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¿Había “pishtacos” en España?

Enviado el 08/02/2017

A lo largo del siglo XX los campesinos indígenas del Perú y Bolivia han contado “historias ejemplares” de terroríficos seres malignos que extraen la grasa de las personas del campo para fabricar campanas o para lubricar maquinaria moderna.  Llamados pishtacos o nacajs en quechua, y kharisiris en aimara, estos seres míticos parecen originarse en la Época Colonial, a fines del siglo XVII e inicios del siglo XVIII, y no tienen precedentes andinos prehispánicos.  Las referencias coloniales indican que la grasa humana habría sido usada para preparar medicamentos, idea surgida del uso medicinal que los españoles le daban al aceite vegetal para cauterizar heridas, al menos desde el siglo XVI.  ¿Puede, entonces, pensarse que la creencia en pishtacos vino de España a los Andes?

El antropólogo español Gerardo Fernández Juárez, autor del libro Kharisiris en acción: Cuerpo, persona y modelos médicos en el Altiplano de Bolivia (Quito 2008), ha buscado los antecedentes peninsulares de estas creencias en seres malignos que extraen grasa y sangre humanas y ha encontrado al “sacamantecas” (también llamado “sacasebos”, “sacaúntos”, “mantequero”, entre otros nombres en castellano, gallego y catalán).  Lo sorprendente es que, pese a existir referencias desde el siglo XV al uso de los fluidos vitales humanos por brujas y hechiceros en pactos diabólicos, el personaje del “sacamantecas” aparece en el tránsito del siglo XIX al XX, cuando España experimentó un acelerado primer proceso de modernización industrial capitalista.

Fernández Juárez afirma: “La crisis política, social y económica que vive España durante el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX constituye un caldo de cultivo importante para la aparición eficaz de los sacamantecas.  Los contextos de crisis social, fenómenos de emigración, conflictos bélicos o cambio de referentes económicos y el desarrollo novedoso de la tecnología industrial y médica, suscitan en las mentalidades populares la multiplicación de los casos de sacamantecas.  Es a finales del siglo XIX y principios del siglo XX donde, podemos afirmar que se populariza el término “sacamantecas” en España.  De hecho el término […] se incorpora al Diccionario de Autoridades en el año 1925 y parece asociado al protagonismo creciente de los entornos urbanos.  Es muy posible que personajes asociados al sacamantecas desarrollaran su existencia en el dominio rural, pero ahora el crecimiento de las ciudades y sus conflictos colocan el foco de la curiosidad urbana a la figura del sacamantecas” (p. 19).

El sacamantecas hispano como los pishtacos andinos serían, desde esta perspectiva, producto de la modernización capitalista.  Una respuesta de las sociedades rurales, y de los migrantes urbanos, a los cambios de su entorno socio-económico.  Pero una respuesta construida con elementos de creencias tradicionales más antiguas.  Fernández Juárez lo resalta: “La popularidad del término sacamantecas se generaliza en el siglo XIX, [pese] a la antigüedad del mito puesto que […] en textos antiguos de tratados médicos y en procesos inquisitoriales sobre brujería y hechicería, [se demuestra] la vigencia de las ideas que atribuyen a la sangre y grasa humanas propiedades curativas.  El siglo XIX y comienzos del XX en España centra los usos de los sacamantecas en relación con la tuberculosis y las necesidades de grasa humana para los ingenios mecánicos de producción industrial y el ferrocarril” (pp. 58-59).

