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Adriana, la 126

Enviado el 17/12/2017

Si alguien en la calle le hubiese llamado “Vanesa”, lo más probable es que ella se hubiese dado por no enterada y hubiese proseguido su camino. Después de todo, no tenía por qué haber respondido a ese llamado. Su nombre oficial era Adriana Garnier Ortolani (40) y así había sido registrada al nacer. El único detalle es que su partida de nacimiento era falsa, y había sido adulterada con la complicidad de la partera Juana Elena Arias de Franicevich y de quienes regentaban el lugar donde su madre dio a luz. Hija de Violeta Graciela Ortolani (n. 1953) y Edgardo Roberto Garnier (n. 1955), Adriana supo su verdadera identidad poco antes de presentarse en conferencia de prensa el pasado 5 de diciembre, junto a su tía Silvia, su prima Marcela y la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Su madre tenía ocho meses de embarazo al momento de ser raptada por los militares el 14 de diciembre de 1976. Su padre sería secuestrado pocos meses después mientras las buscaba a ambas. Conocido como “El Chueco” o “Pato”, Edgardo era ingeniero de profesión y junto con su esposa militaban en el FAEP (Frente de Agrupaciones Eva Perón). Ahí tenían los seudónimos de “El Viejo” y “La Viole”. Los cuerpos de ambos nunca fueron encontrados, pero sus fotos acompañaron la conferencia de prensa donde Vanesa –el nombre que habían pensado ponerle cuando naciera– se dejó llevar por la emoción mientras hablaba ante los medios.

Con excepción del fútbol y del Mundial, probablemente nada emociona más a los argentinos que la noticia de la aparición de una de las nietas desaparecidas en dictadura. Las primeras informaciones sobre Adriana/Vanesa fueron proporcionadas a través de las cuentas en redes sociales de Abuelas de Plaza de Mayo. El mensaje daba cuenta de la ubicación de la Nieta 126 y de la conferencia de prensa que se daría al día siguiente. Como es natural en estos casos, pedían a los medios “el respeto, la prudencia y la confidencialidad que esta feliz noticia requiere”. Ello no impidió, sin embargo, que durante el (largo) lapso de espera los usuarios manifestaran su propia alegría por el acontecimiento. Varios diseñaron y compartieron una serie de imágenes alusivas a la noticia, donde una Abuela –usando el pañuelo en la cabeza que las identifica- se abraza con una joven. En otra, una Abuela le retira una venda que cubre los ojos de una Nieta y se la coloca como pañoleta, para luego tomarla de la mano y caminar juntas. Otros usuarios, probablemente menos versados en el arte digital, improvisaron imágenes de alguno de los ómnibus que cubre la ruta 126 para no quedarse atrás en los festejos.  

La apropiación de recién nacidos luego de que sus madres dieran a luz para ser entregados a familias sustitutas es uno de los legados más crueles y brutales de la dictadura argentina que gobernó entre 1976 y 1983. La ubicación e identificación de más de cien personas en los últimos años –conocidos como los Nietos y Nietas–, ha permitido que muchas familias pongan fin a una búsqueda de casi cuatro décadas y así podamos conocer mejor el destino de estos y los mecanismos utilizados para ocultar sus identidades por tantos años. Se cree, por ejemplo, que Vanesa pudo haber nacido hacia el 19 de enero de 1977, pero no hay forma de confirmarlo, aún cuando hay un certificado que prueba su nacimiento por esa fecha. En algunos casos, las sospechas provenían de los mismos Nietos. Ignacio Montoya Carlotto (ex-Ignacio Hurban), quien sería conocido también como el Nieto 114, tuvo la corazonada de que algo no encajaba bien en su historia familiar, dado que no había parecido físico con sus padres adoptivos. Sus sospechas serían confirmadas el día de su cumpleaños, cuando su esposa le comentó que una de las vecinas sabía la verdadera historia de su nacimiento. Las constantes campañas de ubicación de los Nietos crearon también una duda colectiva entre la generación de argentinos que bordean los cuarenta años. Sin documentos o las pruebas necesarias para convertir sus corazonadas en certezas, la única forma de establecer el vínculo con los padres desaparecidos, los familiares sobrevivientes y los nietos que no habían sido aún ubicados era el ADN.

