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La fujimorización de la política en el Perú

Enviado el 12/04/2017

Introducción

“Soy el arquitecto de la democracia moderna”
Alberto Fujimori

Domingo, día de elecciones. 4 de la tarde, ¡Flash! electoral y “Keiko no va”, mejor dicho no fue. Todavía recuerdo el alivio que recorrió mi alma aquella tarde; de cómo pasé mi mano por la frente para sacudir el frío sudor que me provocaban los nervios; de cómo tomé el control remoto para recostarme sobre el sofá y decirme:. “ahora sí, puedo disfrutar con soltura los partidos de la Copa América” que por esos días tenía lugar en el país del norte.

Empero, mi alivio por el triunfo de “Keiko no va”, por momentos se tornaba agrío, pues como se suele decir, “no se vale sufrir hasta el último minuto”. La pregunta es: ¿por qué tenía que ser así?, ¿por qué tuvimos que sufrir tanto?, o más bien, ¿qué estaría pasando en el país? Porque algo debe estar pasando. Solo así se explicaría aquel sufrimiento y, claro, el altísimo respaldo electoral de la representante del fujimorismo. Recuérdese que en primera vuelta, superó el 40 % de los votos y sus voceros comenzaron a presagiar: "Todavía no se sabe [si PPK fue elegido presidente], hay que esperar. Por lo menos el Congreso ya sabemos de quién es, entonces vamos a esperar con calma, con tranquilidad. Vamos a esperar tranquilos" (Pedro Spadaro)

Ciertamente, la popularidad de Keiko me parecía exagerada. No hace mucho nomás pensábamos del Fujimorismo en tiempo pasado, sin embargo no fue así. Muchos arguyeron que la supervivencia del fujimorismo y su casi retorno a Palacio se debe al intenso trabajo político desplegado por Keiko Fujimori en todos estos años. Sin embargo, pienso que no es así. En mi concepto, la popularidad de Keiko y del fujimorismo va más allá de la candidatura y del posible trabajo político desplegado por Keiko Fujimori. Tiene que ver más bien con lo que Carmen McEvoy ha llamado el ‘modelo cultural’ patentado por el Fujimorismo a lo largo de la década del noventa y que luego de recuperada la democracia ni los políticos ni nosotros mismos como sociedad supimos ni pudimos superar. A todo ello, se suman los “nuevos tiempos” que vivimos, en el que tanto la democracia como la institucionalidad aparecen ciertamente incompatibles. Más bien, el pragmatismo, la corrupción y el autoritarismo, han devenido en algo así como en la cultura política de nuestro del país. Por eso es que el gobierno de PPK no puede ser original. Y no porque haya nacido rehén de los 73 congresistas fujimoristas, o porque no haya recibido la venia de su principal contrincante, Keiko Fujimori, sino porque desde hace 25 años o más, la política en el Perú se ha fujimorizado, digo, social y culturalmente hablando. Veamos cómo:

“¿El Chino ya murió…? o la promesa fallida de la democracia

Permítanme recordar lo que en su momento recogió la periodista Sally Bowen y que luego fuera recordado por Carlos Iván Degregori en su libro “La década de la antipolítica…” (IEP 2000) En realidad se trataba de una anécdota, antecedida acaso de un premonitorio chiste que a la luz de los tiempos se quiere hacer realidad. Aquel chiste, anécdota o premonición, comenzaba con el apoyo de Luz Salgado, entonces Presidenta del Congreso, a la re-reelección del entonces Presidente. Continuaba con el deseo de éste de proclamarse “emperador” para luego nombrar a su hijo Kenyi como su “heredero”; y concluía, con su inevitable muerte, pero también con la momificación de su cuerpo, puesto en el sillón presidencial, y continuar gobernando el país desde el más allá (Bowen 2000: 258, citado por Degregori 2000: 13).