La idea de que las brujas “chupaban” la grasa de las personas, especialmente de los niños, es uno de estos elementos antiguos, visible en textos del final de la Edad Media española.  Esta pseudo-explicación para un fenómeno recurrente (alta mortalidad infantil vinculada a problemas de deshidratación causados por distintas enfermedades) formaba parte del “utillaje mental”, de las “herramientas intelectuales” traídas por los españoles a América.  La presencia de estas creencias puede constatarse en dos descripciones de supuestas prácticas indígenas, ambas calificadas de “diabólicas” por quienes las describen y malinterpretan.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo [1478-1557] describe prácticas de hechiceros indígenas de la costa del Pacífico del Istmo de Panamá, donde vivió en la década de 1520, y las compara explícitamente con la brujería europea.  Dice: “hay muchos indios hechiçeros é en espeçial un çierto género de malos, que los chripstianos en aquella tierra llaman chupadores, que á mi paresçer debe ser los mesmo que los que en España llaman bruxas y en Italia extrias.  Estos chupan á otros hasta que lo secan é matan, é sin calentura alguna de dia en dia poco á poco se enflaquesçen tanto, que se les pueden contar los huesos, que se les paresçen solamente cubiertos con el cuero [= piel]; y el vientre se les resuelve de manera quel ombligo traen pegado á los lomos y espinaço, é se tornan de aquella forma que pintan á la muerte, sin pulpa ni carne.  Estos chupadores, de noche, sin ser sentidos, van á haçer mal por las casas agenas: é ponen la boca en el ombligo de aquel que chupan, y están en aquel exerçiçio una ó dos horas ó lo que les peresçe, teniendo en aquel trabaxo al paçiente, sin que sea poderoso de se valer ni defender, no dexando de sufrir su daño con silencio.  É conosçe el assi ofendido, é vee al malhechor, y aun les hablan: lo qual, assi los que haçen este mal como los que le padesçen, han confessado algunos dellos; é diçen questos chupadores son criados é naborias del tuyra [= divinidad indígena], y quél se los manda assi haçer, y el tuyra es, como está dicho, el diablo”.

Y añade: “Son muy grandes hervolarios algunos indios en aquella provinçia, é conosçen muchas hiervas para diversas enfermedades […], é aun algunas mugeres, en las quales es mas peligroso el offiçio; porque todas aquellas que se presçian de maestras de tal arte, son unas viejas astutas é mal inclinadas, é de mala proporçion é vista, que se entrementen á adevinar, é haçen mas desconçiertos que los hombres de su offiçio.  Y destas hay assimesmo chupadoras en mas cantidad que de hombres, que en esso entienden” (Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano [ms.1548], Lib. XXIX, Cap. XXXII; ed. 1851-1855, 5 vols., t. III, pp. 159-160).

Casi un siglo después, el jesuita Pablo José de Arriaga [1564-1622] describe las supuestas prácticas de un “hechicero” andino de la Sierra de Lima: “El maestro va aquella noche a la casa que le parece, acompañado de uno o dos de sus discípulos; y quedándose ellos a la puerta, entra esparciendo unos polvos de huesos de muertos, que ellos tienen para este efecto condicionados y preparados con otras no sé qué cosas y palabras, y con ellos adormecen a todos los de la casa de tal suerte, que ni personas, ni animal de toda la casa se menea, ni lo siente, y así se llega a la persona que quiere matar, y con la uña le saca un poquito de sangre de cualquier parte del cuerpo, y le chupa por allí lo que puede, y así llaman también a estos tales brujos en su lengua chupadores.  Esto que así han chupado le echan en la palma de la mano o en un mate y lo llevan donde se hace la junta; ellos dicen que multiplica el demonio aquella sangre, o se la convierte en carne (yo entiendo que la juntan con otra carne) y la cuecen en aquella junta y la comen, y el efecto es que la persona que habían chupado se muere dentro de dos o tres días. […]  Es común frase y modo decir cuando hacen estas juntas: “Esta noche hemos de comer el alma de tal o tal persona”. […]  En estas juntas se le aparece el demonio, unas veces en figura de lechón, otras veces en figura de tigre, y poniéndose asentado, y estribando sobre los brazos muy furioso, le adoran” (Extirpación de la Idolatría del Pirú [1621], ed. 1999, pp. 46-47).

Como se aprecia en ambas descripciones, las ideas europeas (“chupar” fluidos vitales, brujería, pacto diabólico) distorsionan las prácticas indígenas que se describen, asimilándolas al “mundo mental” de los conquistadores.  En el mejor de los casos, documentan la imposición de ideas europeas sobre la población indígena en el contexto de la dominación colonial.

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