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Monólogo de León viendo ganar a Chávez

Enviado el 10/10/2012

Carlos León Moya

¡Diez por ciento, coño! ¡Un millón de votos! Lancé un grito contenido y moví mi puño como si celebrara un gol. Cuatro rubias voltearon a ver a ese demente de la mesa del fondo que hace gestos en silencio. Sifrinas, pensé. No sabían que estaba viendo Globovisión, que veía a Tibisay Lucena más guapa que nunca, que Chávez había sido reelecto –ñaja ñaja-, que el orden de mis transitivas preferencias ponía al negro por encima de sus atropellos con tractor a la democracia liberal y a su propia Constitución, que en esos sublimes segundos nada más importaba, que se chupen el mango los medios nacionales que pintaban ya a Capriles celebrando desde Altamira a Capitolio, que ahora nadie sensato podría reclamar fraude, que en esos sublimes segundos mi garganta pedía un sorbo de ron y mi cuerpo quería estar en el balcón del pueblo. Otros, mientras tanto, digerían con amargura el polvo de una nueva derrota que no sabían explicar.

Pasado el ron y tras muchos pucheros a la vista, ¿qué puedo escribir yo sobre Venezuela? No creo que sea de interés mis simpatías y celebraciones fugaces. Tampoco me interesa ser parte de un gran debate local sobre Chávez y su gobierno, para qué. Sí me llama la atención que organizaciones y personas de la izquierda local hayan tenido una respuesta tan disímil y desorganizada al respecto. Y dentro de ellas me siento desamparado: sin la distancia de quienes critican su autoritarismo y dan una velada sonrisa a la oposición, pero sin la incondicionalidad de quienes justifican todo atropello a nombre de un “proceso”. A medio camino entre los míos, extraño como una higuera en un campo de golf.

Los partidos o alianzas dan las respuestas y planteamientos más aburridos y vacíos: desde los saludos protocolares del Partido Socialista hasta la insufrible reverencia de manual de Patria Roja. El debate en la izquierda es inexistente salvo en las más altas instancias y en los términos más simples: damos o no un comunicado de apoyo que a nadie le interesa. Temas de fondo que dejan en Venezuela (lo que consideramos valioso en política social o materia económica y lo que vemos como desastroso en esa y otras áreas) quedan así para las conversaciones informales, en mesas que no pasan de la decena de sillas. En el fondo esto es entendible: las relaciones políticas con otras organizaciones no son para magullarlas porque sí. Si el PT brasilero no lo hace, menos nuestros minúsculos pares presentes en el Foro de Sao Paulo. Resultado: pronunciamientos oficiales llenos de aire y sin utilidad.

Son entonces los individuos quienes, por su cuenta y de forma inorgánica, manifiestan sus dudas e incomodidades. Venezuela no puede ser así, el socialismo y la democracia no pueden estar enfrentados, Chávez no puede manejar el país de esa forma y nosotros dar nuestro apoyo acrítico. Sin el peso de una organización tras sí, es más fácil dar puntos de vista así. A fin de cuentas, el costo es menor y el resultado inmediato. El problema es que al final lo último termina siendo tan estéril como lo primero en términos de resultados. ¿Cambiamos así las percepciones en las algunas cúpulas dirigenciales, llegaremos a los compañeros de base, muchos de los cuales están preocupados por cosas más inmediatas?

Convencido estoy que los atentados contra los derechos civiles y políticos (parte de la democracia liberal) no son ni deben tomarse como un avance del socialismo. Tampoco deberíamos justificar esos y otros hechos (centralización de poder, alta corrupción, lógica militar a la hora de la conducción política, ineficiencia en el gasto público, clientelismo, uso particular de los recursos públicos, ausencia de balances de poder) como “parte del proceso”, eufemismo que más que una mentira piadosa es una cruel bipolaridad.

Pero también la política militante tiene otra lógica que el periodismo y la academia. Primero por la carga de subjetividad y necesidad de persuasión de la primera, y también porque uno tiene –a fin de cuentas- que escoger entre opciones, con sus pasivos y activos. Y Chávez no competía solo: tenía al frente unos contendores, un candidato de una oposición que deja muchas veces más dudas que certezas. Capriles se ponía por encima de una oposición variopinta y con tendencias muchas veces centrípetas, en la que su talante calmado contrasta –por ejemplo- con los gritos ultramontanos de María Corina Machado. A algunos los convence. A mí no. Tampoco su base de apoyo. Eso no quita que haya conocido gente inteligente, honesta y proba en la oposición, cuya oposición a Chávez me pareció principista y en absoluto interesada (no, no son vendepatrias). Pero también encontré gente así en el chavismo, que hacían lo que podían por intentar lograr mayores conquistas mientras veían con espanto como parte del régimen caía en una corrupción difícil de controlar cuando hay mucho dinero y poco control, como señalaban con el dedo a varios altos funcionarios que usan polos rojos y repiten lo que dice Chávez solo porque les conviene a su futuro inmediato. Hay de ambos, y si esto fuera un ejercicio individual bastaría con señalarlo. Pero también se elige.

¿Apoyas a Chávez?, me preguntan. ¡Naturalmente!, respondo. Si apoyo a Cuba, ¿cómo no hacerlo con Venezuela, si hasta tienen internet? Aunque a veces me voy un poquito en caldo y le guiño un ojito a China, que siguen su camino al socialismo, o si no que igual van a conquistar el mundo dentro de poco, fuiste imperialismo, o me pongo nostálgico con Vietnam pero el recuerdo de Ho Chi Mihn se me confunde con el Do Moi, la propiedad privada y el arroz, y hasta mastico arena y me siento empujado a gritar ¡Intervención Extranjera! cuando me hablan de Siria o Libia o cualquier otro país de oriente del que nada entiendo.

