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¿Hubo “pishtacos” en los Andes prehispánicos?

Enviado el 18/01/2017

En el siglo XX las historias de pishtacos o nacajs hablan de terroríficos seres malignos que extraen la grasa de los campesinos indígenas para fabricar campanas o para lubricar maquinaria moderna, incluso fuera del país.  A inicios del siglo XVIII, las primeras referencias a nacajs indican que la grasa humana era utilizada para preparar medicinas en las boticas de los hospitales administrados por y para los españoles.

Es sabido que en los siglos XVI y XVII los españoles utilizaban el aceite vegetal para cauterizar heridas.  En algunos casos extremos, durante la violenta Conquista del siglo XVI, los españoles utilizaron la grasa humana de guerreros indígenas muertos para realizar ese tipo de curaciones, por ejemplo en Panamá en 1515.  ¿Ocurrió algo parecido en los Andes?

No hay referencias al respecto en las crónicas u otros documentos sobre la Conquista del Perú.  Sin embargo, en la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España (ms.1568) de Bernal Díaz del Castillo [ca.1495-1584], participante en la conquista de los Aztecas a órdenes de Hernán Cortés, hay algunas menciones relevantes.  Cuando los españoles sitiaron la ciudad de México-Tenochtitlan en 1521, Bernal Díaz menciona: “nos curábamos con aceite nuestras heridas” (Cap. CLI).

Sin embargo, cuando en 1519 la hueste avanzaba por dominios de los Tlascaltecas y fue repetidamente atacada, la situación se hizo crítica: “Y en aquel recuentro hirieron a cuatro de los nuestros, y parésceme que desde ahí a pocos días murió el uno de las heridas […] y con el unto de un indio gordo de los que allí matamos, que se abrió, se curaron los heridos, que aceite no lo había” (Cap. LXII).  Tras un segundo ataque: “con el unto del indio que ya he dicho otras veces se curaron nuestros soldados, que fueron quince, y murió uno dellos de las heridas, y también se curaron cuatro caballos questaban heridos” (Cap. LXIII).  Finalmente, después de un tercer choque: “se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho. ¡Oh qué mal refrigerio [= aprovisionamiento] teníamos, que aun aceite para curar ni sal había!” (Cap. LXV).

No contamos con evidencia de que en los 40 años que demoró el proceso de invasión y conquista de los Andes (1532-1572) los españoles se hayan visto en situaciones críticas similares a las que narra Bernal Díaz, y que se hayan visto forzados a utilizar grasa humana en lugar de aceite vegetal para curar sus heridas de guerra.  Sin embargo, esta práctica médica estaba generalizada entre los colonizadores y era completamente ajena a la población andina (e indígena americana en general).

Por eso, es doblemente interesante la mención hecha por el sacerdote español Cristóbal de Molina [ca.1528-1585].  Llegado joven al Cuzco, a mediados de la década de 1550, aprendió muy bien la lengua quechua.  Hacia 1565 fue asignado al “Hospital de los Naturales” (hospital para indios fundado en 1556) y en 1572, al crearse allí la parroquia de San Pedro, fue promovido a párroco, cargo que sirvió por 13 años hasta su muerte, el 29 de mayo de 1585.

En un informe dirigido al obispo del Cuzco, titulado Relación de las Fábulas y Ritos de los Incas (ms.1575), el párroco Molina menciona que en torno al año 1570 los “Incas de Vilcabamba” (1537-1572) habrían difundido un rumor contra los españoles para atemorizar a los indios: “haber tenido y creído por los indios que de España habían enviado a este reino por unto de los indios para sanar cierta enfermedad, que no se hallaba para ella medicina sino el dicho unto; a cuya causa en aquellos tiempos andaban los indios muy recatados y se extrañaban [= distanciaban] de los españoles en tanto grado, que la leña, yerba u otras cosas no lo querían llevar a casa de español, por decir no los matase[n] allá dentro para les sacar el unto.  Todo esto se entendió haber salido de aquella ladronera por poner enemistad entre los indios y españoles” (ed. 2008, por Henrique Urbano, p. 128).