Creado en 1987, el Banco Nacional de Datos Genéticos reúne y analiza las muestras de ADN de familiares de desaparecidos. Su implementación está estrechamente vinculado a la tarea de identificar a los recién nacidos secuestrados y brindar una prueba válida del vínculo con las familias de los desaparecidos. En su estupendo artículo sobre la identificación de los Nietos en Argentina, la profesora Lindsay Adams Smith (University of New Mexico, Albuquerque) sostiene que el ADN ha brindado a los nietos encontrados y sus parientes la capacidad de “re(con)stitución” para situarse a sí mismos en una historia familiar pero al interior de la narrativa nacional democrática (1). Argentina fue precisamente pionera en integrar métodos científicos como la genética dentro del proceso de transición a la democracia, una técnica que se ha extendido a otras regiones devastadas por violencia política, el terrorismo o actos genocidas. El artículo explica bastante bien las dificultades en obtener las muestras y las diferentes estrategias que hubo que desarrollar para reemplazar las muestras de sangre con el análisis de objetos personales de presuntos Nietos.

Aún cuando el Banco presta un servicio invaluable a las familias y al país, al permitir cerrar una serie de heridas varias décadas después, la identificación adecuada de los nietos y su presentación en sociedad es solo un ángulo de un fenómeno más complejo que bien merecería ser discutido caso por caso. Por ejemplo, no todos los nietos identificados desean hacer pública su identidad, como ocurrió con la Nieta 125, y en ese caso no se realizó la tradicional conferencia de prensa en respeto a su privacidad. Frente a la alegría –personal y colectiva– que puede significar devolver la identidad a alguien que vivió bajo una distinta toda su vida, es necesario señalar que no es un proceso siempre sencillo y que es experimentado de diversas formas. Queda siempre pendiente el tema de cómo proceder con las familias que adoptaron a estos niños y la responsabilidad que tuvieron. Ignacio Montoya Carlotto, por ejemplo, ha manifestado en repetidas oportunidades que sus padres adoptivos, una pareja de campesinos pobres que no podían tener niños, se esforzaron por darle lo mejor que tenían y siempre lo trataron bien. Su abuela biológica, Estela de Carlotto, respaldó esas declaraciones señalando que: “Si a Guido lo trataron bien, yo se los quiero agradecer”. Ello no ha impedido que el pasado marzo ambos padres fuesen procesados por “falsedad ideológica” y “alteración del estado civil”.

Mientras más nietos son identificados cada año, el reloj no deja de correr. Muchas de las abuelas ya están en una edad muy avanzada, algunas ya fallecieron. Con todo, han persistido en el esfuerzo de encontrar a sus nietos, los cuales se estiman en aproximadamente 500. Los factores que pueden ayudar a incrementar el número de personas identificadas varían de lugar en lugar y según la época, y estos responden en ocasiones al azar y a la precisión de la ciencia mientras que en otros casos dependen del azar y las circunstancias. Tan solo en este año que termina, además de Adriana, otros cinco nietos fueron identificados: José Bustamante García, Amarilla-Benítez, Urra Ferrarese-Ossola y Tartaglia. En un buen año, como ocurrió en 2008, se pueden llegar a identificar hasta a ocho nietos, mientras que en otros como 2001 y 2002, apenas uno. De ahí lo sorpresivo de cada anuncio y la emoción por saber que cada que cada uno de estos nietos contribuye a cerrar un poco más uno de los periodos más oscuros del pasado reciente del país.

 

Notas

(1) Lindsay Adams Smith. “Identifying Democracy: Citizenship, DNA, and Democracy in Postdictatorship Argentina,” Science, Technology, & Human Values 41.6 (2016): 1-26.

 

http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/0162243916658708

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