Y en verdad era cuestión de tiempo. La anécdota, el chiste o premonición se hicieron realidad y lo recuerdo clarito; es decir, el día de la caída de Fujimori y de cómo los días siguientes los jóvenes nos movilizamos por las calles creyendo escribir la nueva historia, ser los protagonistas del nuevo tiempo, gritando a voz en cuello “!El Chino ya murió…!”

Y no exagero. El fujimorismo se desmoronaba de a poquitos, pero de manera contundente, casi como cuando se derrumbó Sendero luego de la caída de su líder, de a poquitos también, pero igual de contundente. El “baile del chino”, fondo musical de la campaña re-reeleccionista, comenzó a sonar desabrido. Recordemos que luego de su caída la popularidad de “El Chino”, se redujo a su mínima expresión: 3 o 4 % en el mejor de los casos. En las primeras elecciones presidenciales del “tiempo nuevo”, incluso, no presentó candidatos. ¿Cómo no podíamos ser tan optimistas con tamaño escenario? Claro está que en política no hay muertos, pero en aquel momento y producto de nuestro exagerado entusiasmo, así lo creímos. Más aún, cuando la efigie de “El Chino” levantada en su honor por los propios campesinos de la comunidad de Pacaicasa en Ayacucho, fue derrumbada por ellos mismos al día siguiente de cuando se hizo público en famoso video Kouri-Montesinos. De pronto, “Fujimori” dejó la cima del cerro, para aparecer sobre la tolva de un camión, puesto en una jaula de hierro, vestido con traje a rayas y paseado por toda la ciudad en señal de triunfo. Alberto Fujimori había muerto simbólicamente. Porque mientras Fujimori “moría”, el fujimorismo se transfiguraba. Con el correr de los años y los gobiernos democráticamente elegidos, se volvía omnipresente, devino en espiritual. En realidad el fujimorismo nunca murió, tanto así que Toledo, García y Humala, incluso Valentín Paniagua, para no mencionar a los cientos de congresistas que engrosaron las filas del congreso en todos estos años, se postraban ante él, representado simbólicamente en su Constitución, para jurar sus cargos sin ningún miramiento. En esos momentos, nuestros “demócratas” estaban siendo “precarios” para usar un calificativo acuñado por Dargent, pues lejos de hacer emerger la democracia sobre el cimiento de una nueva Constitución, privilegiaron más bien el modelo económico.

Por lo demás, queda claro que nuestra política es inmensamente emotiva, pues si algo han demostrado las elecciones y la propia política de los nuevos tiempos es que con suma facilidad lindamos entre el entusiasmo y el desencanto. En algún momento se pensó, se creyó que la política podía y debía ser racional; más no puede serlo porque los protagonistas no somos objetos, somos humanos; por tanto, no somos ni podemos ser tan solamente racionales. Mucho de nuestros actos tienen un trasfondo subjetivo y la política no puede ser la excepción. Si en algún momento la democracia nos encandiló, casi en demasía, al final no nos atrapó, no pudimos hacer click. Los gobiernos que siguieron a la dictadura comenzaban sus periodos con ánimos desbordantes y entusiasmos extremos. Al final, todos sin excepción, terminaron sus periodos chamuscados, con roches o anticuchos, o como dijera el “Chavo del Ocho”, “con el rabo entre las piernas”, con una impopularidad y una decepción casi extrema que dice mucho de la promesa fallida de la democracia.

Pragmatismo, corrupción y autoritarismo

En la campaña electoral municipal de 2014, una empresa encuestadora mostró y explicó que la alta popularidad del entonces candidato Luis Castañeda Lossio, a la sazón ex Alcalde de la municipalidad de Lima, se expresaba y explicaba por la frase “roba pero hace obras”. El cinismo de aquella frase pasó piola, pues casi a nadie nos llamó la atención más allá de comentarios cínicos y faranduleros en la prensa. ¿O es que más bien nos hicimos los locos? Lo que queda claro es que, cual marca del posfujimorismo, terminamos rutinizando la corrupción. ¿Quién no ha recurrido a ella?, como en la Bilblia, que tire la primera piedra quien no lo hizo.

