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Lagunas y lluvias en la puna

Enviado el 08/02/2017
Por: 
Roger Agüero Pittman

El deseo de conocer la punafue largamente esperado, y una vez cumplido, inolvidable. En casa hablaban de este lugar desde que tuve uso de razón. Comentaban, por ejemplo, que la laguna Ruricocha era grande y profunda y que ejercía una atracción natural, pero que cuando se molestaba, hacía llover fuerte, como si fuera una tempestad. Por eso la gente la respetaba. También decían que al zorro, el animal más astuto de la sierra, no le gustaba perder en las apuestas. Había hecho una, diciendo que era capaz de secar el agua del río Puchca. Así, orgulloso y vanidoso, tomó agua todo el día, sin lograr su objetivo. Entonces tuvo que huir a las alturas, por la puna. Dicen que al pasar por Ruricocha se le reventó la barriga y murió. El agua derramada formó la laguna.

La laguna Tecllo tenía siete colores y la laguna Ashcashgocha tenía la forma de un cordero. Los comentarios no paraban en la cena. Tampoco en los minutos previos a la hora de acostarse, ni en los trabajos de las chacras, ni en las faenas comunales, ni en las fiestas del pueblo. Se decía con frecuencia que la puna era bonita, que los animales vivían sueltos y que, en época de celo, los machos se peleaban mucho y que siempre había un animal dominante.

Nos hablaban de los patos, gansos y de la infinidad de aves que había en cada laguna. Comentaban que el ave conocida como zambullidor se hundía en el agua, se ocultaba por un buen rato y luego reaparecía por otro lado. Cada vez la puna se hacía más misteriosa y las ganas de conocerla aumentaban.

En las épocas de siembra y en los primeros meses de crecimiento de los cultivos, el ganado vacuno y los equinos permanecían en la puna, en los parajes de Tranca, Tecllo, Ashcashgocha, Cushurugocha, Huaripaccha. Los animales vivían alimentándose de pasto fresco y bebiendo agua cristalina. La única dificultad era el frío, intenso a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar.

Recuerdo que siendo aún pequeño varias veces intenté seguir a mi padre, a mi hermano y a mis hermanas. Como no era posible que me llevaran a la puna, me dejaban llorando a gritos y pataleando de frustración. La sentencia era siempre la misma: “será para la próxima oportunidad… cuando seas un poco más grande te llevaremos”.

Hasta que se hizo el milagro. Tenía alrededor de seis años y mi hermano mayor, Otto, me llevó por primera vez a la puna. El caballo que escogió para el viaje fue el “Gabeto”, que era muy brioso. Mi hermano iba cabalgando y me llevaba en el anca, encima de la baticola. Como aún era pequeño, me ladeaba de acá para allá; y en los saltos del caballo, mi cuerpo chocaba con la montura. Eran cuatro horas de viaje. A la primera, comencé a arrepentirme, por los dolores que me causaba la fricción con los aperos de la montura.

Ya en la puna, en el lugar denominado Tranca, varios charcos de relativo tamaño se apostaban cerca del camino. Pregunté con entusiasmo por las lagunas de las que siempre hablaban en casa. Con un dedo, mi hermano señaló cuál era Ruricocha y cuál era Tecllo. Todas eran pequeñas, no coincidían con todo lo que se decía de ellas. Pensé: “quizás son pequeñas, pero profundas”. Entonces, una vaca cruzó por uno de los charcos y ni siquiera sus pezuñas se hundieron en el agua. Creció mi desconcierto. Después bajamos del caballo. Ya estábamos en la puna, donde la comunidad de Yurayaco tenía sus animales.

Desde ese lugar preferí caminar de bajada hasta el paraje denominado Huaripaccha. Tenía las sentaderas y la parte interior de las piernas escaldadas de tanto cabalgar. Cuando llegamos a Huaripaccha empezó la tormenta. Por primera vez pude apreciar todos los fenómenos meteorológicos juntos: el relámpago, el rayo y el trueno. Aparecían y reventaban muy cerca de nosotros. El cielo se oscureció y comenzó la tempestad con granizada. En seguida la pampa se cubrió de blanco. El relámpago y el rayo iluminaban el cielo y se escuchaba el retumbar del trueno, que era respondido por el eco, desde las montañas. Yo estaba asustado, pensé que había llegado el fin del mundo. Me habían contado muchas cosas de la puna, pero no cómo se desataba la tormenta, como ese día. A mis cortos seis años estaba en medio de ella.

Al otro lado del cerro caminaba la pastora doña Santora Quiñones, junto a su rebaño, acompañada por sus dos perros. Mi hermano le suplicó que me llevara de regreso al pueblo. Bajaríamos por el camino de herradura que servía solo para las ovejas y las cabras. Mi hermano volvería con el caballo por la ruta que habíamos empleado para subir y que le tomaría más de cuatro horas.

Entre relámpagos, granizada y truenos me separé de mi hermano y me fui con la pastora. No sé si lloré en el viaje; lo que sí recuerdo es que tenía el cuerpo y la ropa mojados. Caminaba entre ichus y arbustos, por caminos empinados, por debajo del cerro Ucchugaga. En dos horas llegamos a Huaracayog, donde la pastora tenía su casa. Recuerdo que me tuvieron al lado del fogón de la cocina para calentarme el cuerpo y secar la ropa. Cuando estaba oscureciendo llegó mi hermano. Una vez juntos retornamos a nuestra morada. Esa noche, en casa, se quedaron asombrados por todo lo que me había pasado. Cuando me preguntaron por las lagunas, contesté diciendo que eran pequeñas y poco profundas.

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