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Una lectura de la violencia en la Amazonía: el yacuruna de “Desaparecer” (2017)

Enviado el 13/10/2017

Comienzo por señalar que esta no es –no al menos estrictamente– una crítica de cine. Mi intención es leer en la película temas, momentos, señales, que me permitan pensar y desarrollar algunas ideas sobre temas que me parecen relevantes y actuales, en este caso, sobre la Amazonía peruana.  En Desaparecer (2017), reciente película de  Dorian Fernández-Moris (Cementerio General, Secreto Matusita), el tema principal no es necesariamente lo que nos narra el thriller. Es decir, la trama que se centra en desapariciones, búsquedas y desencuentros a partir de estas. Esto, desde mi lectura, es secundario, y sirve como excusa para hablarnos de otro tema que se superpone: la violencia en la Amazonía como una suerte de monstruo que solo crece y el complejo sistema de relaciones de poder que lo alimenta. En este sistema, enfocamos nuestra atención hacia la representación de los indígenas kukama, ya que es hacia ellos hacia quienes, en principio, se cometería la peor atrocidad que denuncia la película. Nos referimos no a la depredación de los bosques sino a la indiferencia hacia las muertes que suceden día a día, digamos, a la biopolítica de la que nos hablaba Michel Foucault. A dejar morir a algunos como si sus vidas no contaran, como si no importaran tanto.

No obstante, siguiendo la trama, la violencia que reciben es consecuencia de actos en los que algunos de ellos participan y encubren. Con el fin de hablar un poco más de su representación, quisiéramos centrarnos en una figura que aparece desde el comienzo hasta el final de la película como un hilo conector de la representación indígena: el yacuruna. “Yakuruna”, es una palabra quechua que significa “hombre de agua” (“yacu”: agua, y “runa”: hombre). Esta palabra llega hasta la selva en boca de los misioneros religiosos que llegaron a evangelizar a los indígenas. No obstante, en kukama, “yakuruna” (u “hombre de agua”) se dice “karuara”, y significa “gente del río”. Esta “gente de río”[1], protagonista de la mitología kukama, son personas que al caer al río cambian de vida. Digamos, sus pies y su cabeza se voltean, y por estos cambios físicos desechan la opción de regresar a tierra firme. Desde el momento en el que radican bajo el agua y comienzan a habitar las casas de allá abajo, se comunican con sus parientes y seres queridos de tierra firme a través de los sueños.  

Este personaje aparece en la película desde sus inicios como el supuesto culpable de las desapariciones y de las muertes de las diferentes víctimas del pueblo de Nueva Esperanza, la comunidad kukama en la que se centra esta historia.  Más específicamente, en la película, el yakuruna aparece de dos modos: primero, representado en las calles de Iquitos como un producto del sistema capitalista que negocia con el imaginario que se tiene de los indígenas amazónicos. Un sujeto se ha disfrazado de yakuruna, tiene escamas pintadas en el cuerpo, los pies atados a caparazones de tortugas, posa para la foto con los turistas, y digamos, es, a la vista, un producto exotizado que vende una idea de los amazónicos y de la selva misma. La segunda forma en la que “aparece” en la película es a través de una tensión entre ausencia/presencia. Se habla mucho de él, se le menciona en todo momento, aunque estas menciones obedezcan a su ausencia en el pueblo. De otro lado, lo que se ve de él como símbolos de su ausencia/presencia son escamas por aquí, escamas por allá, -supuestamente- restos que deja cuando se lleva a alguien. También su sombra, que lo delata cuando va a atrapar a alguna víctima.

Así, el yacuruna, o la idea que se nos presenta de él, en realidad, es más parecida a la idea de un Leviatán, una bestia escamosa y acuática que rodea un territorio corrupto al cual castiga, si es que alguien incumple las reglas. Tal cual el Leviatán de Thomas Hobbes, este ser escamoso cumple cierta “justicia” al llevarse a los que interrumpen las dinámicas sociales que él mismo ha propuesto. No obstante, la “justicia” que el yacuruna de Desaparecer protege es la de las dinámicas de poder que sostienen la violencia y la corrupción que encubre a una mafia de taladores de palo de rosa. Y son ellos mismos, los indígenas disfrazados grotescamente de yacurunas, los que engañan, raptan y asesinan a los suyos para mantener el miedo y la obediencia de la comunidad. Digamos que este Leviatán amazónico cumple la función de obedecer las reglas de la corrupción de tal modo que quienes intenten desafiarla, mueran en el intento. Así, el misterio en la novela se nos devela por la abuela de Jacky, una anciana de la comunidad que se rebela y que se arriesga a luchar contra el sistema corrupto que conoce, y del que ha sido cómplice. El final es evidente: la abuela, una indígena que lucha contra la corrupción, no puede vencer. Los indígenas que quieren algo distinto, no triunfan, hasta sus propios símbolos les son expropiados por la corrupción: los que los asesinan, los traficantes de palo de rosa, usan sus seres mitológicos para seguirlos asesinando.