Empero, dicen que la corrupción ha sido un problema de siempre (Quiróz 2013). Sin embargo en el Perú la corrupción tuvo un tiempo y espacio definido. Ese tiempo y espacio no fue sino el de la dictadura. Pero también tuvo un rostro, siamésico en este caso y, claro, nombres y apellidos también: “fuji-monte-cinismo”. Desde entonces nos convencimos de que no podíamos vivir al margen de la corrupción. El Estado perdió autoridad como para inculcarnos una vida política transparente. “Roba pero hace obras” terminó siendo la “marca Perú”.

La corrupción sin embargo, no puede explicarse sólo desde la patente fujimorista, mucho tiene que ver también con el mal pragmatismo que impregna nuestras vidas. En otras palabras, tiene que ver mucho con el “tiempo liquido” que vivimos (Bauman 2008), en el cual el sentido “sólido” y “pesado” de las instituciones, fe trocado por lo que el mismo Bauman llama la “modernidad líquida”. En esta forma de modernidad, la vida se torna informe, no se sostiene ni en el tiempo ni en el espacio; por el contrario renunciamos al futuro y más bien nos hemos vuelto inmensamente presentistas. En el lado de la política, el compromiso colectivo, que era el alma del quehacer de la política de antaño, es lo que menos cuenta; más bien el pragmatismo, mal entendido y mal practicado, ha hecho del “individualismo asocial absoluto” (Hobsbawn 1998, 25), el fin supremo de la política. Por eso es que añoramos un gobierno omnipresente, eficaz, pragmático o mejor dicho autoritario, que se salte las reglas y resuelva las cosas en un dos por tres: Wilfredo Oscorima, es tal vez el mejor ejemplo, pero también nosotros mismos, que un tiempo nos adherimos a la campaña “chapa tu choro y déjalo paralítico” o facilistamente volteamos la mirada a los cuarteles para expiar en los militares el problema de la (in) seguridad ciudadana. Todo esto con la anuencia irresponsable de los políticos, que lejos de pensar en la institucionalización de la democracia como la mejor arma, auspician más bien la “mano dura”, los estados de emergencia, los “jueces sin rostro”, aquella propuesta de uno de los congresistas del oficialismo para combatir la corrupción, la colocación de cámaras escondidas o la “cultura del silbato” que según su promotor, un prominente experto de la seguridad ciudadana en Ayacucho, consistiría en caminar por la calles, con un silbato colgando de nuestros cuello para soplarlo en cuanto sintiésemos la amenaza de algún delincuente.

La personalización de la política o la desaparición de los partidos políticos

Gran parte del periodo electoral la pasamos pendientes del Jurado Nacional de Elecciones antes que de los políticos-candidatos. Como nunca o mejor dicho como antes, el ente electoral devino en jugador renunciando a su condición de árbitro, lo que obviamente mina la credibilidad del proceso electoral, pues aunque suene exagerado, basta que un candidato o algunos electores duden de la imparcialidad del Jurado para pensar mal del proceso electoral. Y eso no está bien en un país que luego de la dictadura, se planteó como agenda institucionalizar la democracia. Podemos decir que al menos en cuanto a elecciones se refiere, vamos “de Guatemala a guatepeor”.

