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La vacancia vacía

Enviado el 17/12/2017

Todos los análisis de estos días coinciden en sus conclusiones: la suerte de PPK como Presidente del Perú está echada. Ya fue. Lo único que queda por ver es cómo sale, aunque parece que saldrá tal como gobernó, con el rabo (de paja) entre las piernas, sin defenderse demasiado y sin que nadie, ni siquiera sus ministros o sus vicepresidentes, lo defienda de verdad.

Estamos en el Perú, donde opacas corrientes submarinas condicionan la política y muchas cosas se deciden y se dirimen sin que sepamos cómo o por qué, de modo que el tema no debe considerarse cerrado todavía. Aún hay un margen mínimo para arreglos y componendas. Y ninguno de los involucrados está dando señales de quererlo utilizar.

Lo que tendríamos ad portas, entonces, es un gobierno de Martín Vizcarra. Será sin duda un gobierno débil, tanto o más que el de PPK. Por un lado, lo entrampará la dinámica estructural de confrontación con el fujimorismo, que en mi opinión es una guerra por territorios y recursos, y no tiene salida política efectiva (escribí sobre eso aquí). Por otro, se enfrentará a la lógica destructiva de la mayoría parlamentaria, una lógica que viene con impulso y potencia propios y lleva, en el más o menos mediano plazo, a las elecciones generales adelantadas. Eso es lo que busca el fujimorismo, y hoy ha encontrado aliados efectivos en algunos otros bloques parlamentarios (como AP y el FA, cuya vergüenza histórica debería ser profunda e imborrable, pero —de nuevo: estamos en el Perú— no lo será).

Así, es posible y hasta probable que un eventual gobierno de Martín Vizcarra tenga una vida corta y sirva apenas como una transición hacia otra cosa. Y ni siquiera es fácil saber si el propio Vizcarra, cuyo perfil sigue siendo mucho más tecnocrático que político, querría algo distinto. Sin embargo, me permito especular que esta imagen es en el fondo engañosa. Creo que las propias condiciones de su génesis le darían a ese gobierno la posibilidad de construir bases sólidas y extraer, si no una victoria, una détente más estable que lo que hemos tenido hasta ahora.

Para ello, Vizcarra tendría que hacer suyas las banderas que PPK nunca quiso adoptar (y hoy resulta evidente por qué). En primer y más importante lugar, tendría que hacer suya la lucha contra la corrupción y desplegar en ese terreno los considerables poderes del Ejecutivo, sin remilgos y sin excusas, y apoyar los mejores esfuerzos del asediado Ministerio Público y del Poder Judicial. Esa es claramente una lucha política, y —en un contexto en el cual Cecilia Chacón, Luz Salgado o Daniel Salaverry se sienten autorizados a envolverse en ese manto sin sufrir consecuencias, porque nadie les está dando batalla efectiva— ahí hay bastante terreno por ganar.

Y en conexión con lo anterior, Martín Vizcarra, instaurado como resolución de una crisis de gobernabilidad y no como su síntoma, debería ser capaz de desprenderse de los pasivos que han lastrado al gobierno actual e insuflar nueva vida en sus activos, que permanecen latentes. No hay que olvidar que hace apenas un año y medio Pedro Pablo Kuczynski ganó las elecciones porque una mayoría de peruanos quiso evitar que Keiko Fujimori se sentara en el mismo sillón que embarró su padre, y que como parte de ese proceso casi una cuarta parte de los votantes le dio su preferencia inicial a una opción de izquierda explícitamente antifujmorista.

No se trata de pedirle a Vizcarra que gobierne como si fuera el colectivo #NoAKeiko, cosa imposible, pero sí que no dilapide ese capital como lo hizo Kuczynski (y déjenme repetirme: hoy sabemos por qué). Su supervivencia, y con ella la de la agonizante salud institucional de la república peruana, podría depender de cuán capaz sea el nuevo gobierno de aglutinar, movilizar y aprovechar estratégicamente esas fuerzas.

Hasta aquí, las especulaciones. La coyuntura es urgente y terrible, y por necesidad la opinología nacional lleva días escudriñando obsesivamente sus detalles. Pero hay un asunto de fondo que me parece tiende a pasar desapercibido: el país está atravesando por la crisis política más aguda y encarnizada de los últimos 17 años, una que pone en entredicho la viabilidad de su endeble democracia y —esto no es exageración— la ya escasa legitimidad de su aparato estatal, y aún así no creo que haya nadie capaz de explicar con claridad cuál es el contenido de lo que está pasando.

Y no me refiero al contenido mafioso del asunto, sobre el que ciertamente todos podemos especular de manera más o menos informada. Me refiero a su contenido político, en el sentido legítimo del término. Y no creo que nadie pueda explicarlo porque en realidad no hay tal. El contenido es cero.

Como ha sido el caso con la recalcitrante guerra sin cuartel que la mayoría parlamentaria le ha hecho al Ejecutivo desde el momento de su instauración, la verdad es que no hay nada significativo en disputa. No hay diferencias ideológicas ni se trata de proyectos fundamentalmente distintos. No representan a actores sociales o económicos opuestos e imposibilitados de acuerdo: aunque los putativos teóricos del fujimorismo se empeñen en pretender lo contrario, no hay una lectura “clasista” que explique el enfrentamiento. Ni siquiera el dinero corrupto que corre bajo la mesa los distingue. Para todo efecto político real (y no solamente en la superficie y las apariencias), PPK y Fuerza Popular son matices y variaciones de lo mismo.

Y aun así hemos llegado a este punto. No hacía falta, pues en realidad ya lo sabíamos, pero lo cierto es que el proceso de esta vacancia presidencial esencialmente vacía de contenido ha desnudado, como pocas cosas antes, una verdad tan profunda como terrible: la vida política peruana está enteramente capturada por conflictos sin más significado que el de una guerra entre pandillas. A juzgar por las evidencias de estos días, eso es todo lo que hay. Eso es todo lo que tenemos.

Salir de ahí es la tarea principal. Y para ser sincero, hoy no creo que lo logremos. 

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