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Persona: La necrópolis que compartimos

Enviado el 14/01/2018

Temprano en las páginas de Persona, el nuevo libro de José Carlos Agüero publicado a fines del año pasado por el Fondo de Cultura Económica, nos encontramos con esta potente y singular escena:

“En su casa, en un barrio de Lima Norte, una señora guarda en una bolsa de plástico un trozo de falange. Es de su esposo Lo sacó a escondidas de una fosa mal hecha, antes de venir a la capital huyendo de su pueblo. No solo lo guarda. Le reza. A veces, le habla.”

Estas breves líneas ejemplifican bien dos de las características fundamentales de la escritura de Agüero (que es, vale decirlo de entrada, uno de los proyectos más urgentes y necesarios en el campo literario y el debate intelectual del Perú contemporáneo).

Primero, su especificidad y su concreción. Aunque no tiene nombre en este pasaje, aquella señora no es en absoluto una imagen desenraizada. Tiene una inscripción geográfica, social y cultural (“Lima Norte”), y tiene también una historia. Más aún, su historia de inconcebible violencia y migración forzada ocupa un lugar donde la dimensión personal y la colectiva se encuentran, borroneando esas fronteras e interpelándonos a todos desde sus determinaciones individuales.

Segundo, en el centro de la reflexión hay un cuerpo. Más específicamente, hay el fragmento de un cuerpo, hay la ausencia de un cuerpo: hay un cuerpo violentado y deshecho pero no inexistente sino, más bien, existente en exceso. Es decir, un cuerpo tan sobrecargado de significaciones y valencias que el texto en el que está siendo representado no lo puede contener y también él, el texto mismo, termina por quebrarse.

Esta última idea puede parecer abstracta e inmaterial, pero es todo lo contrario: el profundo interés por el cuerpo que caracteriza a la escritura de Agüero es principalmente un interés por la materia en sí misma, antes que por sus posibilidades simbólicas o su constitución en discurso. Agüero nos lo dice enseguida, en ese mismo fragmento. Inmediatamente después de las líneas que he citado, escribe:

Ese dedo no es basura. No es tan solo un “resto”: la pieza de algo perdido o arrebatado que hay que evocar. Es algo en sí, ocupando un lugar: cosa muerta destruida, pero con su propia identidad. Lo destruido no es un excedente: es “completamente” algo. Ese dedo no hay que evocarlo. Se demuestra solo.

Y sin embargo, no le permitimos al fragmento existir de esa forma, continúa Agüero, abriendo el espacio referencial de un “nosotros” que lo conecta, y también a sus lectores, con esa señora que conversa con un pedazo de su esposo asesinado y le dedica oraciones:

Pero lo convertimos en fantasmagoría o símbolo, ya que su sola presencia, plena, sin más, nos llevaría a aceptar que el horror es funcional, corriente, necesario.

Aquí queda entonces develada una tensión primordial que moviliza la escritura de Persona, así como la de otros trabajos de su autor y, si extendemos un poco la mirada, muchos de los discursos del postconflicto peruano: la tensión entre la presencia “plena, sin más” de los cuerpos rotos por la violencia (y no solo la del pasado sino también la del presente) y la necesidad “nuestra” de ritualizar su condición y hacer con ellos un tejido simbólico, un discurso, una memoria.

Que es, como notan las líneas que he tomado del libro de Agüero, una necesidad de no aceptarel horror como la condición “funcional, corriente, necesaria” de la existencia peruana, y re-presentarlo como un estado de excepción. Persona se erige como un intento de decir lo contrario: este horror de cuerpos estallados es lo que somos, y el trabajo de la escritura —como el trabajo de la memoria— fracasa por necesidad en el deseo de negarlo.

* * *

José Carlos Agüero pasó a ocupar un espacio clave en la escena literaria e intelectual peruana con la publicación de Los rendidos. Sobre el don de perdonar en 2015 (escribí sobre ese libro aquí). El impacto de Los rendidos tuvo, creo, dos anclajes, el primero relacionado con la biografía de su autor y el segundo vinculado a la naturaleza de sus argumentos y proposiciones.

