Noticias SER
Logo SER

Wachtel: el doble aprendizaje del etnohistoriador

Enviado el 08/11/2017

El historiador francés Nathan Wachtel (n.1935) es un reconocido investigador del mundo andino, sobre el que ha escrito dos libros importantísimos: ‘Los Vencidos: Los Indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570)’, basado en su tesis doctoral (1968), publicada en francés (1971) y traducida dos veces al castellano (Madrid, Alianza Editorial, 1976; Cuzco, Ceques Editores, 2017).  Y su monumental estudio sobre los indios “uros” de Chipaya, considerados “los vencidos de los vencidos” por su condición de marginación histórica, titulado ‘El regreso de los antepasados: Los indios uros de Bolivia, del siglo XX al XVI. Ensayo de historia regresiva’, publicado en francés en 1990 y traducido al castellano en 2001.  Como una coda, Wachtel publicó en 1992 algunas reflexiones sobre su doble experiencia de historiador y etnógrafo, ‘Dioses y vampiros: Regreso a Chipaya’ (México: FCE, 1997).  De allí provienen los fragmentos que siguen.

*          *          *

“Había pasado años frecuentando a los muertos, tratando de descifrar sus huellas en los tranquilos y polvorientos depósitos de archivos, a fin de reconstruir aquello que pudiera haber sido su presente.  Muchos de los documentos de la época colonial (queja de algún cacique, respuesta de un interrogatorio) hacen soñar: permiten oír la voz de los testimonios indígenas, pero su eco sólo nos llega amortiguado, en fragmentos, de manera que el sentimiento de atravesar la distancia de los siglos va acompañado de una inevitable frustración.  En efecto, tal es la regla del juego: lo vivido que se percibe a través de un archivo es siempre fragmentado, borroso, por definición limitado a lo singular, mientras que su inteligibilidad exige un análisis del contexto general en el cual se inserta.  En forma simétrica, la realidad presente de las comunidades indígenas, cuyo pasado estudiaba, me parecía (ella también) lejana y fugaz.  Yo vivía en la comunidad de las ciudades, en Cuzco, Potosí y Sucre, donde, en lo que concierne a los indígenas, apenas se les encuentra como porteadores que merodean por las inmediaciones de los hoteles, o como mendigos que pegan la nariz a los cristales de los restaurantes.  Si bien había recorrido algunos pueblos en el curso de mis peregrinaciones, generalmente era en búsqueda de viejos documentos.  Como tantos otros turistas, había visitado el lago Titicaca, frente a Puno, en la isla flotante donde algunos urus de tarjeta postal exhiben sus chozas y sus balsas de totora.  En esa época ignoraba que mis estudios me llevarían por nuevos caminos como resultado de la propuesta que me hizo Jacques Ruffié en 1973, de hacer una contribución a los trabajos del equipo entonces encargado de una investigación de hemotipología acerca de las poblaciones del altiplano andino.  Fue así como me aventuré fuera de los archivos para lanzarme a un terreno considerado difícil, a una aventura etnológica algo salvaje.

Revelación: he aquí que repentinamente, al cruzar varios siglos en sentido inverso, me encontré sumergido en el presente de los auténticos descendientes de aquellos muertos que frecuenté durante tanto tiempo entre el polvo de los archivos.  Además, estos seres realmente vivos, en tanto que urus, eran marginados y despreciados por sus vecinos aymaras, quienes los consideraban ‘chullpa-puchu’, es decir, sobras dejadas por los muertos más antiguos, restos de la primera humanidad, la que existió antes del Sol.  Los indios cuya vida cotidiana compartía ahora eran en resumen «los vencidos de los vencidos» y ofrecían a mi investigación el campo privilegiado que hasta ese momento sólo había sospechado.  Simultáneamente tomaba conciencia de las posibilidades (así como de las exigencias) de una colaboración íntima entre la historia y la antropología.  Posteriormente alterné la investigación entre los archivos y el trabajo de campo, esos pasajes continuos de los vivos a los muertos y de los muertos a los vivos no dejarían de suscitar una serie de desorientaciones, engendrando en mí una percepción de cierto modo desplazada tanto del presente como del pasado”. [pp. 34-35]

