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Las metáforas visuales de “Uchuraccay. Krajnik”

Enviado el 10/02/2018

El objetivo principal de Las poéticas del duelo (IEP, 2015)del crítico literario, Víctor Vich, es que el acto de mirar pueda comenzar a abrir un nuevo escenario, siempre y cuando se entienda que, paradójicamente, “el mirar nunca se basta a sí mismo” (17). Para apoyar y ejemplificar esta idea, Vich recurre a un artículo del lingüista Mario Montalbetti, titulado “El significado ya no es lo que era antes”, en el que la idea central es que las fotos de Yuyanapaq no son “imágenes que hablan” por sí mismas, sino que son imágenes que deberían provocar que se hable más sobre el informe de la CVR, que sería el testimonio escrito, que acompaña al visual, Yuyanapaq. Al respecto, aunque he resumido la idea que persigue el texto de Montalbetti, pueden aclarar más la idea en esta cita: “La peor consecuencia de la admirable muestra Yuyanapaq ha sido esa reacción repetida de que “las imágenes hablan por sí solas”. Ahora sabemos que no lo hacen. Que son ventrílocuos del orden verbal. Pero la creencia de que sí lo hacen, de que las “imágenes hablan”, parece ser la excusa perfecta que nos exime de decir nada sobre el Informe verbal. Esa es otra forma de no querer decir, de la imagen como coartada, de querer huir del orden simbólico que ya no reconocemos como defensa ante, ni como elucidación de, lo real” (2005: 311. Énfasis nuestro).

Creo que es relevante retomar esta idea de que el mirar no debiera bastarse a sí mismo, y que, en consecuencia, debemos apoyar el “hacer hablar” a las imágenes, ya que entonces el arte –como artefacto– no solo generaría nuevos espacios de cuestionamiento sino que obligaría a abrir la documentación, a saber más, a investigar más, a interpelar políticamente eventos que no son “simplemente” muestra de un pasado, sino que integran y configuran un presente complejo, que no se quiere ver como tal. Esto es lo que ha motivado una parte del trabajo visual de Franz Krajnik, destacado fotógrafo peruano que ha publicado recientemente un ensayo fotográfico titulado “Uchuraccay. Krajnik”. En este libro encontramos, además de fotos, testimonios de los parientes de las víctimas fallecidas por las masacres de los senderistas, militares, y de las rondas campesinas de otras comunidades aledañas a Uchuraccay. Junto a este material, el acápite final del libro es muy sugerente. En las páginas 148-155, aparece, primeramente, una suerte de índice de las fotografías que aparecen a lo largo del libro en grandes dimensiones, ahora aparecen nuevamente, pero muy reducidas, acompañadas, además, de una narrativa al lado que nos contextualiza (fecha, lugar) y que nos narra sobre el evento que intenta representar. Luego, inmediatamente después, aparece una línea de tiempo, en la que se narran los acontecimientos históricos sucedidos en Uchuraccay desde 1983 hasta el 2017.

Colocar esta línea de tiempo, además, en un rojo que claramente llama la atención y resalta, a la par de la otra línea de tiempo, que es la personal, la que el fotógrafo ha rearmado desde su perspectiva el Uchuraccay que observa, es una forma de “hacer hablar” a las fotografías.  Y de paso, de hacer pensar, y hablar, a nosotros, sus lectores. ¿Qué sucedió con Uchuraccay luego de la matanza de los periodistas? ¿Qué sucede con ellos ahora? ¿Por qué es importante saberlo? Este libro coloca el dedo en un mapa complejo: no apunta únicamente a un territorio geográfico e histórico, como lo es “Uchuraccay”, sino al Uchuraccay que se está reconstruyendo, el que va más allá de la matanza de los periodistas. Un Uchuraccay dinámico, que negocia con la modernidad y que lejos de negar u olvidar su dolor, lo recuerda y busca un reconocimiento para este.

Y de esto trata el libro: explora el dolor más que la violencia, pero el dolor como un disparador de vida y movimiento, de acción, nada parecido a aquella imagen congelada e inmóvil brindada por el Informe de la Comisión Vargas Llosa. Esa comunidad que el escritor describió como ajena al devenir histórico y por ende, “arcaica”, estancada en un tiempo “mágico-religioso”, aislada “desde los tiempos prehispánicos” (1990: 110-11) no tiene lugar en el libro de Krjnik.  Porque el dolor sigue viviendo en Uchuraccay, en los ritos, en la misma geografía del lugar, en la memoria de sus habitantes, porque no fueron 8 víctimas, fueron 144, y porque no solo fueron atacados por un grupo claramente delimitado: Sendero, sino que fueron abusados, abandonados, y asesinados por los militares, y rondas campesinas aledañas. Por eso tuvieron que huir a la selva, así como a Tambo, Huanta, Huamanga, y Lima. Pero la huida no fue lo peor. Entre 1984 y 1993 trabajaron como peones en tierras ajenas, donde fueron perseguidos, repudiados y en muchos casos, tuvieron que ocultar su identidad por temor a ser reconocidos como pobladores de Uchuraccay. La historia de muerte y abuso no acaba con el negarse a ellos mismos, y con negar el nombre del que hablamos. Algunos uchuraccainos como Dionisio Morales, Mariano Ccasani y Simeon Auccatoma fueron sentenciados a 15 años de prisión por el delito de homicidio agravado en el caso Uchuraccay. Esto sucedió el 14 de junio de 1988. Luego de este infierno, pasaron 10 años para que los que escaparon de la violencia y abuso constante, regresaran a su tierra. El 10 de octubre de 1993 volvieron 82 pobladores a Uchuraccay impulsados por el comunero Elías Ccente con el apoyo del Concilio Nacional Evangélico del Perú. Esta historia continúa, y Krajnik la narra a través de una roja línea de eventos que ilustra de un modo muy personal en sus fotos. Pero como siempre, el tema y el meollo de la propuesta no radica en el “qué” sino en el “cómo”.