Su biografía: José Carlos Agüero es hijo de dos militantes del grupo terrorista Sendero Luminoso asesinados por el estado peruano (su padre en la masacre de El Frontón en 1986 y su madre en 1992, víctima de un grupo de aniquilamiento de la Marina). En una sociedad donde las voces de los ex senderistas y sus allegados son marginalizadas con sostenida intensidad, desautorizadas con frecuencia incluso para existir en el espacio público, la aparición de un autor como Agüero no podía sino causar revuelo y condicionar en alguna medida la recepción de su trabajo, como en efecto fue el caso.

Pero mucho más relevante y duradero que la mera afirmación de ese dato es lo que Los rendidos hizo con él. Como hace también su poesía(aunque quizás en una dirección paralela), Los rendidos se asienta sobre el singular punto de vista que su biografía le ofrece a José Carlos Agüero para entrar en diálogo y debate con los discursos ya institucionalizados del postconflicto en el Perú. Incorporando en el proceso su propia trayectoria como activista y las destrezas de su profesión de historiador, Agüero ejerce en ese libro una crítica corrosiva y en varios sentidos radical de los consensos del discurso de la memoria, así como de los acuerdos tácitos y las certidumbres del activismo por la justicia y los derechos humanos como opciones políticas. Su objetivo ciertamente no es negarlos ni combatirlos, sino problematizarlos, y ello con la finalidad, en última instancia, de tender un puente hacia aquello que su subtítulo anuncia: la posibilidad de un lenguaje del perdón.

En una sociedad partida por la guerra que ni siquiera ha empezado a reconocerse como tal, y mucho menos ha empezado a reconciliarse, Los rendidos parecía contener —con toda la inclemencia de su mirada, su sinceridad personal y el rigor de sus razonamientos— el resplandor de una promesa. Una forma interesante y no del todo injusta de leer Persona es como una suerte de negativo o imagen inversa de aquel libro: un recorrido por algunos de los mismos territorios, una vuelta sobre los mismos temas y las mismas escenas, y una exploración de las mismas preguntas para arribar, sin embargo, a un puerto que no es el mismo.

De hecho, el propio Agüero sugiere esta lectura en la primera página, diciéndonos a modo de introducción que Los rendidos fue, en su nivel más básico, un proyecto optimista: buscaba hacer posible la comunicación entre sujetos, tendiendo para ellos un terreno potencialmente compartido. Persona, en cambio, es un proyecto pesimista: su convicción central es que esas subjetividades no existen, que no son posibles, y que solo se postulan como “una evasión, una mentira, una convención sobre el yo que nos permite sobrevivir al horror”.

La razón de esto, escribe también Agüero en esta nota introductoria, está precisamente en el cuerpo, en su materia misma, y en la violencia que repetidamente lo destruye:

El cuerpo, el cuerpo mínimo para ser cuerpo, no resiste. Es destruido sistemáticamente. No tiene orden natural, extensión ni permanencia. Los sujetos se deshacen. Asustados, cobardes, cogemos sus huellas, sus reflejos, sus vestigios, sus despojos. O cuando no hay nada, cuando todo se ha diluido, los inventamos, y con estos desperdicios animamos el mundo, lo habitamos de estas criaturas, de estas sombra, para no reconocer la necrópolis que compartimos.

* * *

Ese es pues, en la versión que presenta Persona, el horror “funcional, corriente, necesario” que nuestros rituales y nuestros discursos quieren tapar sin conseguirlo. Es el horror del vacío de sentido de nuestra presencia en el mundo, causado por la extrema violencia que se ejerce —de manera corriente, no excepcional— sobre los cuerpos y que les impide establecerse como sujetos.

Como anoté antes, la escritura de José Carlos Agüero es siempre específica y localizada. El horror al que se refiere, el horror que explora, es insistentemente un horror peruano: deriva de nuestra historia y existe en nuestros espacios, tiene nuestras formas y habla nuestro idioma. Pero vale la pena observar que esa definición, aunque central al texto, no es excluyente: en breves pasajes posteriores, Persona conecta esta disolución de la materia corporal y este impedimento de las subjetividades con figuras como “El Pozolero” —un miembro de bajo rango del Cartel de Tijuana, en México, cuyo trabajo era precisamente disolver los cuerpos de las víctimas en baños de soda cáustica, hasta que no quede nada— y Adolf Eichmann. El horror del que hablamos, así, es uno que quiebra las fronteras simbólicas, los discursos con que intentamos contenerlo, incluyendo los bordes básicos del mapa.

