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Masculinidades problemáticas y violencia normalizada

Enviado el 15/06/2016

En la última semana, he visto desfilar ante mis ojos una serie de artículos, noticias y declaraciones desde distintos medios y lugares, que aunque desconectadas entre sí, parecen confluir en un punto que muy pocos se atreverían a reconocer, bajo la premisa de que es una comparación exagerada. De todas formas ¿qué tendrían en común las desafortunadas declaraciones de un columnista en El Comercio con la muerte de una adolescente trans trujillana? ¿Cómo estos dos sucesos, ubicados en contextos distintos, se relacionan con lo sucedido en Orlando, en Standford o con la adolescente de dieciséis años en Brasil? ¿Qué nos dicen estos hechos sobre las expresiones diarias de homofobia, transfobia y misoginia que encontramos en las interacciones que establecemos con otras personas?

La respuesta, llega inevitablemente a mí, como una afirmación: que todas son expresiones, en distintas magnitudes, de masculinidades problemáticas. Masculinidades que, como señaló Jaclyn Friedman en su artículo titulado Toxic Masculinity, no sólo se definen en oposición a lo “femenino”, sino que se ubican en un lugar de superioridad sobre lo que no es “normativamente masculino”, a través del uso de la fuerza. Según mi propia reinterpretación del concepto, este uso de la fuerza no se limita a situaciones aisladas en los que la violencia cobra dimensiones desmesuradas, como en el asesinato de Zuleimy Sánchez o en la masacre de Orlando. Sino que también se manifiesta en el acoso callejero al que las mujeres nos vemos diariamente expuestas; en el lenguaje homofóbico, transfóbico y misógino, utilizado comúnmente en conversaciones de “amigos”, en tweets y en publicaciones de Facebook; se encuentra, peligrosamente, siendo difundido a través de espacios radiales, en programas de televisión abierta y en diarios de distribución nacional;  se expresa, abiertamente y sin obstáculos, en el artículo escrito por un columnista conocido en el diario más importante del país.

Estas manifestaciones de violencia en “pequeñas dosis”, pasan delante de nuestros ojos sin ser debidamente discutidas, porque hacerlo es visto como una reacción “desproporcionada” y genera resistencias, principalmente en aquellos hombres que no han tenido la necesidad de cuestionarlas y de cuestionar su modelo de masculinidad. Lamentablemente, sólo se ponen en tela de juicio cuando a través del uso extremo de la fuerza, uno (o varios) de ellos rompe el débil tejido que mantiene nuestras sociedades precariamente cohesionadas, es decir, cuando ya no hay nada más que hacer. Sin embargo, si se quiere evitar esto, es menester que tanto hombres como mujeres, no pasemos por alto las situaciones de violencia que encontramos en la vida diaria y que alimentan estas masculinidades problemáticas, hasta convertirlas en tóxicas.

La tarea es ardua y tal vez muchos la confundan con levantar un dedo acusador y odioso contra cualquier compañero que sea partícipe de una de estas expresiones de violencia. Asimismo, es probable que muchas y muchos de nosotros no nos demos cuenta inmediatamente que estamos tomando parte en esto y nos sea difícil entender lo nocivo que es seguir haciendo crecer a la bestia de la masculinidad tóxica. Por eso la educación (formal e informal), el diálogo y la deconstrucción son importantes. Muchas mujeres valientes vienen haciéndolo abiertamente, a pesar de los peligros que conlleva, ya que ser visibles nos hace blancos identificables de las más pequeñas hasta las más terribles muestras de la violencia contra la cual luchamos. No obstante, se necesitan hombres que estén dispuestos a dejar de lado aquellas actitudes y comportamientos con lo que crecieron y de los cuáles extraen una posición de poder en la sociedad.  Hombres que sean capaces de comunicar a sus pares cuan peligrosos y dañinos son ciertos modelos de masculinidad para ellos mismos, puesto que frenan su capacidad de desarrollar su ternura y su vulnerabilidad. Que sean capaces de llamar la atención sobre esas dosis diarias de violencia dirigidas a todo lo que se opone al epítome de masculinidad predominante, no para establecer una confrontación, sino para crear una conversación y una reflexión a partir de ello, que pueda trascender la opinión personal.

Ya los hay, sin duda, pero el trabajo está muy lejos de ser completado. “Reinventar la masculinidad”, como dice Friedman, no es fácil e implica riesgos, pero también conlleva muchas ganancias. Más allá de reducir la violencia de género y el odio hacia lo “no-masculino” (que no es un logro menor), una nueva masculinidad, que no se base en la imposición de la fuerza, permitirá a los hombres expresarse y vivir de manera más libre, sin vergüenza y sobre todo, sin miedo.

 

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