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El camino de San Panchito

Enviado el 10/02/2016

Para llegar al pueblo, el camino asciende desde la repartición que se abre sobre el puente Mollepunco y se desprende de la carretera de Llauta; el mismo lugar por donde hace noventa años trajinantes y ganaderos vadeaban el río Palpa con ciento cincuenta reses que ostentaban en vano su desafiante cornamenta ante la indiferencia de los mayores, concentrados en el trabajo de los alfalfares, y la alegre perversidad de los niños, que jalaban de los rabos y asaltaban cual jinetes las huesudas ancas de los animales. Es una pendiente sinuosa y polvorienta que culebrea entre la seca vegetación de espinas que, en la estación de sequía, recubre como un pelambre marchito todas las faldas de la lomada.

Por este camino, trepan los camiones vaqueros de Quispe, Sotelo y Guerra hasta el sitio de Pacapacarí, lugar antiguo de cuyos siglos dan testimonio las casas que dejaron los gentiles, donde hoy se guarecen los pastores cuando la lluvia los coge, haciéndose un espacio junto al montoncito de huesos entreverados sobre la tierra. En las inmediaciones de las chullpas y al interior del cerco de los dos recintos mayores, pacen las cabras de don Temístocles Tinco, quien junto a su hijo de diez años permanece varios meses allí hasta antes de que comience a llover.

“La plaza de Carhuacucho se construyó con las lajas de las casas de los gentiles, por eso terminan chatas y no en cerro como las de Maucallaqta”, cuenta don Temístocles a los que suben la pendiente. Caminé hasta allí y escuché con atención sus palabras. “Cuando se levantó el pueblo nuevo, los hombres bajaban a llevarse las lajas, pero sintieron miedo de las almas y dejaron la obra. El pueblo antiguo quedaba en un lugar distinto y en el altar de su iglesia estaba San Panchito, patrón de Carhuacucho. En esa época, no se subía por acá sino por el camino de herradura”, por donde Revillas, Rocas, Cáceres y Degregoris venían arreando los toros que traían desde Ayacucho para engordarlos en los alfalfares de las cabezadas lucaninas y, después de tres meses, continuar su trajín hacia Palpa y la ensenada de Puerto Caballa.

Entonces, volví a escuchar la voz de Basilisa Revilla, quien solía contar que un niño pastaba sus huaqchitos en un lugar llamado Tántarcancha, cuando conoció a un niño blanco como los santitos, que le dijo: “vamos a jugar”, y así se quedaron, jugando hasta tarde. El niño regresó de noche a su casa; su papá le preguntó dónde había estado y él respondió: “jugando con mi amigo”. El hombre se quedó pensando. ¿Quién sería ese chiquito? Así pasaron los días y en la iglesia se dieron cuenta que cada mañana la imagen deSan Panchito amanecía manchada de barro y que de su ropita y cordón blanco prendían las espinas y florecitas moradas del tántar. Entonces, fueron a ver al amiguito del niño, pero en su lugar encontraron a San Panchito todo lleno de ramitas, hierbas y flores. Lo llevaron de vuelta a la iglesia, pero al día siguiente, ya no estaba. Cuando fueron a buscarlo, lo encontraron en ese sitio, donde crecía el tántarquichka. Por eso cambiaron el lugar del pueblo y construyeron la nueva iglesia.

Cuando el peso del sol cedió a la tarde, don Temístocles señaló las dos cumbres que flanquean la quebrada: “Huaqraymarca es el cerro de Llauta, el más alto de por acá. Quiere decir ‘pueblo de toros astados’”. Conocía ese nombre. Doña Basilisa decía que de la cima del pueblo, mirando de frente, hacia Llauta, se ve un cerro alto como un volcán; cuando hacen carnavales, a ese cerro siempre le cantan Huaqraymarca yanay puyu, vidallay…, y en quechua le preguntan “nube negra antes llovías y ahora ya no llueves, ¿por qué?”. “En su frente, continuó don Temístocles, está Maucallaqta, el cerro de Carhuacucho. Cuando hay tormenta los dos juegan a tumbarse”.

Los ojos resbalaban por las cejas de los cerros tutelares, hacia el fondo de la quebrada, hasta hundirse en una mancha verde oscurecida por sus sombras. Un caminito real, cerca del puente, desciende por la margen del río hasta un bosque de molles. Por allí, se llega a Panchalla, cuna de Sol de Oro Viejo, padre de los caballos de paso peruanos, donde una casa solitaria es el único vestigio del lugar donde se criaban los espléndidos caballos que a principios del siglo pasado los criadores de las cabezadas llevaban a la feria de Viernes Santo en Huamanga. Más allá, está Aylapampa, en otros tiempos casa-hacienda de Pancho Degregori, comerciante italiano que poseyó todos los fundos de la quebrada, incluidas las fértiles tierras cercanas a Tambo y Jabonería, sobre el límite con Palpa.

Ya cerca del pueblo, el chincayo, esa flor que colorea amarillo cuando llueve, cubría todas las laderas de las lomas inmediatas y se inmiscuía en los potreros pirqados por los vecinos. El pueblo se levanta sobre un lugar alto, como una atalaya empotrada en el cerro desde la que se contempla el confín de la quebrada y el escalonado descenso de los cerros hasta que el sol los aplasta en los desiertos de la costa. A su izquierda, se precipita una ladera empinada y profunda. Desde el borde, a la hora del poniente, se divisa la carretera que asciende por la loma dibujando una línea zigzagueante, como si alguien hubiese tarjado con un cuchillo las faldas cobrizas de los cerros.

Al lado derecho de la portada del pueblo, vi dos enormes piedras del tamaño de una iglesia, cubiertas por el vello de un musgo bermejo y áspero, arrojadas allí, en el centro de una explanada entre cientos de guijarros desperdigados sobre la hierba. Cerca, un cúmulo de piedras asemejaba una construcción demasiado pequeña para ser una vivienda. Una zarza verde y espinosa, muy tupida, brotaba desde el interior de la casita y atravesaba la techumbre derruida dejando a la luz de un polvo resplandeciente las campanitas moradas del tántar.  

Comentarios (1)

He leido con gran interes su

He leido con gran interes su articulo.
Francisco (Pancho) Degregori fue mi bisabuelo.
Tengo interes en saber si tiene mas datos.

Mil gracias!

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