De esta forma, la presión que este proyecto de escritura ha venido ejerciendo sobre los discursos peruanos del postconflicto desde Los rendidos continúa con igual intensidad en el nuevo volumen, pero se atisba ahora como una crítica de los discursos en general, como si la radical inestabilidad de las subjetividades fuera también, y necesariamente, una radical desestabilización del lenguaje en sí mismo, y como si la imposibilidad de los cuerpos fuera la de las palabras.

En particular, Agüero interroga y desestabiliza su propia postura como sujeto textual: su posición, es decir, observador participante y dador de testimonios que son en última instancia ajenos, incluso cuando se centran en las experiencias de su propia biografía y focalizan los cuerpos deshechos de su padre y su madre. ¿Cómo hablar por otros? es su pregunta más esencial, aunque quizá sea más preciso reformularla de esta forma: ¿cómo hablar de estosin hablar por otros, sin convertirlos en “restos”, sin utilizarlos como piezas de nuestro discursos, que no es el suyo?

La respuesta es obvia (como lo es en el caso del ritual de la señora ante la falange de su marido): no podemos hacerlo. Evocar aquello que no necesita ser evocado y se demuestra a sí mismo es utilizarlo, apropiarlo, reificarlo, y no hay alternativa. “No puedo justificarme”, escribe Agüero, ya avanzado el libro, en una sección dedicada precisamente a interrogar la imaginación épica del conflicto y al meditar sobre su propio vínculo con los cuerpos sobre los que escribe. “La traición es intrínseca a todo este ejercicio de representación”.

* * *

Este reconocimiento de la esencial imposibilidad de su propio discurso es lo que subyace y da forma a la escritura de Agüero desde sus inicios, pero la tensión que genera es irresoluble y resulta inevitable sentir que en Persona ha llegado a un momento de crisis.

El libro, dividido en diez secciones que se diferencian claramente entre sí y al mismo tiempo se imbrican con tenacidad en un tejido de ecos y resonancias, pone en funcionamiento una amplia diversidad de estrategias para lidiar con el impasse. Algunas, como la fragmentación de la narrativa o la sutil, sostenida desautorización del yo textual, están presentes también en Los rendidos y pueden rastrearse en Enemigo, el libro de poemas que Agüero publicó en 2016. Otras, como la repetida yuxtaposición de escenas, situaciones e ideas aparentemente contradictorias, o el recurso tácticamente preciso a referencias literarias o filosóficas (entre ellas Remarque, Pearl S. Buck, Husserl, el poeta Lucian Blaga, el novelista Alexander Cordell —nombres por demás infrecuentes en las conversaciones peruanas) son nuevas aquí. El efecto es uno de intensa dispersión formal, balanceada eficazmente por el continuo retorno del autor, desde diversos ángulos, a los temas que fundan su trabajo.

Esta dispersión formal incluye, entre otras cosas, una serie de intervenciones manuscritas sobre mapas de Lima, destinadas a “llenarlos” con los trazos de la historia y la violencia (en “Mapas”); una colección de caricaturas, dibujos y viñetas humorísticos que vuelven sobre aspectos del propio discurso e ironizan sobre ellos (en “Residuos”); un intenso poema con aristas metatextuales, poblado de dobleces y fantasmas (en “Posnatal”); una desgarradora imaginación de vidas alternativas para el autor y su familia, sobre la base de una fotografía manipulada digitalmente para alterar la escena primaria (en “Origen”); y una breve sección que yuxtapone sin resolverla, de una forma por completo desacostumbrada en el Perú, la narrativa de los vencidos y la narrativa de los vencedores sobre el alzamiento y la masacre de El Frontón (en “Muelle”, fragmentos 5 y 6). En distinto orden de cosas, incluye también la multiplicidad de identidades textuales, con fragmentos que se escriben desde la primera persona plural, o desde un yo femenino, o desde una identidad relativamente asimilable a un “personaje”.