“Otra circunstancia favoreció mi integración en el pueblo, y al mismo tiempo acentuó lo singular de mi posición.  Me refiero a los viajes a los que invité por primera vez en 1974, y después en 1976, a Martín, a Benito y a Fortunato, con el fin de visitar a los otros urus sobrevivientes, los moratos del lago Poopó y los iru-itus del Desaguadero.  Ya he narrado el conmovedor encuentro entre esos descendientes de la humanidad anterior al Sol, todos ellos ‘chullpa-puchu’ que hasta la fecha sólo habían oído hablar los unos de los otros pero no se conocían.  El impacto de esta experiencia se centraba, es cierto, en el núcleo de mis más viejos amigos, pero a su regreso ellos no dejaron de relatar su descubrimiento al resto de los habitantes del pueblo.  Mi papel de mediador entre los diversos grupos de la «nación» uru dio a mi presencia una dimensión de tipo ecuménico.  Además, con el transcurso de los años, yo mismo había podido adquirir cierta erudición sobre la historia uru: los documentos que pude reunir en los archivos de Corquemarca, de Poopó y de Sucre, y que comentaba con mis colaboradores, les revelaban a estos últimos detalles insospechados de su pasado.  ¡Se me hacían consultas al respecto, de tal suerte que, paradójicamente, me transforme en informante de los chipayas!  De manera muy particular, a Martín le gustaba interrogarme: discurríamos doctamente como miembros de cualquier asociación de eruditos, e intercambiábamos dudas, interpretaciones e hipótesis.  El tiempo, en suma, había hecho su obra, y creo poder decir que, dentro de un amplio circulo de adultos de todos los grupos, se me reconocía como lo que era: un historiador de la sociedad chipaya”. [pp. 49-50]

“Me doy cuenta que las atenciones que me brindan los chipayas reflejan su obligada deferencia ante un representante del mundo dominante (aunque haya recibido y compartido la sincera amistad de alguno de ellos).  Es indudable que mi trabajo de investigación se benefició de esa relación de dominio: a pesar de las muestras de consideración que daba a mis informantes, estábamos insertos en un engranaje que objetivamente se nos imponía y que aun las relaciones de gran familiaridad lograban difícilmente superar.  Esta desigualdad fundamental en nuestra posición social influyó constantemente en las diversas peripecias de mi investigación, […]”. [p. 94]

“[…] si el etnólogo comienza a inmiscuirse en una sociedad que en un principio sólo tenía para él un interés intelectual, en justa reciprocidad termina por interiorizar este objeto formado por seres vivos con los que ha mantenido relaciones de amistad o de antagonismo y compartido en lo cotidiano penas y alegrías.  Si yo entré en la historia de Chipaya, también Chipaya entró en la mía: es una parte de mí mismo, en efecto, que el tiempo se llevó.  ¿Qué queda?  Unos escritos, el recuerdo.  Como decía Benito: «Ya ves, la foto queda».  Agregaba un «para siempre», del que yo no estoy tan seguro. […]” [p. 123]

= = =

Comentarios (1)

Excelente Nicanor! Qué sería

Excelente Nicanor! Qué sería de nosotros sin ustedes historiadores y etnólogos?

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
CAPTCHA de imagen
Escriba los caracteres que se muestran en la imagen.
Comentario Destacado
Hace poco estuve por Cajamarca luego de algunos años. Nunca habia visto a la ciudad tan fea. Un crecimiento desordenado e improvisado. Cero planificación o si la hubo fue muy mal ejecutado. Ni siquiera el centro histórico se salva ya de esa barbarie. Los patios de las casonas prácticamente han desaparecido. Construcciones de ladrillo sin tarrajear se han apoderado de ellos , tal como es el caso de las casas que rodeaban la plazuela de Belén. Las azoteas han remplazado los techos de teja y ... Leer más >>
El Video de la semana
Haykapikaman Suyasun Programa Radial (Huanta)
Enlaces
texto