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Robos sacrílegos, sicarios y amoralidad política

Enviado el 09/04/2014

Javier Protzel

Las campanas de la Iglesia de  Nuestra Señora del Pilar repicaron antes del amanecer del 4 de abril último despertando a los vecinos de Ayabaca. Tres sujetos encapuchados  habían entrado al templo, llevándose la corona de oro del Señor Cautivo y otros objetos sacros. Aunque el robo sacrílego es algo poco frecuente –y, felizmente, además tratándose de una réplica-, la consternación de la población local no ha dejado de sentirse. Cada octubre, decenas de miles de peregrinos de Piura y otras regiones del norte, incluso del Ecuador, llegan a rendirle culto al Señor Cautivo de Ayabaca, figura crística que simboliza sacrificio y dolor, patente en las escenificaciones del sufrimiento actuadas por los fieles en la procesión. Empero, es inevitable preguntarse si tras este delito no hay cierta relación con la ola actual de crímenes en el norte del país, presente también en todo el Perú.

Por supuesto, estoy lejos de pensar que se trate de un nexo simple causa-efecto, pero sí del crecimiento notable de una disposición a la transgresión de cualquier tipo de norma. Flota en el ambiente con el perfume del dinero y marca un fenómeno de época cuyos orígenes son de causación compleja. Mirando lejos hacia atrás, encuentro que una parte importante del tejido social de todas las clases quedó deteriorada gracias al colapso económico de fines del decenio de 1980 e inicios del siguiente, y al terrorismo. Las consecuencias posteriores fueron el desprestigio de la política y la búsqueda individualizada (o familiar) del progreso. Los valores del éxito material y la competencia en el mercado eclipsaron a los de la solidaridad y del actuar transparente como si ese crecimiento económico, de por sí valioso, conllevase su contracara de transformación moral del sujeto. El acceso para muchos súbito a los mercados y la precarización del trabajo moderno forzaron una percepción nueva del presente: un riesgo para muchos por la apuesta permanente entre la pérdida de un empleo ya inestable, y el goce de un consumo al que antes no se había tenido acceso.

De esta suerte, se ha ido pasando a una sociedad con más oportunidades y menos afecto en la cual sin embargo el tejido social resquebrajado no ha desaparecido, sino ha mutado con mucha mayor frecuencia a un vínculo informal ajeno a la ley y al tácito orden cívico que la sustenta. Sin abundar en ello, es preciso recordar que en psicoanálisis la codicia extrema puede ser una compensación simbólica que suple una carencia traumática de afecto en la infancia, determinante de comportamientos amorales y cínicos. Son los efectos más indeseados, pienso yo, de la espiral de crecimiento del país, que así como está brindando mucho bienestar material, también genera -quizá a escala extendida- un narcisismo adicto al control sobre los otros, es decir al poder.    

Esto se aprecia en los escandalosos desfalcos, cohechos y otras tipos de apropiación ilícita cometidos por redes de delincuentes de organización subterránea -incluyendo al narcotráfico-, integradas por autoridades regionales y locales,  pero que alcanzan hasta los altos niveles de las instituciones legislativas y judiciales. Se entiende que me refiero al gobierno de Ancash, pero también al de Amazonas, entre otros, escenarios de enconadas luchas electorales, dada la alta dispersión del voto, la multiplicación oportunista de agrupaciones y la formación de redes corruptas de influencia. Y tanto más cuando lo puesto en juego es el canon minero. Pero lo peor son los asesinatos cometidos por sicarios, punta generalmente invisibilizada del iceberg de la corrupción. Notemos que la compra de sicarios crece notablemente en los últimos cuatro años, sin que sean sólo en Chiclayo, Trujillo y otras localidades del norte donde operan. Además de desplazarse de una ciudad a otra a pedido del cliente, estos homicidas pueden ser oriundos de cualquier lugar del país, como si se tratase de un envilecimiento sistémico a escala nacional, frente al cual la clase política permanece impotente, pues el mal también habita en ella.

Antaño el robo sacrílego no era frecuente porque la culpa y el temor al infierno se interponían, y sólo algunos forajidos se atrevían a cometerlo. Hoy en día lo sagrado ya no se valora: me refiero no (sólo) a los bienes religiosos si no a todo aquello que merezca respeto y deba preservarse impoluto para el bien y la estabilidad de la comunidad. Ante todo, la vida, el cuerpo, los frutos del trabajo bien ganado y la salvaguarda del patrimonio común que la autoridad legítima tiene a su cargo. ¿Cómo no va a ocurrir esto, si se trata de valores inmateriales, pero indispensables para la convivencia humana? Vivimos deslumbrados ante nuestro crecimiento económico, embobados ante las cifras que exhibe, y no terminamos de percibir, que a falta de una gobernanza adecuada de esa problemática, se establece una conexión perversa entre materialismo y delincuencia.
 

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