Tal aparente estallido de las formas es, en Persona, una tendencia hacia el sentido antes que su afirmación imperiosa. Es un modo de mirar aquel horror que he mencionado antes que un modo de representarlo. Lo que esta escritura busca, en última instancia, no es un sentido “literario” o literal. Cuando Agüero escribe (sobre aquel dedo que “se demuestra solo”) que “no hace fata Husserl ni epoché”, está diciendo precisamente eso: no hace falta poner entre paréntesis lo real (el horror del cuerpo sin sentido, el vaciamiento de la subjetividad por obra de la violencia) y ejercer sobre ello una reducción fenomenológica; hace falta, más bien, hablar de otra forma.

Quizá sería factible imaginar que esa otra forma es más cercana a la poesía que al discurso de la ciencias sociales, los estudios de memoria, el trabajo en derechos humanos e incluso la narrativa de la violencia que ocupa un lugar de importancia en la literatura peruana contemporánea. Y algo de eso hay, tanto en el texto que se construye (y deconstruye) en Persona como en la propia trayectoria de Agüero en los últimos años y su trabajo autoral. Pero tampoco esta es una respuesta al dilema, a la traición de representar. “No todo resto tiene que ser poesía”, dice Agüero en una sección que también interroga, con diversos grados de simpatía, esfuerzos artísticos como los de Gladys Alvarado y sus fotografías de El Frontón, la “Poética del resto” de Giancarlo Scaglia y “La margen habitada” de Ana Lucía Riveros.

Agüero cuestiona la poetización de la misma forma en la que cuestiona la construcción de épicas: porque poetizar oculta y oscurece, en el mismo momento de decirla, la brutal realidad del ejercicio del poder sobre los cuerpos. Su propio trabajo se mueve en una dirección distinta, sobre la cual he querido dar algunos indicios en esta lectura: Agüero busca poner en texto su propia presencia en el proceso de la escritura, preguntándose a cada paso sobre su viabilidad, su legitimidad y su justicia.

En el camino, y quizás de manera inevitable dada la radicalidad de su cuestionamiento, el trabajo del lenguaje termina desplazándose hacia fuera de sí mismo; termina palpando, como he sugerido antes, los bordes de su propia imposibilidad. Quizás, dice Agüero, la única actitud viable ante el horror sea el silencio.

Hay un tipo de silencio que no es la ausencia, el vacío o la sinrazón. Se parece más a la destrucción del lenguaje. A la sostenida acumulación de palabras vaciadas, exprimidas, torturadas, secas. No hay necesidad de arrancar labios, dientes y bocas, si el idioma ya es un idioma muerto. Pero quizá el silencio puede ser algo más. Puede ser, a veces, un despojarse. Ceder al orgullo. Campo pelado. Perder la voz. Para que podamos escuchar ciertas notas, cierta presencia.

Y también:

Aceptar. Deponer nuestro orgullo. Dejar de sonar. Deponiendo nuestro egoísmo, desnudos, quizá podamos estar en una nueva solidaridad con los que fueron tragados por la civilización. Con todos los que se pudren. El silencio podría ser un valor fundante de nuestra humanidad.

* * *

He dicho antes que, en esta dirección, la escritura fracasa. Y es cierto: en los términos en los que Agüero plantea el dilema, escribir este horror es necesariamente una traición, y el nudo de ese lenguaje imposible no se desata jamás. Pero no quiero decir que Persona sea un fracaso. Es todo lo contrario. Es una experiencia profunda de reflexión y de trabajo textual, y tiene potentes consecuencias éticas además de una enorme legitimidad literaria. Creo que no hay manera ya de pensar la condición peruana sin leer a José Carlos Agüero, y creo que no hay manera de escuchar lo que está diciendo sin leer Persona. Como todos los que ha escrito, este es un libro crucial, y le debemos nuestra atención y nuestro agradecimiento.

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