ciudadanía cancela toda posibilidad de negociación simétrica entre sujetos indígenas y la nación. Esto resulta aún más extremo cuando esa negación ya no solo ocurre con los muertos o los participantes del Baguazo, sino con victimas invisibles. Es aquí donde la negación de la ciudadanía se extiende hacia un espacio mayor. Podemos mencionar el caso de John Estela Martínez, quien aquel día fue herido y perdió una pierna por un balazo que lo alcanzó sin él participar en esta manifestación. El caso de Estela enfatiza que para el Estado siguen existiendo cuerpos que no son ciudadanos de primera clase.

El Baguazo implica un nivel de destierro que ya no solo involucra la pérdida del territorio (y con él la pérdida de un eje cultural y político), sino un modo de agresión colonial que se impone con el terror: desterrar, cercenar, torturar. El cuerpo de las víctimas y el cuerpo de la tierra que no dejan de ser violentados. En este punto, el Baguazo me interpela, me lleva a un límite y a un desafío considerando su recepción a lo largo de casi 9 años. El límite es la memoria necesaria y la lucha valida por la justicia ante el Estado. El desafío es la descolonización como Fanon la entendía: la sustitución total de un régimen político colonial. Y este desafío no puede ser en una retórica humanista o un posteo de Facebook. ¿Es el Baguazo solo un recuerdo o un arma de poder indígena?, ¿los desterrados siguen jugando resignadamente las reglas políticas del colonizador o buscan liberarse urgentemente de su situación colonial?

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