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Chungui: Conflicto armado interno, el cantar y bailar del género llaqtamaqta

Enviado el 09/09/2015
 
Ranulfo Fuentes y Carlos Falconí, compositores y grandes maestros de la música ayacuchana, provenientes de la provincia de La Mar, son quienes me dieron las primeras referencias sobre el género “llaqtamaqta” (mozo del pueblo), un huayno indígena muy exclusivo de la zona del distrito de Chungui, ubicado en la provincia de La Mar, departamento de Ayacucho.
 
Habían transcurrido ocho largos años del inicio del Conflicto Armado Interno (CAI). Ese mismo año, en el mes de octubre, se desarrollaba el X Congreso Nacional de Folklore "Josafat Roel Pineda" en la ciudad de Huamanga. En aquel entonces, por vez primera, Otoniel CcayanchiraPariamanco, un arpista que revolucionaba el mundo musical con sus toques muy particulares, glosaba el género llaqtamaqta “chunguinitatamsuwachkani” (estoy robando a una chunguinita), y con sus versos de profundo amor satisfacía a los asistentes. Otoniel había nacido en Churca, pueblito muy pequeño de la comunidad de Chungui. Me expresaba: “El llaqtamaqta es canto de Chungui y nadie lo conoce porque ese pueblo está lejos, olvidado y castigado por la guerra. Allá se canta y baila, al son de mandolinas, en la época de preparación del “chuño” . Surgió así en mí el interés de llegar a dicho lugar, ubicado en el extremo sur de la provincia de La Mar. Con el CAI, los militares lo habían bautizado con el nombre de “Oreja de Perro”, por su ubicación geográfica, bien determinada por el río Pampas, en su convergencia con el río Apurímac. 
 
En Huamanga, los residentes chunguinos, por encargo de Horacio Juárez de la Rosa, hicieron gestiones para que el Centro de Desarrollo Agropecuario (CEDAP) desarrollara su trabajo productivo en aquel pueblo olvidado. En setiembre de 1996, llegué por vez primera, junto con el equipo de profesionales del CEDAP, a Chungui, poblado situado entre los majestuosos “cerros” (dioses tutelares) de Bombelo, Llave Qaqa y Viuda Rumi. Mi misión era recoger sus costumbres, sus canciones y valorar su identidad cultural. Las autoridades y los pobladores, reunidos en su casa comunal, nos hicieron el recibimiento con su llaqtamaqta. El profesor Gonzalo Pérez Ccorahua, del colegio “Leoncio Prado”, se puso a tocar su bandurria, y las señoras Emilia Juárez, Priscilia Huamán, Olinda Huamán, Marina Chalco y Felicitas Lizana cantaron: Chirimuyapacisachan, chunguinachatamsuwachkani, chunguichaplazapisturuchapukllachkan, entre otras. Sus tonalidades eran muy agudas, sus cadencias nos hacían vivir de alegría y nos hicieron bailar con sus zapateos rápidos y menudos. Muy impresionado, asumí mi compromiso de hacer el registro con mi grabadora en mano, sin saber que el lugar que me alegraba, había estado bañado de sangre y lágrimas en los años de la violencia política. Dicho lugar se había convertido en una aterradora base militar, con sus integrantes foráneos que ni siquiera conocían ni entendían el quechua.
 
Luego de aquella ocasión, llegué en varias oportunidades a los pueblos más lejanos de aquel distrito. Conocí los horrores de la guerra y de la suerte de sus pobladores. Para alegrarse tocaban sus rondines, kawkas, mandukas , mandolinas y bandurrias; cantaban y bailaban su llaqtamaqta como una catarsis psicológica. En Oronqoy, llamado“PukaLlaqta” por los senderistas, bailamos muy intenso junto con mis compañeros de viaje, Daniel Huamán (“Delta”) , Edgar Arones (“Tiro fijo”) y Elvin Ccaicuri (“Eco”). Elvin es un experto bailarín. Su madre, Isabel Santi, era cantarina y tocaba su mandolina, pero la muerte de su esposo y de su hija a manos de los militares, llegó a vedarle su alegría. Durante nuestras conversaciones, los lugareños recordaban la sangrienta década y cómo los miembros de Sendero Luminoso les hacían cantar “himnos guerrilleros” y huaynos con contenidos senderistas. Les hacían cantar para burlarse y luego cometían sus actos criminales.
 