Sostengo que este ensayo fotográfico no nos entrega, no al menos en la mayor parte, un discurso directo, una mirada concreta, sino, por el contrario, una mirada hacia metáforas. Por ello, el sustrato narrativo del ensayo que nos entrega es particularmente complejo. No nos está dando una mirada descarnada hacia una realidad que la representa, nos entrega lo opuesto. Por ejemplo, hay una foto tomada el 8 de octubre del 2013 que es un fondo negro y varios puntos brillantes desenfocados. Cuando leemos la leyenda, y solo cuando la leemos, encontramos que es un homenaje a los 135 pobladores asesinados. Pero si no hubiera esta leyenda en la parte final del libro, no sabríamos qué imagen es. En una conversación con el fotógrafo él me comentó que era una foto a las estrellas de la noche en Uchuraccay, pero era una foto “desenfocada” adrede. Entonces vemos estrellas brillando, pero el detalle de que estén desenfocadas es lo que provoca la metáfora sobre la idea de “homenaje”. Es SU homenaje, no un homenaje que podríamos entender. 

Lo mismo sucede cuando quiere hablarnos de la huida de los pobladores que salieron del pueblo en el 84. No nos muestra mapas, o rutas, o llanto, o la materialidad de lo que implica el dejar algo. Nos entrega una metáfora: ovejas corriendo, en plena carrera hacia cualquier lugar. No sabemos de dónde salen ni a donde van. Son animales que huyen. Punto. El protagonista en la foto es la velocidad, la huida. Quizás un ejemplo más claro lo tenemos en la misma portada del libro. 

La imagen fue tomada el 11 de junio del 2012, y lo que vemos no representa una imagen sino que es un reflejo de una imagen.

Esta es la forma más simple, quizás, de definir una metáfora, cuando no se habla de algo directamente, sino que se le llama de una forma subjetiva. En la imagen no vemos los rostros, ni el contexto en el que estos dos sujetos hablan o se miran, o en el que acontece un encuentro. Solo por la leyenda nos enteramos de que es un padre y un hijo, y que representan un pasado y un presente.  No obstante, lo que vemos son justamente, reflejos, sutilezas de esta idea. Esta es la propuesta de Franz, el hablarnos desde metáforas sobre la compleja relación entre dos tiempos que se están relacionando por el dolor. En el caso de la portada, el padre revive el dolor por el pasado, y el hijo lo resignifica para construir un futuro de paz. Pero no sabemos esto sino es por la leyenda. No podemos ver los gestos, el rostro, no sabemos nada excepto los bordes, los matices. La propuesta de Franz esboza, desde una postura muy propia lo que Giorgio Agamben ha llamado “la ética del testimonio” (2000), aquella en la que un autor se hace responsable de lo que representa porque revela una verdad desconocida–lo que ha sucedido en Uchuraccay después del asesinato de los 8 periodistas hasta ahora– así como la de fundar nuevas posibilidades de representación, como en este caso es la de los reflejos, la de las imágenes metafóricas.

Quiero terminar mi lectura sobre este ensayo aludiendo al subtítulo, en cursivas, del libro. Este es el apellido del fotógrafo. Incluirlo marca “ese” Uchuraccay del que nos va a hablar en sus fotos, el suyo, el que él ha observado y del que parte las nuevas posibilidades de representación. Así las cosas, considero que este libro presenta un discurso potente y complejo, uno que, en palabras de Hayden White, nos dice “lo que pasó”, pero además, “cómo se sintió aquello que pasó” (2010: 206), aunque con un matiz: eso que pasó trasciende para situarse en un ahora. En un “hoy” que se ha enriquecido por una propuesta única en su sutileza que insiste en multiplicar las preguntas.

 

Bibliografía

Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. (Homo sacer III). Traducción de Antonio Gimeno Cupisnera. Valencia: Pretextos, 2000         

Montalbetti, Mario. “El significado ya no es lo que era antes”. En Arete. Revista de Filosofía. XVII, 2. Lima: 2005 (295 – 311) 

Vargas Llosa, Mario. “Informe sobre Uchuraccay”. En Contra viento y marea. Lima: Peisa, 1990.

Vich, Víctor. Poéticas del duelo: ensayos sobre arte, memoria y violencia en el Perú. Lima: IEP, Instituto de Estudios Peruanos: 2015.

White, Hayden. Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica. Buenos Aires: Prometeolibros, 2010.

Comentarios (1)

Fantásticas líneas sobre el

Fantásticas líneas sobre el maravilloso trabajo del fotógrafo Franz Krajnik, pero adicionalmente es un texto en el cual se aborda la reflexión en torno a la imagen en general y a la fotografía en particular.

Andrea Cabel nos invita aquí a repensar sobre el hecho fotográfico, sobre los significados de las imágenes, sobre el mito mal entendido de que una imagen vale más que mil palabras, sobre el discurso documental, en fin sobre una serie de aspectos que incluso la gran mayoría de los fotógrafos nunca han reflexionado. Ojalá que en futuros encuentros, congresos, simposios, seminarios o modalidades similares que se realicen en el Perú sobre fotografía, se pueda discutir este tipo de temática en lugar de centrarse casi exclusivamente en tecnología, técnica y visionado casi egocéntrico del portafolio de cada ponente.

En lo personal, aprovecho la oportunidad para manifestar mis felicitaciones a Franz Krajnik por su fantástico libro y la manera en la que abordó este trabajo documental, de manera tan personal y novedosa a su vez.

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