Y lo peor, valga la redundancia, es que los propios candidatos esperaban y aspiraban sacar ventaja de esa especie de fujimorización del Jurado Nacional de Elecciones, de modo que dejaron de competir entre ellos, para más bien hacerlo contra el Jurado Nacional de Elecciones. En ese sentido, si algo quedó demostrado en estas últimas elecciones es que “salvo el poder todo es ilusión”, en este caso, incluso la política y la democracia. Pero… ¿a quién le importa, como dice la canción? Todos hablan de democracia y de transparencia, pero todos sabemos que los candidatos en el Perú se eligen a dedo, en muchos casos, bajo el pretexto de los “candidatos invitados”, que se ha convertido de un poderoso argumento que sirve para esconder el problema de la compra y venta de candidatos. ¿Será por eso que, según la ONG Transparencia, de los 130 congresistas electos, 80 de ellos fueron candidatos invitados?, ¿cómo pretendemos instituir la democracia con políticos que no militan en ningún partido? Por eso es que no podemos superar la tara por el cual en el Perú elegimos a personas más no a partidos políticos; y por eso también, estas instituciones que son, según la politología, los pilares de la democracia, han devenido en luciérnagas que aparecen y desaparecen conforme a las circunstancias o de acuerdo a las conveniencias. Ojalá que PPK termine su mandato, pero de lo que sí estoy seguro, en todo caso, es que “Peruanos por el Cambio” no pasará de ser una anécdota más en nuestra historia política, al igual que lo será el Partido Nacionalista. Por su parte el Fujimorismo continuará, pero como ya se viene notando lo hará en medio de un conflicto cuyo epicentro será sin lugar a dudas la cárcel de la DIROES; es decir, entre aquellos fujimoristas cuya razón política no es sino la libertad de Alberto Fujimori, -véase la futura candidatura presidencial de Kenjy Fujimori, a través de Paco Castillo, abogado defensor de su padre y promotor del “Frente Libertad”- y aquellos que quieren hacer del fujimorismo un partido que vaya más allá de la situación legal de su líder. Todo esto, con un elemento adicional, es decir, la avanzada edad de su líder y el problema de su salud. Mientras tanto tal vez aparezca otro mesías en la política, tipo Julio Guzmán, y entonces la historia de la fujimorización de la política continuará. Por lo demás, los partidos políticos están desapareciendo; es más, en muchas de las regiones incluso ya han desaparecido. Por ejemplo, en las elecciones regionales del 2002 en Ayacucho, participaron 13 agrupaciones políticas, de ellas 3 eran movimientos políticos independientes y 10 partidos políticos. En el 2006, la cosa más o menos se equiparó, pues participaron 7 agrupaciones políticas, 3 de ellas eran movimientos políticos independientes y 4 eran partidos políticos. En las elecciones del 2011, la torta comenzó a voltearse pues de 11 agrupaciones políticas participantes 7 eran movimientos políticos independientes y 4 partidos políticos. Y en las elecciones del 2014, la cosa no fue distinta a la del 2011, pues de 12 agrupaciones políticas participantes, 6 de ellos fueron movimientos políticos regionales y los 6 fueron partidos políticos. Podemos decir o pensar que el peso de los partidos políticos todavía sigue siendo fuerte, sin embargo no nos engañemos, pues se trata del problema de la estadística que no nos puede decir nada más allá de lo que dicen las cifras. En otras palabras lo que veo y escucho en la cotidianeidad de la política es que ciertamente los partidos políticos se están extinguiendo.

Pero como dije ¿a quién le importa la política en el Perú?, ¿a quién le importa que las encuestadoras se hayan convertido en los protagonistas de la historia, o que la gran prensa haya devenido en verdaderos campos de batalla en el cual se definen las elecciones? ¿Y los fichajes políticos, los jales en el momento de la conformación del gobierno?, ¿acaso no se parecían al periodo de pases en el mundo del futbol? ¿Sobre qué tema o temas se discute la política en el Perú?, ¿dónde están los sociólogos, los politólogos? Dirán; han sido reemplazados por los opinologos, que de un tiempo a esta parte terminaron farandulizando la política; recuerdo nomás, la entrevista trucha de Víctor Andrés Ponce a Alan García, el saludo de bienvenida, pero en un francés mal intencionado, de Aldo Mariátegui a Verónika Mendoza, o ¿la pregunta? de Mijael Garrido Lecca a la misma candidata, entre otros. Repito, nos hemos fujimorizado, tanto que hemos dejado de hacemos preguntas de fondo. Y, claro, todo esto en medio de la desmemoria, que dicho sea de paso ya no me llama la atención. Recuérdese que a Fujimori le importaban un pepino las referencias históricas; Hernando de Soto lo ha demostrado: Fujimori aborrecía la memoria. Y a la luz de las últimas elecciones y de la política actual, puedo decir con creces que nosotros también.

