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La larga espera por la Justicia

Enviado el 12/04/2017

Indignada, molesta, contrariada se mostró Máxima Acuña al oír que la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia anunció que no había resuelto su caso y que señalarían nueva fecha para la lectura de Sentencia. Ella y su familia se habían trasladado desde su lejano Tragadero hasta Lima porque la Corte Suprema los había notificado para escuchar este 12 de abril la sentencia que resolvería el proceso sostenido con Yanacocha. Era importante para ellos hacer el esfuerzo de estar presentes en este acto, “después de tanto tiempo queremos que esto se resuelva, venimos a escuchar nuestra sentencia porque no tenemos miedo, que sepan todos que no nos vamos a correr de la Justicia”.

Tuvieron que dejar su casa, el trabajo diario en la chacra que les sirve para comer, hacer el esfuerzo de varios días de viaje, y dejar incluso a la hija mejor de la familia a punto de dar a luz, para llegar a la cita judicial; después de seis años de este desgastante proceso que ya habían ganado ante las instancias correspondientes y que ahora vuelve a ser revisado, esperaban que por fin se resolviera. La incertidumbre es uno de los estados más angustiantes, así que cualquiera fuere el resultado su deseo era conocerlo.

El agotamiento material y psicológico deviene por inercia para cualquier persona que sobrelleva un proceso judicial, pero qué duda cabe que participar de un litigio en condiciones tan asimétricas y frente a una parte con un evidente poder como en este caso, los expone no solo a mayores desgastes, sino a riesgos y a la abierta posibilidad de la injusticia.

Cuando el Poder Judicial no se desmarca completamente del poder político y el económico como sucede en este país, garantizar justicia es algo que linda con lo utópico. A pesar de su escasa educación los Chaupe han comprendido claramente este fenómeno, y en todos estos años de proceso han asimilado bastante bien que pese a toda la razón que les pueda asistir, un fallo en contra sería perfectamente posible, por eso a estas alturas el resultado en el Poder Judicial no los agobia como antes, “durante este tiempo hemos demostrado públicamente que no somos invasores como dijo la empresa, hemos mostrado nuestros papeles donde se comprueba que pagamos por esa tierra y tenemos un título de posesión”, señalan con cierta tranquilidad; “qué demuestre la empresa que nosotros les vendimos nuestra tierra, que nos pagaron un sol por ella”; “la gente se ha dado cuenta que esto es un abuso que comete la empresa”.

Después de tantos años de un violento conflicto están satisfechos de haber desbaratado las acusaciones de la empresa y de haber evidenciado sus excesos de poder; tácitamente la propia minera ha tenido que reconocer que tienen derechos, el intento desesperado de negociación es una muestra de ello. Pero no ceder a sus presiones, amenazas y violencia, no negociar por dinero lo que es una lucha por derechos y dignidad, es lo que tal vez más valoran en este largo y duro proceso.

En estas condiciones de increíbles y ambiguos ánimos llega la familia a la última etapa de este litigio, a pesar del tufillo de adversidad que presienten, y aun con la fuerte sensación de impotencia y de agobio, de maltrato y cansancio, no dejan de sorprender en sus sencillas y profundas reflexiones, “si la ley no nos da la razón, la Justicia sí lo hará” “pese a cualquier resultado, seguiremos luchando”.

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