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¿Desde cuándo hay pishtacos en los Andes?

Enviado el 11/01/2017

Foto: Publicaciones La Republica.

 

Sabemos de relatos de pishtacos, y en el Sur peruano de nacajs (Ayacucho) o ñacajs (Cuzco), desde por lo menos la década de 1950.  Estos relatos presentan una terrorífica creencia rural andina en malignos seres sobrenaturales, de extraño aspecto foráneo, que degüellan a sus víctimas indígenas para extraerles la grasa del cuerpo.  Este fluido del cuerpo humano, cuya abundancia es vista en muchas sociedades tradicionales como expresión de prosperidad y buena salud, es vendido fuera del mundo rural.  En distintas versiones de estos relatos su uso va desde la fabricación de campanas hasta su venta fuera del país, para hacer posibles procesos tecnológicos complejos en fábricas de países industrializados.

Como explicaron los investigadores Jan Szeminski y Juan Ansión, en un artículo titulado “Dioses y hombres de Huamanga” publicado en la 1982 revista Allpanchis Phuturinqa, estas narraciones expresan una absoluta falta de reciprocidad entre las personas y estos seres malignos: los nacajs o pishtacos toman todo de las personas, sus vidas inclusive, sin dar nada a cambio.  Se ha interpretado, por ello, que estos relatos expresarían metafóricamente las relaciones de explotación globales que padecen los campesinos andinos, como uno de los últimos eslabones en la cadena de interacciones sociales y económicas entre el campo, la ciudad y los mercados internacionales.

Si los relatos recogidos etnográficamente tienen unos 65 a 70 años de antigüedad, ¿qué tanto antes pudieron aparecer estos personajes?  ¿Desde cuándo hay registrados datos sobre pishtacos y nacajs en los Andes?

Los estudios pioneros de Efraín MoroteBest [1921-1991] señalaban que a finales del siglo XIX se había mencionado a los nacajs en una narración literaria, utilizado como fuente una crónica colonial publicada en 1723.  Esta narración pertenece al gran escritor peruano Ricardo Palma [1833-1919] y, como puede sospecharse, corresponde a una de sus famosas Tradiciones peruanas.  El relato de Palma se titula “Los Barbones” y fue publicado en Ropa vieja (7ma serie de sus Tradiciones), publicada en 1889.  Copiamos a continuación las partes más relevantes.

*          *          *

“De todas las órdenes monásticas y religiosas que pueblan la cristiandad, sólo la de los Belethmitas o Barbones puede considerarse como originaria de América […].

Los belethmitas usaban capa y una túnica de paño buriel o pardo con una cruz azul, ceñidor de correa y sandalias, siéndoles prohibido montar a caballo.  La cruz azul se cambió después por un escudo representando la natividad de Cristo.

La circunstancia de usar la barba larga dio pie para que el pueblo los bautizase con el nombre de los barbones, nombre que hoy conserva el convento que habitaron, y que desde hace cuarenta años [ca.1850] es cuartel de caballería” (secc. I).

“En 1671 vino a Lima fray Rodrigo de la Cruz, y patrocinado por el virrey conde de Lemus [sic: Lemos], procedió a la fundación del hospital, fundación aprobada después por Roma en bula de 3 de noviembre de 1674 […].  Después de las de Lima y Cuzco, fray Rodrigo hizo una fundación en Chachapoyas, la cual se suprimió en 1721.  Casi a la vez que ésta realizó las de Cajamarca, Piura, Trujillo y Huanta […]” (secc. II-III).

“En sus mejores tiempos, los belethmitas peruanos asistían en el hospital del Refugio o de Incurables hasta a cincuenta infelices al cargo de ocho religiosos, y en la casa grande de Barbones hubo ocasión en que cuarenta hermanos atendieron a ciento sesenta enfermos.  Y en el Cuzco, donde la enfermería tuvo capacidad para admitir hasta ciento veinte tarimas, llegaron a veintiocho los conventuales” (secc. IV).