“Al final de la batalla…” de las posibilidades de la política en Ayacucho

Sin duda en Ayacucho, las elecciones presidenciales no se viven, como se viven las elecciones regionales/locales, es decir, de manera intensa, toda vez que las primeras resultan imprecisas y lejanas para la población. Las elecciones regionales o locales por el contario, son mucho más próximas, lo que hace que la participación de la población sea mucho más activa y protagónica. Pienso que repensar la política desde lo regional o local puede ser un interesante capital que puede bien ayudar al afianzamiento del proceso de descentralización, pero también de la propia legitimación del Estado y la política que como sabemos, fueron agendas planteadas luego de la caída de Fujimori.

Sin embargo, no quiere decir que la política local y regional opere de manera diáfana o librado de polvo y paja, es decir, librada del modelo cultural patentado por el fujimorismo que como hemos visto se sintetizan en el pragmatismo, la corrupción y el autoritarismo. Recordemos que en Ayacucho, tenemos a un ex gobernador regional actualmente preso por temas de corrupción. Y, claro, en el Perú hay un sinnúmero de gobernadores regionales y alcaldes procesados por el mismo delito. Oscorima además, ganó las elecciones regionales del 2010 y del 2014 gracias a un impresionante despliegue electoral basado en su poder económico y consiguientemente a su capacidad de comprar de votos.

Pero si Oscorima ganó las elecciones de la manera más escandalosamente clientelista, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales últimas, Verónika Mendoza y el Frente Amplio ganó en Ayacucho con casi el 60 % de los votos, apelando a lo que ella misma llamó: “hacer política de otra manera”, es decir, una campaña económicamente austera, con una propuesta reivindicativa y una especie de cambios o reformas institucionales.

Queda entonces la pregunta: ¿cómo explicar el triunfo de Verónika Mendoza y el Frente Amplio en Ayacucho, tomando en cuenta la experiencia de las elecciones regionales y locales del 2010 y 2014, en el que, como hemos dicho, el clientelismo fue un asunto clave? Además, hay que tomar en cuenta que la “alta” popularidad de Mendoza y el Frente Amplio, al menos en Ayacucho, fue súbitamente creciente y al mismo tiempo exponencial (de 8 a 12 “gatos” como se dice en enero, a llenar toda una plaza en el cierre de su campaña) Pienso, en primer lugar un asunto de forma que debemos tomar en cuenta; es decir, a estas alturas, una cosa son las elecciones locales y regionales y otra cosa muy distinta son las elecciones nacionales-presidenciales. En el primer caso, lo que se pone en juego son los intereses mucho más próximos e inmediatos a la población. Mientras que en el segundo caso, es decir, las elecciones nacionales-presidenciales hay un asunto mucho más de fondo. Para comenzar, como ya se dijo, mucho de la política y las elecciones en particular tienen que ver con el juego de las emociones y, claro, de las circunstancias también, entre otros, la apuesta por lo “nuevo”, el carisma y la simpatía de la candidata del Frente Amplio, el retiro accidentado de las candidaturas de César Acuña y Julio Guzmán. A todo ello hay que sumar el tema de la representatividad de los candidatos al congreso. Se trata, como en el caso Oscorima, de sectores provincianos, emergentes, antes negados por la clase política y la política en general.