Así, el uso de aceite vegetal para curaciones médicas debió difundirse en los hospitales que los españoles establecieron en las principales ciudades del Virreinato del Perú en los siglos XVI-XVII, y esta novedad pudo dar pie a malentendidos entre la población indígena sobre el origen de esos aceites medicinales.  Lo que resulta bastante claro es que la idea de extraer la grasa del cuerpo humano para usos curativos no procede de la tradición indígena andina, sino que proviene de Europa.  Complementariamente, las mejores fuentes sobre la religión y creencias indígenas incaicas prehispánicas (la Relación de Molina o la Nueua Corónica de Guman Poma, por ejemplo), no mencionan nada parecido a un personaje como los pishtacos o nacajs de las tradiciones orales del siglo XX.

Lo que si existen son algunas escasas referencias en textos coloniales de finales del siglo XVI a “nacac”, pero éstos habrían sido sacerdotes incaicos especializados en degollar a las llamas y alpacas sacrificadas en diversos rituales del culto solar: “humu, hechicero, nacac, carniceros o desolladores de animales para el sacrificio […].  Ellos mataban la res, la desollaban, abrían y observaban, para ver lo que decían, y adivinaban por las entrañas y asadura [= grasa], y conforme a eso, lavaban la carne tantas o tantas veces, la asaban o cocían, o hacían lo que acerca de ello estaba determinado” (Jesuita anónimo, “Relación”, ms. ca.1594, ed. 1879, por Marcos Jiménez de la Espada, p. 170).

Sobre los sacrificios humanos, negados por el Inca Garcilaso pero registrados por otros cronistas y estudiados por los arqueólogos de hoy, tenemos la descripción del jesuita Acosta: “usaron en el Pirú sacrificar niños de cuatro o de seis años hasta diez; y lo más desto era en negocios que importaban al Inga, como en enfermedades suyas para alcanzarle salud; también cuando iba a la guerra, por la victoria.  Y cuando le daban la borla [= mascapaicha] al nuevo Inga --que era la insignia de rey, como acá el cetro o corona-- […].  El modo de sacrificarlos era ahogarlos y enterrarlos con ciertos visajes [= gestos] y ceremonias; otras veces los degollaban, y con su sangre se untaban de oreja a oreja.  Tambien sacrificaban doncellas [= aqllas] de aquellas que traian al Inga de los monasterios [= aqllawasi]” (Historia Natural y Moral de las Indias, Sevilla 1590, Lib. V, cap. 19, pp. 348-349; ed. 2008, por Fermín del Pino, p. 177).

La evidencia arqueológica de sacrificios humanos incaicos, como la famosa “momia Juanita” del nevado Ampato en Arequipa, indica que fueron efectuados mediante un certero y fatal golpe en el cráneo, no mediante cortes en el cuello.  Por supuesto que hay evidencia arqueológica de sacrificios humanos por degollación, especialmente en los dibujos de la cerámica de la cultura arqueológica Moche (200-850 d.C.), de la Costa Norte Peruana.  Pero no hay manera de conectar ese tipo de prácticas rituales con la idea de extracción de grasa humana de las victimas sacrificadas.

En ese sentido, nacajs y pishtacos son personajes fantásticos inventados en la Época Colonial, probablemente entre finales del siglo XVII e inicios del siglo XVIII.  Su función como atemorizante advertencia para mantener siempre alertas a sus miembros, frente a las constantes intromisiones de “foráneos” en la vida de las comunidades campesinas indígenas, se ha adaptado a los sucesivos cambios tecnológicos del mundo Occidental --entendidos de manera indirecta y distorsionada por los pobladores andinos--, en los últimos 300 y más años.  Su adaptación a contextos urbano-marginales ha transformado en las últimas décadas a los pishtacos en “saca-ojos” (1988) y en los “roba órganos” del siglo XXI.

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