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Humanizando al enemigo

Enviado el 10/09/2017

Foto: Útero.Pe

El 25 aniversario de la captura de Abimael Guzmán, líder del grupo terrorista Sendero Luminoso así como el cumplimiento de la sentencia de Maritza Garrido Lecca, ha traído consigo una serie de reportajes y entrevistas a conocidos senderistas, como la misma Garrido Lecca en Somos, Osmán Morote en Caretas, una nueva biografía de Guzmán por Umberto Jara y un libro de Antonio Zapata sobre Elena Iparraguirre. Algunas de las reacciones frente a estas publicaciones han sido, a mi entender, desproporcionadas y alarmistas, y si bien es sencillo desmontarlas, sugieren que un cuarto de siglo después de la debacle de Sendero, aún no procesamos ese periodo del pasado, y que es convenientemente alimentado para obtener beneficios políticos.

Se trata de una situación por la que países que sufrieron violencia a gran escala tuvieron que lidiar en algún momento. Una de las formas en que ello se dio fue a través del cine y la televisión, con series y películas sobre periodos y personajes que parecían intocables. En Alemania la película La caída (Der Untergang) incluyó la perturbadora interpretación de Bruno Ganz como Hitler, al representarlo como un ser disminuido y paranoico que creía que podía ganar la guerra desde su búnker. Algo similar ocurrió en Colombia, cuando la serie El Patrón del Mal recreó la vida de Pablo Escobar y sus secuaces. Parra logró crear un Escobar convincente, un megalomaníaco de fe inquebrantable en los santos locales y devoción a su familia, y que arrastró a Medellín y al país en un baño de sangre.

No es que en Perú no hubiese ocurrido algo similar, pero se dio desde un ángulo distinto: las memorias de quienes habían tenido vínculo directo con Sendero, ya sea como un ex-miembro del mismo (Lurgio Gavilán con Memorias de un soldado desconocido) o como familiar de mandos medios (Jose Carlos Agüero con Los rendidos). Textos y documentos escritos por altos dirigentes de Sendero y el MRTA se sumaron a la información de primera mano sobre dichas organizaciones. Estos nuevos textos son sin duda un aporte, pero hace falta procesarlos y situarlos dentro de una narrativa mayor de modo que permita comprender la dinámica de dichos grupos y a sus integrantes. De hecho, aún me sorprende lo poco que se ha escrito sobre Guzmán con información nueva, a diferencia de Augusta La Torre (a) Camarada Norah, sobre quien Jaymie Patricia Heilman ha rastreado brillantemente su trayectoria política y familiar. Como lo sugiere el artículo de Heilman, es necesario buscar otras formas de reconstruir las vidas de los integrantes de Sendero.

Insertar a estos personajes –hoy derrotados y condenados por la justicia– en su contexto no los exime, por supuesto, de las responsabilidades que tuvieron al declarar la guerra al Estado y con ello a los ciudadanos. Maritza Garrido Lecca pudo haber sido una excelente bailarina, pero fue clave en permitir que Guzmán coordinara desde Lima los atentados. Iparraguirre pudo haber sido una destacada profesora y devota religiosa que decidió –en su distorsionada visión del mundo– luchar contra la injusticia, pero al hacerlo contribuyó a la ola de violencia que arrasó al país por más de una década. Humanizarlas, insisto, no hace a estas personas menos violentas ni dignas de lástima, pero sí abre la oportunidad para nosotros de saber qué tan preparados –los ciudadanos, los medios y las autoridades– estamos de revisar el periodo de violencia política, comprenderlo y tomar las medidas necesarias para que no vuelva a ocurrir.

La humanización de Guzmán a través de la emisión del video donde aparece bailando Zorba el griego, fue clave para el desarme de Sendero a través del fin del mito del Camarada Gonzalo. Por mucho tiempo, muy pocos sabían sobre el paradero de Guzmán o tenían información sobre él. La policía guardaba algunas fotos de archivo de arrestos previos mientras el imaginario senderista lo representaba rejuvenecido y como un Mao redivivo en la propaganda y las banderolas que ondeaban durante las ceremonias de reclusas en los penales. Mientras Gonzalo permanecía escondido en algún lugar del país preparando la siguiente fase de la guerra, Guzmán aparecía ebrio y bailando en señal abierta. Gonzalo era la cuarta espada, la continuación de Mao. Guzmán era un ser común y corriente, que gustaba de los boleros y el alcohol. Más importante aún, tanto Gonzalo como Guzmán estaban vivos, y eran vulnerables.

Es importante que haya más investigaciones y reportajes como los mencionados anteriormente, con nuevas fuentes y preparados por profesionales, de modo que se evite el sensacionalismo y la “investigación” inmediata y facilista. Mantener en la sombra a quienes iniciaron la violencia –así como a quienes desde el otro lado respondieron con más violencia– puede que nos haga sentir más cómodos. Después de todo, siempre es mejor imaginar al enemigo como alguien distinto de nosotros, lejano, incapaz de compartir nuestros gustos, nuestros hábitos, nuestras creencias. De ahí lo frustrante y desorientador que debe ser darnos cuenta que, en cierta forma, este puede ser una personas común y corriente, pero que eligió la violencia para imponer sus ideas, sin importarle causar el máximo daño a quienes pensaban distinto.
 

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