El yacuruna funciona como la máscara que se ponen los traficantes, o mejor dicho, los secuaces de estos, algunos indígenas, para obligar a que el resto de la población obedezca a través del miedo. Pero cuando estos secuaces se quitan la máscara –literalmente– y dejan de ser yacurunas, este monstruo se vuelve monstruoso en sí mismo, ya que nos deja ver su verdadero rostro: el de los indígenas tras la máscara. Lacan diría que ese momento de desconcierto y sorpresa produce un contacto con lo “real”, con aquella dimensión que deja de ser representable. En ese momento aparecen las dos frases más potentes de toda la película, justamente de la boca del traidor del pueblo, del asesino interpretado por Fernando Basilio, cito: “¿Crees que es fácil luchar contra la indiferencia? ¿Crees que alguien se va a preocupar por un pueblito de la selva? Así nos enfrentamos a la pobreza y al olvido. (-¿Asesinando gente?) Todo se reduce a matar o a morir”. En su ensayo, “La tradición autoritaria: Violencia y democracia en el Perú” (Lima, 1999), Alberto Flores Galindo señala, con razón, que el Perú es un país en el que “unos son más iguales que otros” (12), un país en el que “predominan las exclusiones” (26), y que Lima, su capital, es una ciudad demasiado grande, habitada por murallas, en la que se busca “evitar la imagen incómoda del pobre” (27). La cita de la película parece parafrasear lo que Flores Galindo señala: la incómoda vinculación entre desigualdad y violencia, la raíz de estas en la indiferencia hacia el Otro, hacia el vulnerable. Así las cosas, el yacuruna es una herramienta –como el Leviatán, finalmente- usada por un grupo de indígenas para que la corrupción siga funcionando.

¿Qué hacer ante la imparable violencia que es, la que finalmente parece regir el futuro de unos sobre otros? Alberto Chirif señala que “las agresiones contra los pueblos indígenas se han multiplicado en los últimos 20 años y se han vuelto cada vez más feroces” (2009: 219). Creemos que el valor de la película radica en darnos la oportunidad de pensar un poco más allá de la trama. Finalmente, es eso lo que se necesita para luchar contra la invisibilidad que denuncian, o, digámoslo de otro modo: para hacer algo contra la indiferencia.

 

Bibliografía

Chirif, Alberto y Cornejo Manuel ed. Imaginario e imágenes de la época del caucho: los sucesos de Putumayo. Lima: Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica, 2009.

Flores Galindo, Alberto. La tradición autoritaria: violencia y democracia en el Perú. Lima: SUR, Casa de Estudios del Socialismo-APRODEH, 1999.

 




[1]
Consultamos sobre los yacurunas a Leonardo Tello, kukama, director de radio Ucamara, y promotor de Karuara: gente del río (2016), libro que recoge mitos del pueblo indígena kukama contados por abuelos, e ilustrados por 350 niños que viven en las orillas y afluentes del río Marañón. Según Leonardo, en la mitología kukama, el karuara o yacuruna, es el protector del río. Entonces esta figura protege al pueblo de la corrupción, por ejemplo, siguiendo el ejemplo que Leonardo me dio. Lo que hace es arañar las orillas para que esa comunidad corrupta se desbarranque: su objetivo es que la madre (el espíritu sobre el que se sostiene esa comunidad, que puede ser una tortuga gigante, una boa o una raya) se mueva, se vaya de ahí. De esa forma, esa comunidad, ensordecida por la corrupción, se desbarrancaría, la madre saldría, y la comunidad estaría obligada a mudarse y a empezar una vida nueva. Así las cosas, el protector del pueblo se distancia mucho del yacuruna de la película y de lo que se promueve en el libro del mismo título. Para Leonardo, reducir al yacuruna a una figura negativa es, por decir lo menos, simplista sobre la visión kukama, en donde este tiene un rol complejo y amplio. Para él, y coincidimos, la película podría mostrar una versión más compleja de este ser, dada su importancia en la cultura kukama.

 

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