A veces releo a Berlín en la soledad de mi mesa de café, en la esquina del Starbucks de mi zona, y cierta melancolía crece en silencio. A veces siento que Popper aparece tras mi galleta de avena y me escupe, que Raymond Aron me tira una pasa al ojo. Toda mi Escuela de Frankfurt naufraga en mi café, me viene el huayco, se me confunden los cables, Horkheimer se ríe, Furet se cuela, Hirschman queda mudo, mi Macbook adquiere vida propia, se abre el youtube, le borran las memorias al gordo Lanata, eso ya es demasiado, qué hago, sudo frío, la realidad me gana, jamás entendí a Merleau-Ponty (aunque tampoco a Sinesio y menos a Adrianzén), nunca tan cerca arremetió lo lejos, qué difícil es ser un comunista liberal. Paro. Pongo la tapa a mi vaso de Mocha venti que se ve coquetísimo junto al final de tus dedos lívidos. No hay más humo, levanto la mirada, te veo guapa, todo va a estar bien. Qué hago cuestionándome. De vuelta al teclado.

Y en las elecciones también están las preferencias. Aquel que prefiera una economía relativamente abierta y con un Estado que garantice libertades estará en contra de Chávez. Aquellos que no supeditan lo político a lo económico podrían también estarlo. Más allá de lo que ocurre en Venezuela, ¿cuál es realmente nuestra escala de preferencias en la izquierda? Seguramente no hay solo una, pero al menos transparentémosla. En mi caso, mis apoyos no se basan en una escala autoritarismo – democracia. De ser así, tendría que renegar de Cuba y no lo hago, acaso más por un sedimento emocional que por una real convicción política. No soy liberal, y tampoco socialdemócrata. Pero los derechos civiles y políticos tampoco deberían ser un comodín que utilizamos a preferencia. No me siento identificado con la parquedad del modelo brasilero –peor aún con lo que fue la Concertación chilena, cuyos cambios fueron cosméticos-, pero sé que Cuba es un modelo insostenible y Venezuela es uno irreplicable que no nos sirve como espejo.

¿Qué queda entonces por discutir?

En esa línea, decir que la elección de Chávez “fortalecerá la democracia” es falso si entendemos como ésta únicamente una serie de libertades (concepción con la que discrepo). Todo hace indicar que Chávez seguirá el mismo camino, o lo radicalizará. Eso fue lo que prometió, y si algo sabemos de Chávez en estos catorce años es que cumple lo que anuncia.

Chávez no es un “salto al vacío” porque sabemos a dónde va. Tenemos conocimiento de lo que ha hecho bien, cosas que la gran prensa oculta y tergiversa de forma alucinante, pero también de lo mucho que se ha hecho mal, y que posiblemente continúe. Para mí el meollo está en discutir con sinceridad lo segundo. El apoyo popular es importante, pero no lo es todo. Chávez marca una división de clase muy fuerte y eso puede ser muy sugerente para alguien de izquierda, pero no es suficiente.

La relación con la prensa también es un punto importante. Es indeseable que exista una regulación estatal, dado que la propensión a la censura interesada es inevitable, pero también es cierto que la autorregulación es una leyenda urbana. Los medios en Venezuela tuvieron además un papel importante en –chan chan- un Golpe de Estado en alianza con –chan chan chan- los grandes empresarios y una poderosa tecnocracia. Eran estos poderes fácticos –nadie los eligió- quienes manejaron la agenda opositora venezolana durante los primeros años de Chávez. Sí, fue hace mucho, pero tampoco son el coro de ángeles democráticos por la que nuestra prensa trata de hacerlos pasar desde 1999. ¿O muchos acá no aplaudieron ese golpe?

Además, ¿los medios estatales están para informar o para hacer propaganda? En Venezuela hay más de lo segundo que de lo primero, pero en Globovisión uno aprecia lo mismo (aunque acá pasan como la Vírgen María de la libertad de expresión). El tema es ¿qué hacer con la prensa aquí? Es un debate abandonado, dejado bajo ese muro de hormigón que alguna vez fue el plan de Humala. Su manejo de la información dista de la objetividad. La prensa escrita nacional pintaba una imagen nefasta del futuro político de Chávez, confundiendo sus deseos con la realidad. Cabe mencionar que Aldo Mariátegui, con las antipatías que pueda generar, fue el más realista y sincero de todos: no le gustaba Chávez, pero todo le hacía indicar que ganaba. Otros no hicieron eso.

Para cerrar un monólogo circular, aún con todo eso, me sentí contento con la victoria de Chávez. En presente: me siento contento. Pero no aliviado. Tampoco satisfecho. A fin de cuentas, mi preferencia o celebración lejana en nada cambia lo que ocurra en Venezuela, tampoco pequeñas marchas de apoyo o nuestros comentarios virtuales. Sí me queda la duda de qué buscamos en el Perú, también de cómo procesamos nuestras diferencias con partidos y alianzas tan lentos y con tantas ataduras a la hora de pensar. ¿Los partidos van hacia los individuos o los individuos van hacia los partidos? ¿Será el espacio de debate el twitter o el facebook de los individuos, prueba máxima de nuestra atomización? Chávez no se va, pero la duda me queda.

 

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