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Mariátegui, Haya y Ravines en nuestro debate actual

Enviado el 09/11/2016

Deseo retomar el diálogo/debate que sobre los inicios del aprismo se ha producido en esta plataforma, y en la que han participado Javier Landázuri (editor y prologuista del libro Los Inicios), Martín Bergel (historiador argentino y autor de un estupendo libro, El Orientalismo desplazado), Ricardo Portocarrero (historiador y ex director de la Casa Museo José Carlos Mariátegui) y quien escribe estas líneas.

Lo primero que deseo resaltar es lo que podemos llamar el tono de la discusión, y que ha sido destacado también por los mencionados, especialmente por Portocarrero. Sin adjetivos ni sobre ideologizaciones; por el contrario, ante el desconcierto actual, se ha producido un conveniente estado de análisis y reflexión para poder interpretar una historia fundamental de la vida política e ideológica del Perú.

Repensar el momento fundador tanto del aprismo como de la izquierda de nuestro país, en los términos que se está llevando a cabo, y dentro de él a los personajes que consideramos clave, es un síntoma de diálogo que hace no mucho tiempo era impensable. ¿Se acabó la pasión, acaso? Quizás, pero al mismo tiempo crece la necesidad de razonar, lo que no conlleva, evidentemente, a dejar de lado identificaciones ni convicciones.

En ese sentido, reclamo que sería interesante que algún intelectual aprista realice un análisis sobre Mariátegui, pues ayudaría a fortalecer el diálogo/contraposición que estamos observando en la actualidad. Y este reclamo no es gratuito, pues, como se puede constatar sin dificultad, intelectuales de izquierda sí han escrito sobre Haya de la Torre. Ricardo Melgar Bao y yo aportamos a esta nueva lectura en el libro Víctor Raúl Haya de la Torre. Giros discursivos y contiendas políticas, publicado en Buenos Aires, que es una compilación de documentos inéditos también del naciente aprismo, que se entrelazan perfectamente con los que contiene Los Inicios.

Estoy completamente de acuerdo que para esta lectura actual es necesario incorporar a otros personajes, como sugiere Bergel, y no solamente a Haya y a Mariátegui; a ellos se debe sumar a Ravines, el ganador político de fines de los años 20 a mi entender, así como a aquellos que tejieron una red brillante de militantes entre los que se pueden mencionar a Luis Heysen, Carlos Manuel Cox o Manuel Seoane, por ejemplo. Igualmente, coincido en la importancia de la correspondencia y de la máquina de escribir, como ha destacado Landázuri, en esos tiempos de vorágine y sed refundadora.

Sin embargo, debemos retomar un asunto crucial, cual es identificar el momento ideológico de cada protagonista desde mediados a fines de los años 20. Centrándonos en Mariátegui, Haya y Ravines, los tres eran marxistas y revolucionarios, pero recordemos que en 1923, año del regreso de Mariátegui de Europa, este ya había adherido al marxismo mientras que Haya aún se mantenía dentro de las ideas anarquistas, como lo señala el propio Armando Villanueva en el testimonio que preside Los Inicios. Por su parte, Ravines también en Europa, se había sumergido en el marxismo-leninismo. Pero más allá de esto, los tres concebían el cambio revolucionario de la sociedad peruana oligárquica. Y aquí aparece un tema relevante a mi parecer, la mentalidad con la cual conciben ese cambio.

Haya y Ravines eran absolutamente leninistas, no solo por lo que se colige de sus escritos, sino por cómo vivían la vida. Para ambos, fuera del proyecto político no existía nada relevante; eran soldados de una causa. Leninistas, en suma. De ahí su interés por ser parte de, y ser reconocidos por, la Tercera Internacional. Como bien ha señalado Landázuri, ambos se ubican desde esta perspectiva en el mismo bando. Y desde esta filiación desarrollan una moral política en donde las decisiones se respaldaban en el fin último a conquistar. El bluff, en ese sentido, era perfectamente natural, pues contribuía a acercarse a la meta planteada. Si recordamos a Lenin, él actuaba y pensaba bajo los mismos parámetros. Lenin era la inspiración de Haya y de Ravines, y no tanto Marx.

