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Mujer Rural en Centroamérica

Enviado el 15/03/2017
Por: 
Alfonso Bermejo

Las últimas semanas estuve en Centroamérica, recorriendo un proyecto de desarrollo cuyo objetivo se centra en el mejoramiento de la autonomía económica y la participación política de las mujeres de municipios de los departamentos de Usulatán y La Unión, en El Salvador, y Chiquimula en Guatemala.

Estas sociedades, como en muchas zonas rurales de América Latina, cuentan con estructuras patriarcales fuertemente marcadas, lo que ha implicado – en la práctica – que las mujeres hayan sido relegadas a desarrollar, básicamente, actividades reproductivas. En no pocas ocasiones las encontramos realizando, además, trabajos productivos, ligados principalmente a la crianza de animales menores, o al cuidado de huertos familiares, actividades que pueden ser realizadas cerca de la vivienda, y por tanto, a la par de las mencionadas funciones reproductivas. En otros casos, desarrollan las tareas productivas que realizan los hombres y que constituyen la principal fuente de ingresos, sin descuidar la crianza de animales menores, la pequeña agricultura, y las labores del hogar. En cada caso la carga laboral va en aumento, algo que se refleja en todos los análisis de uso del tiempo en las familias. En todos los casos, la principal labor de las mujeres es el trabajo no remunerado. Cuántas veces se escucha al conversar con ellas: “no me puedo quejar de mi pareja, él me ayuda en la casa”.

Pero, ¿cuál es la consecuencia de este esquema social? Por un lado, en la mayoría de casos, una total dependencia en la pareja, lo que implica – básicamente – que la mujer pierde toda capacidad de decisión sobre sí y su familia. Esta situación se agrava, aún más,  cuando por estas circunstancias las mujeres se ven obligadas a soportar todo tipo de violencia. En estas sociedades las mujeres suelen carecer de redes sociales que las sostengan, por cuanto es la propia comunidad – e incluso la propia institucionalidad – la que condena a las mujeres por no asumir “sus responsabilidades” de esposa y madre, tal como manda la costumbre. En aquellos casos en los que su actividad económica logra algún excedente para ser comercializado, el problema sigue siendo similar por cuanto el control final de los recursos, normalmente, lo tiene el hombre. Tomando esta línea de base, es lógico suponer que la participación de la mujer en la vida política es incipiente, encontrándolas casi exclusivamente en las “unidades de la mujer” dentro de las instituciones públicas, que por ley deben ser implementadas, aun cuando los presupuestos de estas unidades, en la mayoría de casos, tiendan a cero. La participación de ellas en las organizaciones de base, aunque mayor, es también limitada, y pocas veces forman parte de los órganos de decisión.

Si a ello le agregamos los niveles de violencia armada (ligadas al pandillaje y el tráfico de drogas), que directa o indirectamente se relaciona con su familia, la situación para ellas se torna aún más complicada.

En este contexto las mujeres beneficiarias del proyecto decidieron enfrentar las adversidades, desarrollando acciones que les permitan mejorar su calidad de vida y la de su familia. Los riesgos a los que se enfrentan no son pocos, pero son conscientes de que la realidad tampoco es sostenible. Trabajando en organizaciones de base comunitaria, estas mujeres buscan ahora labrar su propio desarrollo, en muchos casos, al margen de las políticas nacionales, que si bien contemplan la igualdad de género no son implementadas debido a que la dinámica político – social continúa de espaldas a ellas.

La base principal de la problemática de la mujer rural en El Salvador y Guatemala, no dista mucho de lo que sucede en las zonas rurales del Perú. El ciclo de marginación, exclusión y violencia contra ellas es también pan de cada día. La misma lucha que realizan estas mujeres, es también la de miles de peruanas. En este sentido, se torna fundamental trabajar el empoderamiento de las mujeres, fortaleciendo sus capacidades para que puedan, como titulares de derechos, exigir el cumplimiento de las leyes y normas, además de demandar la construcción de políticas destinadas a cerrar las brechas existentes. Estos cambios deben, a su vez, buscar la transformación de las relaciones intrafamiliares y la organización política y social de los territorios.

Qué duda cabe que, hoy por hoy, la pobreza continua teniendo rostro de mujer.

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