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Alpacas para Su Majestad

Enviado el 08/10/2017

A mediados de julio de 1858, el periodista Edward Wilson organizó una agresiva colecta desde Londres utilizando a la prensa y sus contactos en el extranjero para reunir el dinero suficiente que le permitiese comprar un grupo de alpacas y enviarlas a su nativa Australia. Wilson había tratado de convencer a las autoridades de los beneficios que traerían las alpacas en suelo australiano, señalando –acaso con ligera exageración– que brindarían “una fuente inagotable de este nuevo y valioso producto [la lana]”. De ahí que al enterarse que podía adquirirlas en Londres, no descansó hasta que diez alpacas fuesen embarcadas a Melbourne. Otras 10 mil serían enviadas posteriormente desde Bolivia al mismo destino.

¿Qué hacían miles de alpacas en un lugar tan remoto y cómo habían llegado ahí”? es parte de lo que Helen Cowie, profesora en la Universidad de York (Reino Unido) ha buscado explicar en una reciente investigación (*). Se trata de un artículo académico muy original que inserta las alpacas como mercancías orgánicas en un contexto de redes imperiales informales y redefinición de las repúblicas sudamericanas en neo-colonias. Quienes promovían la importación de alpacas al imperio británico, veían a estas como un elemento decisivo que cambiaría la economía nacional, creando beneficios no solo para los industriales sino también para la clase trabajadora y los artesanos, al incentivar la producción textil de manera significativa. De igual modo, al brindar trabajo a sectores populares, se esperaba una reducción importante de desempleo y de los problemas sociales asociados con el mismo.

Los camélidos fueron vistos por primera vez en Reino Unido a inicios del siglo XIX, y luego su presencia se haría más notoria bien sea en circos o pastando en los jardines de las sociedades zoológicas. Lo exótico de las alpacas no solo sorprendía al público británico sino incluso a los limeños de esos años, cuya curiosidad por dichos animales que llegaban de la sierra con productos quedó reflejada en varios reportajes. Antes que servir de atracción, era la lana el objetivo primordial de los promotores de su importación a las posesiones británicas. La forma cómo las conseguían era a través del circuito lanero ha sido ampliamente estudiada, y sabemos que se iniciaba en alguna comunidad de pastoreo altoandina donde un enganchador compraba la lana, no siempre al precio más justo. El enganchador la haría llegar a su vez a algún agente de las casas comerciales británicas instaladas en Arequipa para su envío desde Islay hacia los talleres textiles de Bradford.

Sacar de contrabando una o más alpacas era el menor de los problemas para los agentes británicos dispuestos a eliminar al intermediario y monopolizar el circuito de producción textil. El transporte de los animales era un riesgo en sí mismo y en ocasiones estos no sobrevivían la larga travesía, como ocurrió en 1842, cuando perecieron 270 ejemplares sofocados en altamar. En 1863 una nueva tragedia llevó a la muerte de mil quinientas alpacas que habían sido embarcadas clandestinamente en Bolivia. Asimismo, nuevas leyes dadas por parte del gobierno peruano, que buscaba evitar el contrabando de dicha especie, constituyó otro desafío para los traficantes. Nuevas rutas tuvieron que ser diseñadas, transportando los animales en condiciones más difíciles con el propósito de llegar a puertos en Argentina, Bolivia o Chile.

La propuesta de Cowie al estudiar las alpacas plantea nuevas posibilidades de investigar la creación de rutas comerciales y científicas entre Perú y Gran Bretaña. La autora hace un excelente trabajo reconstruyendo no solo dichas rutas sino también a los actores que participaron en estas, como marineros, comerciantes, pastores e incluso directores de zoológicos. Los principales productos globales provenientes de Perú analizados hasta ahora eran principalmente inanimados: la plata, la quinina y la cocaína (sobre la cual Paul Gootenberg ha escrito un estupendo libro). La alpaca abrió un nuevo ciclo de comercialización en base a animales, donde se puede incluir también a la anchoveta un siglo después, como lo demuestra el trabajo de Kristin Wintersteen. Pero en el caso particular de las alpacas, antes que comercialización se trató de una apropiación no autorizada, que la autora correctamente señala como un caso temprano de bio-piratería. Tampoco debe dejar de llamar la atención que mientras el imperio británico buscaba desesperadamente el insumo para sus talleres textiles, en Perú los proyectos de industrialización rural en base a tejidos tenían poco eco, excepción hecha de la fábrica Lucre en Cusco y alguna más.

La aclimatación de alpacas en suelo imperial británico no llegaría a prosperar. Además de los problemas mencionados anteriormente, en aquellos casos donde estas llegaron a establecerse, no trajeron los beneficios esperados y más de un empresario terminó arruinado por el proyecto. Solo un siglo más tarde hubieron nuevos intentos de trasplantar alpacas al norte, esta vez a Estados Unidos, lo cual llevaría a la formación de una comunidad permanente de pastores peruanos, cuyo trabajo permite en la actualidad que la fina lana llegue a exclusivos desfiles de moda y a los catálogos de tiendas como Gucci y Max Mara.

* Helen Cowie. “From the Andes to the Outback: Acclimatising Alpacas in the British Empire”. The Journal of Imperial and Commonwealth History 45.4 (2017): 551-579.

Pueden descargar una versión en PDF del artículo desde el siguiente enlace:
https://commoditiesofempire.org.uk/files/2016/03/WP24.pdf

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