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Las buenas intenciones de “lo cholo”

Enviado el 13/10/2017

El discurso de lo cholo puede ser un espectáculo fácil. Este discurso no aspira a una agencia política, ni a configurarla ni a reforzarla, sino que finalmente busca un diálogo con la nación. El discurso del cholo busca seguir siendo peruano como parte de una geografía nacional. No tiene la búsqueda de autodeterminación o soberanía territorial. Decir “soy cholo”, autoproclamarse como tal, resulta una herramienta que no remueve cimientos, tal como la mimesis indígena desde la academia.

Lo que sí da cuenta el discurso de lo cholo son dos aspectos. El primero. Discute un problema racial, pero siempre desde el marco de la inclusión, no pidiendo cambiar reglas del juego sino proponiendo tolerancia dentro de los marcos de la ley. La aspiración es mínima, pero no deja de resaltar la situación racial en el Perú. Se le exigirá al discurso de lo cholo que no solo reconozca un problema, sino que produzca cambios, más allá del discurso, en las praxis políticas raciales del país.

En segundo lugar, brinda una idea no de la plasticidad de las identidades sino del contrabando cultural. Asumirse como cholo no deja de ser una operación multiculturalista. Recuérdese en el caso boliviano, el modo en que Silvia Rivera Cusicanqui confrontó aquella identidad indígena que se asumía en la Bolivia de Sánchez Losada, que se trataba de una estrategia para paliar o controlar soberanías y cambios sociales desde el poder aymara. Y ahí, en el caso peruano, lo cholo es un freno, un paliativo o una migaja. El Perú cholo no expresa una toma de posición política sino un quedar entrampado en el juego de la inclusión multiculturalista. Los abusos enunciativos en que se puede caer al alardear de un supuesto cholismo, muchas veces también es parte de esos contrabandos y entrampamientos.

Las experiencias migrantes han demostrado la capacidad creativa de colectivos indígenas, campesinos y provincianos en Lima. Para sustentar esa creatividad basta leer el libro Conquistadores de un nuevo mundo. De invasores a ciudadanos en San Martín de Porres, publicado por Degregori, Blondet y Lynch en 1986. No obstante, hay que pensar si esa referencia a la ciudadanía entiende este término desde la diferencia local o desde el nacionalismo. No pueden negarse los riesgos de aculturación de esos emprendimientos, o mejor dichos los riesgos de convertir a sujetos locales en ciudadanos nacionales. Este es el rol de una categoría como cholo.

Estamos ante una interacción arriesgada que ha ido derivando la cuestión indígena hacia el discurso de lo cholo. El resultado ha sido la anulación o el debilitamiento de las posturas indígenas ante categorías producidas por el indigenismo estatal y su proyecto de blanqueamiento. El cholo no es un indígena. Y esto no es cuestión de dicotomías, sino de modos de entender el país. La apuesta por la inclusión social o la búsqueda de una auto-determinación y territorialidad propia.

El cholo aún está dentro de los limites nacionales, mientras las políticas indígenas no niegan la nación, pero exigen su propia soberanía. En su intervención final en la mesa redonda sobre Todas las sangres, Quijano apuntaba: “De manera que no existe liderazgo indio en el movimiento campesino de este momento [1965]. Aparece sólo por excepción y sólo de manera totalmente aislada y el líder indio está ya, él mismo en proceso de cholificación”. Con este proceso de cholificación, Quijano indicaba una sutil forma de anular la agencia de colectivos indígena y su posible desaparición. Arguedas, para quien Quijano le exponía estas ideas, estaba convencido de que un personaje como Rendón Willka no era un cholo sino una líder indígena.

El discurso de lo cholo puede entonces criticar, desde una postura culturalista o intelectual, contextos de violencia racial, pero siempre dentro de los márgenes de lo políticamente correcto. Las políticas indígenas buscar una alteración epistémica de los modos de entender la nación, desbordando sus bases eurocéntricas. Y para configurar y potencializar estas políticas no bastan, como diría Mariátegui, “principios abstractos de justicia” o “sentimentales consideraciones tradicionalistas”. Ese es el límite del discurso de lo cholo, que no trasciende un estereotipo abstracto; un sentimentalismo que puede provocar, ciertamente, adhesiones y tomas de consciencia, pero no formula alteraciones del Estado.

En este punto el discurso de lo cholo y lo mestizo convergen. Son finalmente convenientes a la seguridad cultural del Perú, no le exige cambios radicales, reformulaciones políticas. Un autor como Arguedas experimenta las limitaciones de estas posturas y también la potencia de una política o afectividad indígena. Frente al culturalismo de Los ríos profundos, encontramos en el final de Los escoleros esta frase: “¡Tayta que se mueran los principales de todas partes!”. Para el discurso de lo cholo de lo que se trata es de mantener a la nación como principal, y no de superarla. Sigue siendo, pues, el discurso de las buenas intenciones. 

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