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Reconstrucción: lecciones del pasado

Enviado el 11/04/2017

La situación de emergencia ocurrida mayormente en el norte del país pone de manifiesto una vez más la improvisación y la escasa visión que, desde siempre, los gobernantes republicanos han mostrado respecto a la diversificación de las potencialidades de nuestro desarrollo y su desconocimiento sobre el comportamiento de la diversidad de ecosistemas. No se debería culpar a la naturaleza y denominar desgracias naturales a lo que, principalmente, es resultado de numerosas intervenciones humanas que han degradado y destruido recursos naturales, alterando negativamente la calidad y cantidad de los bienes y servicios que debieran servir a las personas de manera equitativa. A ello hay que sumar el proceso de crecimiento urbano carente de planificación, ante la complacencia, desidia, irresponsabilidad y corrupción que, en mayor o menor medida, han sido un común denominador en las acciones de los gobernantes y empresarios, más la escasa conciencia ciudadana que se pone de manifiesto en la mayoría de sucesos cotidianos.

Lo que ha ocurrido en estas últimas semanas en el país[1], a diferencia de anteriores hechos similares, ha generado una mayor reflexión sobre la reconstrucción como una oportunidad para pensar en la planificación urbana, considerando una relación de respeto y convivencia armónica entre ser humano y naturaleza, además de entender que se requiere contar con proyectos más allá del corto plazo. Todo esto implicará una nueva ética de desarrollo, revisiones de políticas, ajuste de normas, y un mayor control y diálogo sobre la gestión pública, la inversión privada y las prácticas culturales de la población.

Mucho de lo que hay que hacer no requiere mayor innovación tecnológica. Los fenómenos naturales han estado presentes desde siempre en el territorio y han afectado la vida de diversas sociedades. Según Ari Caramanica, arqueóloga de la Universidad de Harvard, la presencia de El Niño en la costa norte tiene más de 15 mil años y los estudios indican el incremento de la frecuencia hace unos 7 mil años[2]. Ya en esos tiempos, señala la estudiosa, las poblaciones supieron adaptarse a esos fenómenos (ocupaciones estacionales, reubicaciones oportunas, aprovechamiento de las lluvias). Igualmente, como señala la geóloga Ana Cecilia Mauricio, en varios casos se aprovechó de los fenómenos para ampliar la frontera agrícola y consolidar el dominio y poder de los gobernantes de entonces, como ocurrió con la cultura Lima, en el año 600 de NE. Lejos de ser un factor de destrucción, el fenómeno de El Niño permitió la formación de humedales y lagunas, y enriqueció suelos con sedimentos que contribuyeron al crecimiento de vegetación. Un aporte aún más importante fue la recarga de los acuíferos, esenciales para las estrategias de sobrevivencia de las poblaciones en los valles costeros y para garantizar la dinámica productiva y los procesos de sedentarización, como se dio en Caral, Huaca Prieta, entre otras importantes sociedades, hace unos 5 mil años[3].

Pero estos fenómenos naturales conllevaron también efectos negativos, no siempre predecibles para las sociedades antiguas. Los cambios generados en el clima, la geografía y en el comportamiento de los ecosistemas, afectaron a las poblaciones, muchas veces de manera tan severa que devino en la destrucción de importantes asentamientos, migraciones forzadas y hasta el colapso de sociedades enteras, como el caso de los Mochicas. Cabe resaltar el análisis que hace el doctor Luis Jaime Castillo[4], quien precisa que más allá del papel devastador de determinados fenómenos o comportamientos climáticos, la causa mayor de estos colapsos fue la incapacidad de sus sistemas político-administrativos para reaccionar oportunamente frente a los eventos presentados[5], deviniendo en nuevas formaciones sociales (Lambayeque, Chimú). Situaciones similares son las que, con posterioridad, se han venido dando en nuestras modernas sociedades, más incapaces aun de encarar esos eventos y aprovecharlos o prevenirlos oportunamente. Más grave aún, sin aprender de las experiencias, realidades y lecciones del pasado.

Cabe señalar que el actual fenómeno climatológico tiene características diferentes a las de El Niño (por eso se le ha llamado “Niño costero”) y se le ha relacionado con los efectos del cambio. Si esto se confirma, es probable que este tipo de fenómenos sean más frecuentes e intensos, asumiendo que el cambio climático es algo prácticamente irreversible, por lo que  el país debe prepararse como sociedad para este nuevo escenario global. Como prioridades se debería empezar por poner en debate el marco legal aprobando una Ley frente al Cambio Climático, que sirva para afrontar en todos los campos este fenómeno global, al igual que una Ley de Ordenamiento Territorial, que contribuya a planificar el desarrollo desde una gestión diversificada y adecuada de los recursos naturales.

Para el campo de la arqueología en la costa de Perú, el tema de los factores climáticos se ha incorporado como un aspecto importante de la investigación moderna. Sería oportuno que otras disciplinas se sumen a estos esfuerzos para conocer más a profundidad los fenómenos naturales, que seguirán actuando, pero esta vez para prevenir efectos destructivos y aprovechar mejor las oportunidades que puedan generarse. Se trata de poner la investigación, la ciencia y la tecnología al servicio de las políticas públicas y de la planificación del desarrollo nacional y local.

La propuesta de reconstrucción que el gobierno peruano se propone impulsar debiera mostrar cuánto estamos superando los errores de las anteriores administraciones y cuánto podemos empezar a actuar como lo hicieron nuestras antiguas poblaciones, incorporando en esa propuesta una visión integral de territorio, urbanismo, ambiente, producción y desarrollo sostenible.

Dejar de culpar a la naturaleza de aquello que concierne a las responsabilidades humanas, organizar la sociedad y la economía desde un ejercicio permanente de adaptación, resiliencia y alerta temprana, frente a eventos naturales que seguirán sucediendo, fortaleciendo la política de prevención y gestión de riesgo de desastres, y modernizando nuestra capacidad de respuesta frente a estos eventos es na tarea clave. Y, sobre todo, dotarnos de una planificación a largo plazo, concertada y ajena a todo acto de corrupción y aprovechamiento político y mercantilista, en el marco de una visión de futuro compartida. El desafío es para todos y todas.

 




[1]
                A pesar que la Autoridad Nacional del Agua, ANA, había ya advertido de esta posible situación desde el año 2015 y reiterado el 2016. Ver Articulo de El Comerico, “Lluvia avisada no mata gente”, por Juan José García, del 22 de marzo del 2017.

[2]                Entrevista en EL Comercio, 30 de noviembre de 2015.

[3]                “El Niño que arrasó Maranga”, Artículo en La República del 2 de abril del 2017.

[4]                “Cómo evitar un colapso”, La República, 2 de abril del 2017

[5]                Un primer colapso se dio en los años 600 d. C., y un segundo y definitivo en los años 850 d. C. 

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Comentario Destacado
Hace poco estuve por Cajamarca luego de algunos años. Nunca habia visto a la ciudad tan fea. Un crecimiento desordenado e improvisado. Cero planificación o si la hubo fue muy mal ejecutado. Ni siquiera el centro histórico se salva ya de esa barbarie. Los patios de las casonas prácticamente han desaparecido. Construcciones de ladrillo sin tarrajear se han apoderado de ellos , tal como es el caso de las casas que rodeaban la plazuela de Belén. Las azoteas han remplazado los techos de teja y ... Leer más >>
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