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Autoritarismo Competitivo a la otomana

Enviado el 19/04/2017

El referéndum realizado en Turquía el domingo pasado le dio una victoria al actual presidente, Recep Erdogan. Las 18 enmiendas propuestas, sobre las que se votó en bloque (sí o no), eliminan la figura del Primer Ministro y concentran más poderes en la oficina del Presidente. En teoría, transforman el sistema de gobierno turco de un parlamentarismo a un presidencialismo. En la práctica profundizan un régimen que desde hace mucho parece más un autoritarismo competitivo que una democracia. Erdogan convocó al referéndum porque a pesar de que su partido ganara las últimas elecciones parlamentarias, no obtuvo el 60% de los votos que requería para aprobar las enmiendas en el legislativo.

Con estas enmiendas, el presidente podrá elegir directamente a 12 de los 15 jueces que conforman la Corte Constitucional, sin una nominación previa por parte del Legislativo; tendrá mayor potestad para emitir decretos legislativos (aunque algunos temas permanezcan como competencia exclusiva del Legislativo, como los Derechos Humanos); podrá nominar ministros y presentar el borrador del presupuesto del Estado; entre otros. Las elecciones presidenciales y parlamentarias se celebrarán en el mismo día cada cinco años y el presidente tendrá un límite de dos períodos. Si bien muchos de los cambios recién se verán en su real magnitud el 2019, año en que la figura del Primer Ministro deje de existir formalmente y se elija al primer presidente bajo las nuevas reglas de juego, la concentración del poder en Erdogan ha recorrido ya un largo camino.

En el referéndum, que parece alargar la tendencia del 2016, el “sí” se impuso sobre todo en las zonas rurales del país, mientras el “no” recibió el respaldo de las ciudades más importantes y de las élites urbanas. Una vez más, la urbanización y los valores cosmopolitas aparecen como clivajes en una sociedad de la que no todos se sienten iguales. La popularidad de Erdogan y de su partido, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), ha estado basada principalmente en estos sectores de la sociedad, más conservadores y cercanos a los valores islámicos, a quienes la promesa de una Turquía secular y de aspiraciones occidentales no supo incluir en su proyecto. Las prolongadas negociaciones de acceso a la Unión Europea tampoco fueron de ayuda. El proceso continúa dando vueltas a las oficinas de Bruselas y en Turquía prevalece cada vez más la sensación de que nunca iban a dejar ingresar a un país predominantemente musulmán.

No se trata de una anécdota menor, pues tanto Erdogan como AKP se presentaron en un inicio como una versión musulmana de las democracias cristianas europeas, respetuosos del orden democrático, pero además preparados para empujar la candidatura de Turquía a la UE. Esto implicaba la profundización de su débil democracia (Turquía nunca ha sido ajena a los golpes de estado) y el respeto de los derechos humanos (el 2004, con Erdogan como Primer Ministro, se abolió la pena de muerte, requisito indispensable para la candidatura turca). Al final, si la UE quería acoger a Turquía en el orden democrático occidental, terminó por enviarle la señal de que sin importar cuánto trataran, nunca serían como ellos.

Excusa o no, Erdogan pudo dejar de concentrarse en el ingreso a la UE, la que se mostraba más como una quimera que como una posibilidad real. Turquía nunca fue una democracia plena ni mucho menos estable, y, en los últimos años, Erdogan, envalentonado por las varias elecciones que ganó y sus altos índices de popularidad, ha continuado su camino a lo que Levitsky y Way denominan “Autoritarismo Competitivo”. El término se refiere a aquellos gobiernos que no son autoritarismos clásicos pero tampoco son democracias plenas. Son regímenes, conocidos en nuestra región, en los que las instituciones democráticas formales (principalmente el voto) son vistas como una forma de justificar y ejercer el poder político. El campo de juego se inclina en favor del gobernante, haciendo que, aunque formalmente se celebren elecciones y la oposición pueda participar de ellas e incluso eventualmente ganarlas, no se respeten plenamente los estándares democráticos.

En Turquía la represión contra la oposición, la prensa y los manifestantes son comunes. Turquía tiene más periodistas en prisión que cualquier otro país y Erdogan ha sido capaz de gobernar de facto a pesar de no ser el Primer Ministro (figura que será abolida con estas reformas) desde el 2014. Al final del día, el referéndum más que ponerle fin al sistema parlamentario imaginado por Ataturk, ha consolidado el Autoritarismo Competitivo que Erdogan ha estado cultivando.

Gabriela Camacho Garland pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

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