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Empatía burocrática

Enviado el 14/06/2017

Las dos últimas semanas por cuestiones de trabajo he estado reunido, en distintos escenarios, con representantes del Poder Ejecutivo, organizaciones sociales y comunidades campesinas andinas o nativas amazónicas.

Esas reuniones giraban en torno a distintos reclamos que hacen dichas poblaciones originarias al Gobierno: cumplimiento de acuerdos, solicitud de entrevistas con alguna autoridad del Poder Ejecutivo; y diversos pedidos cuyo principal motivo era la atención de lo que consideraban urgente para sus comunidades.

De todos esos encuentros había un pedido que atrajo mi atención tanto por la urgencia, así como la reacción que generó. Este consistía en la demanda que se le hacía a algunos ministerios del Estado para que se atiendan graves casos de contaminación en la sangre de poblaciones expuestas a plomo, mercurio o cadmio. Esto como consecuencia de la convivencia, desde hace muchos años, con proyectos de inversión petrolera o minera.

De lo descrito, pienso que ante una circunstancia sanitaria como la descrita la reacción natural sería procurar hacer todo lo posible para atender este problema. Sin embargo, no necesariamente sucedió así.

Un observador de una de las reuniones mencionadas me dijo que no notaba empatía por parte de los funcionarios con los ciudadanos demandantes. Pensando en ello, y buscando el significado de esta palabra tan usada me pareció interesante acercarme a las raíces de este vocablo de origen griego para entender cómo la entenderíamos y sí creemos que puede ayudar a mejorar el trabajo del Estado. Concluyo que el resultado me pareció ilustrativo, no por la palabra misma, sino por cómo ayuda a ilustrar algunas relaciones y reacciones de los funcionarios con el ciudadano.

Veamos. Empatía o “empátheia” es la combinación de palabras que podríamos traducirla como “apasionado”, “emocionado” pero no en sentido individualista sino que involucra sentimientos con el otro. Por algo la DRAE señala dos acepciones para la discutida palabra: «Sentimiento de identificación con algo o alguien»; «Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos».

De esto último, grosso modo, podemos concluir lo siguiente: ser empáticos conlleva la capacidad de identificar lo que padece el otro, captar profundamente esos sentimientos y así apasionarse por lo que se llega a conocer. Resumiendo, empatía para emocionarse compartiendo este sentimiento.

Ahora bien, debemos recordar que no por nada a los trabajadores del Estado también se les conoce como “servidores públicos”. O sea, hay una condición intrínseca de servicio, de utilidad al ciudadano por parte de estos funcionarios quienes viven de los impuestos de todos y todas. Por esto, ¿es posible realizar un buen servicio público sin involucrarse decisivamente con quien lo requiere? Más aún si la demanda implica asuntos tan serios como acceso a justicia, educación o salud pública.

Afirmaba Han Georg Gadamer en “Verdad y Método” «que el modo de ser de una cosa se nos revela hablando de ella». Así, ¿hay capacidad en el Estado peruano -en quienes trabajamos allí-   para hablar conmovidos de los problemas de los ciudadanos de nuestro país? ¿O de dar cuenta y solucionar los graves asuntos que aquejan a las poblaciones vulnerables?

Algunas veces he escuchado, como si de una fórmula mágica se tratase, que los problemas de los gobiernos son producto de la “falta de comunicación”. El problema es reducir ello a describir, en enormes carteles publicitarios o cuñas radiales, acciones técnicas, legales o formales sin mostrar sentido (sentir) alguno.

No digo que nos echemos a llorar por cada problema que se deba atender en la administración pública. Lo idóneo es que cada acción del Estado vaya acompañada de un sentido real, inteligente y hasta audaz de acuerdo a la realidad de cada reclamo. O sea, de responsabilidad permanente. Por ejemplo, ¿algún organismo del Estado puede decirnos qué ha ocurrido con los heridos en conflictos sociales? ¿Qué ha pasado con la suerte de sus familias? ¿Podemos dar cuenta del drama que padecen tanto en lo emocional, social y económico?

No olvidemos que en un conflicto social uno de sus componentes son las emociones. Y estas suelen quedar en la memoria colectiva. Un mal recuerdo o sentimiento puede ser suficiente para dificultar cualquier intento de razonar durante ese fenómeno. Por lo tanto, dejemos la pura objetividad de funcionario y también seamos subjetivos para humanizar el trabajo en el Estado.

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