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Juan Luque, vehículo de la voracidad

Enviado el 09/12/2015

Al cierre del año, tiempo de evaluaciones y nuevos planes, el autor de la siguiente nota echa un vistazo a la actuación del gobernador regional, quien, a su entender, estaría más comprometido con intereses particulares que con el bienestar de la región.

La regionalización sigue siendo uno de los grandes desafíos que afronta el país. A nivel nacional, ha puesto a prueba la capacidad de las élites subnacionales para hacerse cargo de su propio desarrollo e ir superando paulatinamente el acentuado centralismo peruano. Puno no es la excepción en cuanto a las dificultades que se han tenido para enfrentar dicho desafío.

De las cuatro gestiones regionales, la actual se perfilaba diferente. Juan Luque Mamani no calificaba entre los líderes señoriales de izquierda que gozan de simpatía en el altiplano. Más bien se presentaba como un profesional emergente, afincado en Juliaca, que había encontrado en la primera universidad particular de la región, el espacio para desarrollarse política y laboralmente. En buena cuenta, pintaba como la primera gestión regional alejada de la retórica de izquierda y más cercana al universo de la iniciativa empresarial y el capital.

Una vez al frente de la región, el bonachón contador azangarino puso en evidencia el proyecto real y no tan oculto de su organización política: Ser vehículo de los intereses, apetitos, las oportunidades y aspiraciones de una argolla sociopolítica compuesta por astutos operadores, aliados, colaboradores, amigos y parientes encargados de “organizar” la incursión hacia el aparato estatal, que, para efectos prácticos, significa la colocación de personajes en puestos clave que canalicen el flujo entre la argolla primigenia y la administración regional.

Como vemos, el esquema verdadero del PICO (Proyecto de la Integración para la Cooperación) es fiel –curiosa y sorprendentemente- con su denominación. Es decir, la organización política de nuestro gobernador regional es un artefacto electoral que “integra” a sus miembros con el objetivo de “cooperar” (colaborar) con sus expectativas personales, familiares, profesionales o empresariales. La misión del PICO no es trabajar por el desarrollo de Puno; al menos no como lo entienden los planificadores y los expertos. El horizonte de la organización nos ofrece una sugerente variante de lo que hasta el momento hemos entendido como desarrollo y política. Según el PICO, la prioridad es ubicar a sus colaboradores dentro del aparato estatal, a fin de que sirvan de correa de transmisión para el logro de los intereses particulares de los miembros de la organización. Siguiendo la línea de prioridades, una vez alcanzados los intereses particulares, recién podríamos hablar de desarrollo regional. Dicho de otro modo, “primero colocamos a nuestra gente” y luego hablamos de desarrollo.

No todo queda ahí: Los problemas se complican mucho más cuando el líder de la organización abandona su rol de conductor y permite que los operadores-asesores sean quienes directamente tomen decisiones sobre la colocación, remoción o cambio de miembros del PICO dentro del aparato estatal. Como operadores cumplen su función, pues se trata del objetivo prioritario del grupo. Lo lamentable es que Juan Luque está llamado a prevenir posibles excesos o errores,pues asume la responsabilidad política y ética como líder del proyecto político. Si no lo hace, es porque tal vez el objetivo prioritario no tiene objetivos secundarios. Es decir, la intención del PICO solamente era llegar al poder para cubrir los intereses particulares de sus miembros y dejar en automático (como una especie de carga u obligación incómoda) la gestión y administración del desarrollo regional.

El estilo del PICO tampoco es una novedad. En las anteriores gestiones también se aseguraba a los miembros de la organización y se canalizaban intereses. La diferencia es que en la actual gestión, la impericia del contador azangarino es llamativa, y los operadores y miembros de su organización son más exigentes y más voraces. Pequeña gran diferencia que muestra el síntoma de una enfermedad más que un problema en sí mismo. Es decir, los miembros voraces del PICO son más fuertes que su líder, lo rebasan. Expresan el apetito que surge desde las bases mismas de la sociedad por engullir los jugosos presupuestos públicos que las arcas públicas del país atesoran, producto del próspero ciclo económico que hemos tenido y que va camino a decrecer. Entonces, la ansiedad por capturar el poder está en directa proporción con las cifras del presupuesto regional. Así de trágico.

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Comentario Destacado
Muy claro Jefrey, lo lamentable es que amplios sectores de la sociedad ayacuchana no muestra organizacion alguna, cosa que si hacen los que se benefician de la corrupcion. Entonces "a robar que el mundo se va a acabar" parece ser el modelo de la conducta social actual y futura Leer más >>
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