Sin embargo, como sabemos, las emociones no son naturales. Desde siempre, al menos desde el punto de vista electoral, el sur peruano apostó por una especie de” voto de protesta”, yo diría más bien de un voto que busca reconocimiento. Ojo, no se trata de un “voto antisistema” necesariamente, mucho menos de un voto de desconfianza, tal como en su momento sugirió el ex ministro Carranza. Yo creo que el voto que recibió hace un año Verónika Mendoza y el Frente Amplio plantea el tema de reconocimiento. Es decir, reconocer en el Sur y sus procesos sociales, actorías, así como su capacidad de agencia. En el medio, nuevamente, creo que el Frente Amplio eligió bien a sus candidatos al congreso: sus tres candidatos no solo eran “nuevos” en política, sino también provenientes de sectores populares, emergentes, provincianos. Y esto también es otro detalle interesante, es decir, las elecciones regionales y presidenciales no solo han contrapuesto a los huamanguinos versus los provincianos, sino también que estos últimos han ganado. Los primeros, más bien se quedaron atrapados en su nostalgia huamanguina y señorial, de ser ellos los llamados naturalmente a dirigir los destinos de la región. Me estoy refiriendo aquí al ex General Donayre, a Enrique Moya, a Alberto Sánchez, e incluso a Paola Capcha, entre oros.

A manera de conclusión es pertinente comentar: el pasado 5 de Abril, se llevó a cabo en la ciudad de Ica la audiencia judicial en el que se vio el recurso de casación presentado por la defensa del suspendido Gobernador Regional de Ayacucho Wilfredo Oscorima. En la ciudad de Ayacucho nadie se inmutó a excepción de algunos sectores de la prensa que la trataron en calidad de noticia. Lo que quiero decir es que el caso casi a nadie le interesa. Sin embargo, días después de las elecciones regionales últimas en las que Oscorima salió reelegido, el candidato contendor, el ex General Edwin Donayre, seguido por sus partidarios, entre ellos Alberto Morote y Enrique Moya hicieron una movida en la plaza de armas de Ayacucho denunciando fraude e impugnando el hecho de que un hombre como Oscorima haya sido elegido. Contrariamente, el día de la audiencia de la casación de Oscorima nadie hizo bulla en Ayacucho. Realmente hubiese sido interesante ver a estos políticos haciendo otra movida en la plaza de armas. Pero no; por el contario resulta impresionante ver de como mucha gente se muestra esperanzada en que el recurso de casación funcione y entonces Oscorima retorne al gobierno regional. ¿Por qué será? ¿Será porque finalmente, en el posfujimorismo que vivimos, nadie es corrupto si lo somos todos?, o ¿por qué será? 

Comentarios (1)

Vamos tomando nota y

Vamos tomando nota y comentando la extensa lectura:
1) PPK no es rehén de una bancada de 72 congresistas que le ha aprobado el 95% de los 112 DL que solicitó. Repetirr como cotorra que está secuestrado no cambiará la realidad, no lo está.
2) Pensar, como el autor de la nota,"que Sendero o el fujimorismo se desmoronó con la caída de su líder" es reconocer que no sabe de política. Tanto SL como Fujimori representan aspiraciones de sectores populares de cómo se deben resolver sus problemas concretos y cómo se deben gobernar sus destinos. Ninguna alternativa es democrática, lo que indica la real valoración que se tiene de ella.
3) Pragmatismo-corrupción: ¿cuál es la novedad? a lo largo de la historia del Perú este pensamiento simple ha orientado las preferencias de las masas. La gente quiere soluciones hoy a sus problemas, mañana estarán muertos. la corrupción se da en democracia o dictadura. Ejemplo patético: Toledo, García y Ollanta cayendo al encanto del cartel brasilero de construcción con patente ideológico del Foro de Sao Pablo.
4) Los partido dejaron de ser referentes de soluciones colectivas para ser plataforma de individuos desde 1989 con la elección de Ricardo Belmond. Los partidos murieron con la hiperinflación y el avance del terrorismo que puso a la sociedad en jaque. Para la población demostraron ser un fracaso ¿Para qué los necesito?
5)Entiendo que a una persona acusada de lavado de activos del narcotráfico lo quieran de vuelta en el poder regional pues es ejecutivo para tomar decisiones y dar soluciones.

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