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En noviembre, las armas

Enviado el 08/11/2017

La última temporada de BoJack Horseman (*spoilers alert*) tocó distintos temas socialmente relevantes, entre los cuales estuvieron los temas de género y el uso de armas en Estados Unidos. Sin entrar en mucho detalle sobre lo que discurre en la serie, uno de los personajes reflexiona sobre Estados Unidos con la siguiente frase “No puedo creer que este país odie a las mujeres más de lo que ama a las armas”. La disyuntiva planteada reflexiona sobre un giro absurdo de la serie que, sin embargo, no existe en la vida real.

Primero, existe cada vez más evidencia de que un importante porcentaje de tiroteos masivos tienen alguna relación con violencia doméstica o familiar (https://everytownresearch.org/reports/mass-shootings-analysis/). De acuerdo con estadísticas recolectadas por Everytownresearch, entre 2009 y 2016 se llevaron a cabo en Estados Unidos 156 tiroteos masivos (clasificados como tales cuando 4 o más personas resultaron muertas por las balas, excluyendo al perpetrador del acto) y el 54% de esos casos estaba relacionado a violencia doméstica. Es decir, en 85 de estos tiroteos el asesino le disparó a una pareja o expareja o a un familiar. Estos tiroteos resultaron en 422 víctimas mortales, de las cuales el 40% fueron niños.

El tiroteo del domingo pasado en una iglesia en Texas fue perpetuado por un hombre blanco con un largo historial de violencia doméstica que además eligió como blanco la iglesia de su familia política (hasta el momento todo indica que ésta sería la principal motivación). Más allá de los siempre desatinados comentarios de Donald Trump (“este no es un problema de armas, es un problema de salud mental”) y el entendible reclamo de que cuando es un hombre blanco no se habla de terrorismo, en principio todo parece indicar que el tiroteo no fue un tema de salud mental (más allá de que probablemente todos los asesinatos calculados y a sangre fría puedan tener algún componente de ésta) ni de terrorismo (el atentado no parece responder a un objetivo político). Hasta este momento, todo parece indicar que el atentado se trató de violencia doméstica.

Esto, por supuesto, no quiere decir que todos los actos de violencia doméstica escalen de forma similar. Son, sin duda, una minoría los casos que terminan en tiroteos masivos, pero es ilustrativo respecto a cómo pensamos sobre la violencia de género en nuestras sociedades. El no reconocer estos actos de violencia en su verdadera dimensión y magnitud, muchas veces se relaciona a que la violencia de género, o doméstica, se entiende como un problema delimitado a la esfera privada, al hogar, como lo dice su propio nombre. El circunscribir estos actos de violencia a ese ámbito puede tener consecuencias nefastas pues, por un lado, puede invisibilizar o minimizar los indicios de que alguien se esté radicalizando en su discurso y posturas violentas (pensando escalar en sus acciones) y, por otro, suele hacer más fácil el transferir la culpa a la víctima, pues “quién sabe qué haría ella para merecerlo”.

Asimismo, resulta evidente que el acceso a las armas en sociedades con altos niveles de violencia de género haga de ésta una realidad más peligrosa. En Estados Unidos, se ha encontrado que cuando en una situación de violencia doméstica hay un arma presente, la probabilidad de que se le pegue un tiro a la mujer y ésta muera se incrementa por cinco. En el Perú, con bastantes menos armas per cápita que Estados Unidos, el 16% de los feminicidios cometidos entre el 2009 y el 2016 se realizaron con un arma de fuego (porcentaje que alcanzó el 21% el 2015) (INEI). Evidentemente, el uso de armas de fuego incrementa la posibilidad de que la víctima muera, de acuerdo a un informe del MIMP, cuando el arma utilizada fue un objeto punzo-cortante solo en el 7.7% de los casos el usar el arma una sola vez culminó con la muerte de la víctima, mientras que en el 40.6% de los casos en que se usaron armas de fuego una sola bala fue suficiente para matarla.

Al final del día, nada más compatible que la violencia de género (y el odio a las mujeres) y las armas.

Gabriela Camacho Garland pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

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