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Violencia de género: más allá de la denuncia

Enviado el 13/11/2017

En el 2016 fuimos testigos de un fenómeno que forzó a un sector de la sociedad peruana a reflexionar sobre las dimensiones de la violencia de género en el Perú.  #NiUnaMenos permitió que las víctimas de violencia de género, con acceso a redes sociales, compartieran, muchas por primera vez, sus historias.  La cantidad de testimonios hizo que fuera imposible para la prensa y para algunos políticos, ignorar el fenómeno. El impacto fue tal que el 13 de agosto del 2016 presenciamos, en Lima y otras ciudades del país, manifestaciones masivas llamando a acabar con la violencia de género.

Se puede discutir mucho sobre el efecto de #NiUnaMenos o de la marcha del 13 de agosto sobre la violencia de género.  Las resistencias y retrocesos en políticas, como las destinadas a abrir espacios de reflexión sobre la violencia de género en las escuelas; así como nuevas denuncias, algunas muy mediáticas, han generado en muchas personas desesperanza, la sensación de que nada ha cambiado.

Definitivamente hay razones para la desesperanza, pero también es necesario reconocer algunos cambios. La cantidad de casos que están saliendo a la luz, son una señal de cambio, que además nos obligan a ser conscientes de la dimensión real de la violencia de género en el Perú.  Sin embargo, reconocer estos avances no significa negar que existe una gran resistencia a cualquier iniciativa destinada a abordar la violencia de género como un fenómeno estructural.  Así, por ejemplo, la respuesta a la violencia sexual por parte de algunos actores de los sectores conservadores que niegan la palabra género ha sido el de pedir el endurecimiento de las penas.

Paradójicamente, esta arremetida en contra de reconocer la violencia de género como un problema estructural de la sociedad peruana, ha limitado los espacios para el debate y reflexión.  Uno de los pocos espacios que se tienen para hablar del tema de la violencia de género es el creado por las denuncias individuales. El problema es que estos son espacios restringidos y limitados, a lo que se está llegando con mucha frustración ante la falta de alternativas y respuestas políticas, y en los que muchas veces, se está reproduciendo la violencia, a través de llamados a la pena de muerte, mensajes deseando que los agresores, o sus familias sean víctimas de violencia sexual y/o física.

La solidaridad con las denuncias este siendo traducida en algunos casos en nuevas agresiones, insultos, en más violencia, lo que no permite una reflexión más profunda en el limitado espacio que tenemos. Nos estamos llenando de casos individuales, y en los casos más mediáticos, ante la condena social,  algunas  instituciones  están respondiendo con acciones individuales, como despidos, “condenas”, pero poco se está haciendo para crear un espacio de reflexión institucional. ¿Qué responsabilidad tiene una universidad cuando sus profesores, o alumnos son señalados como agresores?  ¿Es acaso el castigo individual la única medida a tomar? ¿Son la cárcel, el despido, el aislamiento social,  las únicas respuestas? ¿Vamos a solucionar el problema de la violencia de género con penas más duras?.  En el Perú tenemos en la cárcel a casi 8,000 personas acusadas de violación sexual a menores, y lamentablemente cada día hay nuevos casos.

Tenemos una tarea inmensa, y es demostrar que las cosas se pueden hacer de forma distinta.  Hay responsabilidad en los agresores, eso no se debe negar, pero se debe cuestionar que las únicas medidas  posibles sean el aumento de penas, el castigo individual; que la única salida sea que todos los agresores vayan a la cárcel, o pierdan sus empleos, sobre todo si nos tomamos en serio que el tema de la violencia en un tema estructural presente en todas las capas de esta sociedad (es decir aceptar que somos un país de violadores).   Se puede justificar que debe haber diferencia en el trato que reciban los agresores si son funcionarios públicos o políticos, pues hay un aspecto simbólico, pero en esos casos debe haber además un compromiso de reflexión institucional.

Hay que evitar que el esfuerzo de #NiUnaMenos se limite a disputas individuales, porque al final eso es hacer lo que quieren los conservadores.  Las víctimas son el centro, sin duda, pero no representan casos aislados.   Además, si bien siempre se debe escuchar a las personas que denuncian sin temer a que los hechos denunciados por algunas personas puedan al final no ajustarse a un caso de violencia de género, se debe también evitar la condena violenta a los señalados como agresores, y su entorno. Estamos comenzando a ver casos de acusaciones de difamación -seguramente algunas fundadas- y procesos legales, que sólo contribuyen a la polarización, y a un diálogo de sordos.  Esta polarización está creando en algunos sectores, una falsa sensación de balance de poderes, que es una ilusión porque al final la sensación de un sector es que nada ha cambiado, mientras que otros dirán, citando casos aislados que ya se avanzó, se ha hecho suficiente.   

El espacio abierto por #NiUnaMenos, la oportunidad creada para las víctimas a denunciar no debería ser un espacio que reproduzca violencia, ni muchos menos de venganza. Esta es una tarea difícil en un país como el nuestro, pero no es imposible, y algo hemos avanzado. Hasta ahora creo que #NiUnaMenos ha sido, sobre todo, un espacio de contención, de cuidado, de confianza, y es un espacio que debemos cuidar. 

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