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Nadie sabe cuanto hemos sufrido, carajo

Enviado el 09/08/2017

Imagen: Perú21

Entre los principales valores de la narrativa de Gregorio Martínez (específicamente de Tierra de Caléndula y Canto de Sirena) hay que reconocer su esfuerzo por hacer visible un colectivo humano que había sido ignorado por la nación. Coyungo no es un pueblo imaginario en filiación con Comala o Macondo. Estamos ante un espacio factual desde el cual los narradores, que atraviesan esta obra, visualizan otros modos de entender la realidad nacional. Se trata de poner en agenda conocimientos y sensibilidades desconocidas para la estética del realismo urbano o el indigenismo. Una forma de lograr esto es resaltar la verosimilitud de Coyungo a través de un mapa inserto en la primera edición de Tierra de Caléndula (1975). Este énfasis de la realidad sobre la ficción se debe a que Martínez busca encarar el proceso colonial de editar o invisibilizar a colectivos que no encajan con los proyectos de nación.

La respuesta se urde desde canteras literarias, y es aquí donde se ubican sus propios límites. Una vez logrado hacer que el rostro del territorio es reconocido, el siguiente esfuerzo es expresar su cotidianidad, personajes y modos de habitar Coyungo. Sobre este punto se ha hablado de las líneas míticas de Canto de sirena (1977), de su conexión íntima con expresiones populares. A esto habría que sumar las formas de la narración, ese desborde de voz de Candelario Navarro que recuerda al Riobaldo de Grande Sertão: Veredas. Sin embargo, este fluir tiene sus propios límites en la mediación letrada. Si bien mencionamos la búsqueda de visibilizar un colectivo humano, lo cierto es que se trata de una perspectiva controlada por el autor. La figura de Candelario Navarro expresa la toma de posición política de Martínez, y los modos de captar el habla popular en sus cuentos son índices de su ideología lingüística. Indudablemente Martínez plantea un desafío al sistema literario de la época: introducir un mundo otro (negro, campesino) dentro de la ciudad letrada. No obstante, hay que resaltar también que dicho mundo es articulado desde el culturalismo, es decir, que se mantiene en un plano de imaginarios, enunciaciones, logros estéticos, etc. El horizonte de esta obra, al menos desde un nivel literario, no se dirigen a un cambio de poder político.

Hemos dicho al menos desde un nivel literario, porque las potencias políticas del texto se encuentran en otro terreno. Destaquemos el material visual de Tierra de caléndula que plantea otro modo de entender la cartografía nacional. El mapa de Coyungo nos recuerda que el país es una articulación tensa de espacios, y no un plano homogéneo. Otro punto a resaltar es el cuerpo. La hipérbole del sensualismo no se debe a una simple erotización de los cuerpos negros. Si en Martínez el cuerpo es una isotopía es porque lo reconoce como una herramienta de resistencia (que en su léxico sería mejor llamar “profanación”). El cuerpo que goza, que explota en sensualismo, altera formas de condena colonial: la injusticia, desesperanza. Este sensualismo predominante quiebra un estereotipo de los cuerpos subalternizados. Entre los pormenores de su existencia, Candelario a sus casi 82 años sigue enfatizando su vitalidad corporal como un modo de enfrentar el contexto colonial en el que ha vivido.

Pero este no es el único rostro de Coyungo. Entre las voces heterogéneas que van fluyendo en Canto de sirena, habría que destacar las inscritas en el epílogo. Entre ellas, por ejemplo, encontramos a Maura Figueroa, quien dice: “nadie sabe cuánto hemos sufrido, carajo”. En tal expresión radica el texto que subyace al sensualismo, lo que explica su expresión excesiva. En un espacio marcado por el poder de los dueños del fundo, de la marginación nacional, de una serie de dominaciones sociales, el sufrimiento no es un sentimiento instantáneo. En otro momento oímos de un personaje tan vital como Candelario el deseo de la violencia como única forma de enfrentar los poderes hegemónicos: “Antes que sea tarde deberíamos juntarnos todos los que no tenemos adonde caernos muertos y de un empujón arrimar a los cogotudos que se han hecho dueños de cuanto hay en el mundo”. A pesar de esto, Martínez no pone el acento en el sufrir, acaso para evitar el acartonamiento, victimización o la dicotomía de una literatura socialmente comprometida. 

El lente de Canto de sirena no escamotea el poder colonial y su inserción en los cuerpos y en los afectos de los sujetos de Coyungo (podríamos recordar el caso de Benita la Capadora), pero tampoco ofrece una mayor comprensión del contexto. Esto no quiere decir que Martínez caiga en la estetización o exotización de Coyungo. Él confía en resistir desde la palabra, en la posibilidad de cuestionar la opresión desde el mito o el canto desbordante del pensamiento popular. Ahora, si bien no basta decir que nos hemos jodido solo desde la literatura, no hay que restarle su potencia y resonancia, su contribución a un proceso mayor de descolonización. 

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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