“A los indios del Cuzco les hizo creer algún bellaco que los belethmitas degollaban a los enfermos para sacarles las enjundias y hacer manteca para las boticas de Su Majestad (sic).  Así, cuando encontraban en la calle a un belethmita, le gritaban ¡Naca! ¡Naca! (degolladores o verdugos), lo colmaban de injurias, le tiraban piedras, y aun sucedió que por equivocación mataran a un religioso de otra orden.

Fray Rodrigo [de la Cruz] fue en cierta ocasión a un pueblo situado a cinco leguas del Cuzco.  Al pasar por una calle, un indio albañil empezó a gritar:

-¡Maten a ese naca!

Y al lanzar una piedra, resbalose del andamio o pared y se descalabró.

Con este trágico acontecimiento empezó el pueblo a mirar con aire de supersticioso temor a los hospitalarios, y fue preciso otro suceso casi idéntico, para que el temor se cambiase en respeto y aun en cariño popular por los belethmitas.

Aconteció que unas hembras de esas de patente sucia iban por la calle en compañía de unos mozos tarambanas, echando por esas bocas sapos, lagartos y culebrones, cuando acertaron o desacertaron a pasar dos belethmitas.

-Cállate, mujer -dijo uno de los calaveras-, y deja pasar a estos santos.

-¡Qué santos ni qué droga! -contestó la moza-.  ¡Bonita soy yo para cuidarme de estos perros nacas!

Y no habló más; porque se le torció la boca, y rostrituerta habría quedado para siempre si los nacas no hubieran hecho el milagro de curarla” (sec. IV).

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La narración de Palma, basada en la propia crónica de la Orden de los Betlemitas de 1723, proporciona la referencia más antigua sobre estos personajes malignos.  A inicios del siglo XVIII, el uso dado a la grasa humana extraída de los campesinos indígenas andinos sería la fabricación de medicinas para curar a los españoles.

¿Qué relación puede haber entre la grasa humana y la medicina en el época colonial?  El propio Efraín Morote identificó algunas referencias provenientes de cronistas de la época de la conquista de América, escritas en los siglos XVI y XVII.  Allí se registra la práctica común entre los españoles de utilizar aceite para cauterizar las heridas.  En casos extremos, cuando faltaba este producto, los conquistadores utilizaban otro tipo de grasa.

Así, el cronista Antonio de Herrera, al relatar la fallida expedición de Hernando de Soto a la Florida, menciona uno de estos casos extremos, ocurrido en 1543: “hirieron a vn soldado llamado San Iurgo Gallego […] le cortaron la flecha, y le dexaron a beneficio de su cura: porque con azeite, lana, y ensalmo auia hecho muchas admirables en esta jornada, y despues que se perdio el azeite en la batalla de Mauila, no auia curado, ni a si mismo, aunq[ue] auia tenido dos heridas, creyendo, que la cura no era de prouecho sin azeite y lana suzia […] en lugar del azeite tomó vnto de puerco, y de la lana hilada de vna manta vieja de Indios, porque ya no auia entre los Castellanos camisa, ni cosa de lienço, y el quarto dia estuuo sano” (Historia general, vol. 3, 1615; Década VII, Lib. VII, Cap. IIII [IV], p. 173).

Sin embargo, hubo otros casos más extremos aun, en los que la grasa o unto para reemplazar el aceite fue tomada por los españoles de los cuerpos de guerreros indígenas muertos en batalla.  Así lo registra el mismo cronista Herrera en la zona de Panamá en 1515: “Quedaron setenta Castellanos muertos, y los ochenta que escaparon viuos, tan maltratados, que tenian algunos tres, quatro, y algunos onze baras metidas en los cuerpos.  Puso muy gran diligencia Gonçalo de Badajoz, en curar los heridos, porque cosio las llagas con hilo de bramante, y con el vnto de los Indios muertos se las quemaua en lugar de azeyte, y con las propias camisas hazian vendas para ligarlas, y desta manera sanaron muchos que casi toda la esperança de viuir tenian perdida” (Historia general, vol. 1, 1601; Década II, Lib. II, Cap. I, p. 31).

¿Hicieron algo parecido los conquistadores españoles en los Andes a partir de 1532?  ¿Proviene de ésta práctica médica europea de la época del Renacimiento la creencia en pishtacos y nacajs?  Trataremos de responder a estas interrogantes próximamente.

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