Aquí algunas versiones: “Mi tío Heraclio Terraza, era llaqtamaqtero y los compañeros se lo habían llevado. Él se había escapado y, con una bandera blanca, se había presentado a sus compoblanos de Pallccas, diciendo ‘soy inocente’, pero ocurrió lo contrario y antes de ser ahorcado pidió su manduka para tocar por última vez su llaqtamaqta”. (E.T.A.2001).
“…a mi hermana y a sus seis hijos los mato el capitán Céspedes,... Mi hermana dijo: ´No me mates, padre lindo, no me mates, yo te voy servir´. Su hijito se había agarrado del soldado diciendo: ´No me mates, papito, voy a cantarte un cantito´, pero lo tiro al suelo y lo baleo en su cabeza”. (C.M.B-1999).
 
Al escuchar los testimonios tan dramáticos quedé consternado y sentí el espíritu de este huayno chunguino, que con sus versos poéticos, llegó a ser el alma que acompañaba ante el verdugo asesino, como una madre que imploraba por la vida de su hijo. Entendí ese amor profundo, esa alma de este huayno. El “llaqtamaqta” nació cariñosamente del corazón profundo y amoroso de las doncellas que cuidaban las papas en la preparación del chuño, para que no se las comieran los animales. Dicen los muchachos o jovenzuelos del pueblo que iban en horas de la noche con sus mandolinas o mandukas adonde las mozas que les esperaban ansiosamente para ser cortejadas, y que pasaban la noche cantando y bailando, de manera clandestina, en lugares apartados. Las muchachas, al ver la presencia de mozalbetes, habrían dicho sus palabras amorosas: “Llaqtamaqta, qamurusqa” (Ha venido el mozo del pueblo) y así se habría perennizado el nombre del género, gracias a ellas. 
 
Para los y las jóvenes de Chungui, el encuentro más esperado ocurría durante los meses de la cosecha y muy especialmente enel mes de junio de cada año, época que se centraba en el cortejo y enamoramiento. En aquel encuentro de llaqtamaqta recreaban los diferentes estados que comprende el ciclo vital del hombre, como el enamoramiento, warmiurquy, matrimonio, entierro y safa casa. El jolgorio duraba hasta el amanecer, con cantos alusivos al amor, y ahí nacía el vínculo matrimonial. Penosamente, con el CAI se dejó de practicar toda costumbre. Chungui pasó a ser considerado una “zona roja”; es decir, de alta incidencia de actividad senderista, y el llaqtamaqta solo sobrevivió en el corazón de cada lugareño. Muchos huyeron de la guerra y la mayor parte a la zona de Andahuaylas. Allí no dejaron de cantar y bailar, como lo menciona Walter Guzmán, regidor de la municipalidad de Chungui: “Con mis padres escapamos para Ocobamba, donde trataban de terrucos. Los militares nos reunían a los chiquitos y nos hacían cantar. También cuando estudiaba en la escuela, siempre cantábamos llaqtamaqta. Ahora nuestro canto está en Ocobamba. Ya ellos cantan como los hermanos Ayvar y nuestra meta es rescatar lo nuestro”.
 
En octubre del 2007 llegamos a Chungui junto con el prestigioso antropólogo Carlos Iván Degregori, y con alegría de siempre, la profesora Ana María Huaraca nos cantó: “Virgen del Rosario”, “kaychunkaychunchunguillaqta”, entre otras. Al escuchar el ritmo de este huayno, Carlos Iván decía: “Es una fusión muy especial. Aquí se podría encontrar ritmos de Cusco, Abancay y Ayacucho que todavía nos falta conocer”. Luego bailó muy alegremente en el sector de Kutinachaka (puente del retorno) con las comuneras de Oronqoy. Después del Conflicto Armado Interno, el género llaqtamaqta aún no es conocido como tal en la ciudad de Huamanga, pero los sobrevivientes de Chungui no lo han dejado de cantar. Conocí a don Félix Pariamanco tocando su mandolina y a su esposa, doña Maximiliana Guzmán, cantando en su pueblo de Rumichaca, a cuatro horas de camino de Chungui. Félix había sido torturado en la base militar de Chungui. Ahora ha migrado a Huamanga y con fidelidad diaria batalla, con su mandolina en mano, para expresar y hacer sentir su llaqtamaqta en escenarios y eventos culturales.
 
Edilberto Jiménez: Autor del libro “Chungui:  Violencia y trazos de memoria”.
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