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Ser esclavo es algo relativo

Enviado el 15/10/2014

The Economist, una de las publicaciones británicas más longevas y reconocidas, se ha visto obligada a pedir disculpas públicas por un comentario que hizo a propósito de un reciente libro sobre el papel que desempeñó la esclavitud en el capitalismo norteamericano (y cuyo argumento bien se podría extender al capitalismo en general). La reseña de The Economist cuestionaba los términos en que Edward Baptist, autor de The half has never been told: Slavery and the making of american capitalism (2014) y profesor de la Universidad de Cornell, enfatizaba el estrecho vínculo entre el sistema esclavista con el despegue económico de Estados Unidos y el enorme costo en vidas humanas que este despegue había tenido. La revista criticaba que el autor hubiese puesto de lado otras explicaciones menos peliagudas, como “el espíritu individualista, el puritanismo, la atracción de las tierras nuevas y los salarios altos, así como las políticas gubernamentales”. Según la revista, debido a la progresiva abolición del tráfico esclavista, la mano de obra se convirtió gradualmente en “propiedad valiosa” para los amos, por lo que cuestionó el supuesto maltrato infligido a los esclavos. Para echar más leña al fuego, la reseña cerraba lamentando que Baptist no hubiera sido “objetivo”, ya que en su libro “casi todas las víctimas eran negros y casi todos los villanos eran blancos”.

Las reacciones no tardaron en llegar, y junto con las réplicas académicas, los cibernautas se despacharon a su gusto parodiando la actitud de The Economist. De manera más reveladora, algunos recordaron cómo esa misma publicación, años atrás había culpado a la misma población de Irlanda por una espantosa hambruna que sufrió la región a mediados del siglo XIX. Y es que el torpe y reprobable comentario de The Economist no pudo llegar en mejor momento (aunque no para ellos). Actualmente se viene conmemorando el 150 aniversario de la guerra civil norteamericana, que terminó con la esclavitud luego de un conflicto sangriento que enfrentó al Norte con el Sur. De igual manera, Hollywood se ha encargado, en los últimos años, de recrear el oscuro mundo de las plantaciones, con versiones más libres, como D’jango, de Quentin Tarantino, y otras, basadas en memorias como la de Solomon Upnorth, que sirvió de base a 12 años de esclavitud, ganadora del Óscar a Mejor Película (ver mi columna de febrero de este año).

El debate alrededor del comentario de The Economist es revelador en muchos sentidos. No es la primera vez que este vínculo entre esclavitud y capitalismo es analizado históricamente, pero con la tendencia a ensalzar la trayectoria triunfalista del capitalismo que ha habido en no pocos libros académicos en los últimos años. Es bueno recordar su otro lado, el más oscuro y a veces menos difundido. El punto neurálgico del debate es, por supuesto, cómo un sistema como el capitalista requirió del desplazamiento, del trabajo forzado y de la muerte de seres humanos, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Por si fuera poco, una vez abolida la esclavitud, esta fue reemplazada por formas quizás menos crueles, pero no por ello menos inhumanas. Cientos de miles y quizás millones de personas se desplazaron de un lugar a otro, ya fuera desde el campo a la ciudad o a través de océanos, para engrosar las filas de obreros en las fábricas, de campesinos en las nuevas plantaciones o de trabajadores en las minas, de modo que el dinero siguiese fluyendo unidireccionalmente.

La opinión de The Economist hacia un tema como la esclavitud no solo fue inapropiada en términos históricos. Al banalizar el costo humano del capitalismo, la revista prefirió, además, poner debajo de la alfombra un aspecto demasiado evidente de la actualidad, como el que los descendientes de quienes forjaron el capitalismo en haciendas y plantaciones no han gozado ni gozan del mismo estatus que ostentan quienes finalmente se vieron beneficiados. Aquellos han terminado más bien convertidos en ciudadanos de segunda clase y siendo excluidos, pese al siglo y medio que ha transcurrido desde la abolición de dicho sistema (un tema sensible, considerando los incidentes raciales ocurridos en Ferguson y otras ciudades de Estados Unidos no hace mucho). Aun cuando nos cause sorpresa, esta estrategia narrativa no es excepcional. La lógica detrás del comentario de The Economist al libro de Baptist responde a una actitud bastante extendida, que los medios impresos de otros países replican con temas como el neoliberalismo y el mercado, por poner dos ejemplos cercanos, a los cuales se trata de defender a toda costa, incluso por encima de las vidas de las personas, ya sea en el pasado o en el presente

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