Por su parte, Mariátegui concebía a la revolución desde otro lugar. Él era más marxista que leninista. La obra de Marx –o lo que pudo conocer de ella- era la que nutría su mirada de la realidad peruana y mundial a la que añadía lecturas y autores insólitos a la mirada de otros revolucionarios como, por ejemplo, y para agregar otro nombre, su íntimo amigo, César Falcón, quien política e militantemente se encontraba más cercano a Haya y Ravines. Mariátegui también entendía que la revolución no podía ser realización de un acto voluntarista de un grupo de dirigentes, sino resultado de un proceso de concientización (aquí es donde aparece su vena más intelectual), pero ello no impidió que también concibiera la particularidad de una moral política. Su crítica al bluff de Haya no contiene un sesgo religioso de bien y de mal, sino que hay que entenderla como el reclamo de la virtud revolucionaria. No bastaba para él modificar el orden político si no se constituía a un individuo revolucionario en todos los planos. Un ejemplo muy evidente es que no hay vestigios en su correspondencia personal de ideas y apreciaciones distintas a las que manifestaba en público era solo un discurso. Optaba por el camino inverso a los de sus entonces compañeros de ruta: del individuo a la sociedad.

El problema para Mariátegui era que la Comintern la constituía un tipo de militante con el que mejor embonaban Haya y Ravines. Y seguramente Mariátegui no se sentía cómodo por esa razón; ya sabemos las “acusaciones” (populista, reformista) que el comunismo internacional deslizó contra él luego de su muerte, enjuiciamiento que fue precedido por el golpe de Ravines contra él. Aun cuando comunista, era un militante extraño para la Comintern.

A la pregunta planteada por Landázuri sobre el lugar que ocupaba Mariátegui en esa trilogía polémica habría que responder que era uno sumamente relevante, a pesar de sus mudadas condiciones físicas, según sus palabras. No era una presencia menor como parece deslizar Landázuri, y que por ello Haya trató de resolver expeditivamente. Tanto es así que una buena parte de los que apoyaban al líder trujillano dudaron entre él y Mariátegui. Si hubiera sido poco relevante, la vacilación ni siquiera hubiera asomado. Incluso, en la revista APRA (que también se incluye en Los Inicios) se le rinde homenaje al año de su muerte como el revolucionario que fue. Y las continuas referencias a Mariátegui en las cartas de Haya, y sobre todo, su excesiva ferocidad nos indican que Mariátegui era algo más que un intelectual molesto que escribía sobre asuntos intrascendentes (según el propio Haya).

En suma, se trató de tres revolucionarios y de dos tipos de militantes revolucionarios que emergen de sus escritos y comportamientos. Pero ahora quiero volver a la pregunta inicial que planteé al inicio de este diálogo: ¿por qué el libro Los Inicios ha causado tan escaso interés, a pesar que aborda un momento trascendental de nuestra vida política e ideológica del Perú, de un momento fundador? Nuevamente ¿se acabó la pasión? Creo que la respuesta, o un esbozo de ella, está en que el tema del poder ha quedado fuera de las discusiones de ahora. De ese zafarrancho al que alude Landázuri, y que ahora ni siquiera eso es (zafarrancho) porque ha sido borrado de nuestras preocupaciones. Es posible que el discurso neo-liberal haya sido exitoso en ese sentido; exitoso pero no beneficioso, aclaro, y que nos hemos quedado sin respuesta.

Pero no quiero salir del tema que nos ha convocado. Militantes, ideólogos e intelectuales se aunaron en esos años decisivos de la década del 20 en el Perú, y en eso consiste, creo, la fortaleza de sus propuestas y el ejemplo que hasta hoy día nos seducen.

 

 

 

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