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La Amazonía sin rostro

Enviado el 26/04/2017

Desde la perspectiva de las naciones la Amazonia no tiene rostro. Es vista y clasificada, según las representaciones que el imaginario nacional produce. Cuando la rostridad emerge como una resistencia –lo que Andrea Cabel ha llamado la auto-representación indígena amazónica–, la represión es cruel e inminente. Un retrato de esta carencia de rostro nos lo brindan dos textos que forman parte del Festival Internacional Amazónico de Cine de Fronteras. Se trata de la película Iracema, uma transa amazónica (1976), de Jorge Bodanzky y el documental La espera, historias del Baguazo (2013), de Fernando Vílchez.

En ambos casos el espacio amazónico se convierte en un espacio de exclusión y muerte. Esta es la operación estatal que marginaliza estos territorios y localiza a sus habitantes dentro de sistemas de opresión social. No obstante, hay que hacer aquí una importante precisión. No solo es un factor de clases sociales lo que configura este espacio, sino, sobre todo, una cuestión racial. Como se aprecia en los trabajos de Bodanzky y Vílchez la Amazonia es un espacio racializado, inferiorizado en tanto que es habitado por poblaciones indígenas. Por esto mismo, la Amazonia es concebido como un espacio vacío, aunque en el proceso de esta concepción en realidad se convierte en un espacio vaciado. El vaciamiento implica el exterminio ecológico y étnico.

El exterminio es el discurso oculto que fundamenta las medidas de desarrollo de la nación. Se trata de alcanzar un grado de modernidad a costa de la negación de identidades locales. En La espera, por ejemplo, en el discurso de la protección de la seguridad nacional, que subyace en la ejecución de la represión policial del 5 de junio de 2009, lo que se observa es cómo los sujetos awajum-wampi se convierten en “los enemigos”. De este modo se hace legal su ejecución. En este sentido la base de un argumento como la seguridad nacional consiste en asesinar a todos aquellos cuerpos que se opongan a las medidas de desarrollo liberal.

Toda acción es justificada en nombre del progreso. Ignorar convenios como el 169 de la OIT, la consulta previa; crear estados de excepción donde sea justificado el homicidio de los “enemigos” de la nación. Y la Amazonía es solo aquello que el Estado quiere ver. Ahora, el Estado no es solo una institución, es un modo de racionalidad que atraviesa a policías, ministros, presidentes. La maquinaria estatal funciona a partir de la desfiguración de los rostros del espacio amazónico (corporal y territorial).

Desfigurar resume una película como Iracema. La construcción de la carretera transamazonica en los 70’s, las escenas de la tala e incendio de bosques, permiten entender la intervención violenta del Estado brasileño en un territorio que considera virgen. Dicha intervención está justificada por una articulación de poderes que Bodanzky logra captar: militares, la iglesia católica, empresarios. En este sentido el personaje de Tiao es el epítome de esta racionalidad colonial-estatal (en semejanza al Alan García, expresidente “colonialista” peruano). Las referencias constantes de Tiao/García al progreso del país, su confianza en el futuro (Un Brasil grande, un Perú de primer nivel), demuestran la falacia de la nación, ya sea bajo un régimen dictatorial o democrático. ¿Es decir, quienes realmente se benefician de ese desarrollo? En un segmento de La espera, Antero Flores Araoz señala que es absurdo hablar de “pueblos olvidados del Perú”. Sin embargo, esa supuesta dificultad estatal por atender cuestiones de salud o derechos ciudadanos en zonas rurales, en realidad es una expresión colonial que busca el exterminio a través de la producción de muertos o muertos-en-vida.

Bodanzky y Vílchez precisan que solo hay una clase dominante en muchos casos blanca, mientras que los pobladores locales (sujetos sin derechos, perros del hortelano), especialmente las mujeres, experimentan la pobreza, la prostitución, el desalojo, la muerte y sus variantes. La degradación de Iracema es producto del extractivismo, del progreso del país. Enfaticemos que en el contexto de esta película es el cuerpo femenino sobre el que se marca con mayor violencia la construcción de un país moderno. El discurso de la modernidad solo favorece a los dirigentes de la explotación. Explotación de tierra, de cuerpos, de sexos. Por supuesto, este es el rostro que no se muestra.

Ambas películas cuestionan además modos culturalistas de representación. Por un lado, Iracema desmitifica cualquier aproximación paternalista para comprender las realidades indígenas. Por otro lado, en La espera es interesante advertir los contrastes entre las iniciales referencias a una noción sagrada de la tierra y una posterior lectura política de la resistencia del Baguazo. Y es que, en contextos de muerte y degradación colonial, no sirve de nada el orgullo nacional y mucho menos una idealización new age de las culturas amazónicas. La contribución de Bodanzky y Vílchez es hacernos mirar en su crudeza el proceso de desfiguración estatal del espacio amazónico. 

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