Noticias SER
Logo SER

Manta y Vilca

Enviado el 19/04/2017

Era 1983, uno de esos años en que la violencia empezaba a azotar el país, especialmente en los lugares más alejados de Lima, no solo por las distancias geográficas sino por esas otras que se establecen cuando la población es quechua, indígena, originaria de los pueblos olvidados e invisibilizados. Eran Manta y Vilca dos distritos en la provincia de Huancavelica, no tenían agua, ni luz, y apenas un puesto de salud y colegio. Sus casas de adobe con un techado de ichu nos remiten a las imágenes bucólicas de postal que se venden en los sitios turísticos que intentan graficar la paz del paisaje de los pueblos andinos. Allí llegaron los senderistas, los tutapurisqa, convenciendo con sus discursos de cambio y de nuevas posibilidades a algunos pobladores. Sendero impuso sus reglas, tomó el control del territorio y declaró a Manta como “zona liberada”.

Esta situación originó que, con el fin de combatir el terrorismo, se instalaran tres bases militares en la zona, una en el distrito de Vilca, otra en Manta y otra en Ccoricocha, que no estuvo mucho tiempo. Los militares tomaron el control de los pueblos y al terror que había generado Sendero Luminoso, le continuó el terror de los militares asentados en las bases, quienes se ensañaron especialmente con las mujeres. Fueron Manta y Vilca el escenario de un campo de batalla sobre el cuerpo de las mujeres, quienes fueron permanentemente violadas, por los soldados a vista y paciencia de los mandos o con la colaboración de estos. Fue este tiempo de violaciones y miedo la expresión del poder que tenían los hombres, que mediante las violaciones enviaban un mensaje a los otros hombres, a los comuneros, a los hermanos, a los esposos, para que les quede claro quienes tenían el control, tanto que podían hacer lo que quisiera con las mujeres, “sus mujeres”, porque en la violación está presente también la disputa masculina sobre el cuerpo de las mujeres y su posesión.

La violación también es una forma de disciplinamiento, de castigo a quienes se sospecha de que podrían ser colaboradoras de los terroristas. Las acusaciones de “terrucas” fueron la excusa fácil para liberarse de cualquier signo de responsabilidad, pues en el marco interpretativo que existía en esos tiempos y que en buena medida se mantiene, por el hecho de ser “terruca” cualquier castigo o tortura se justificaría. Los testimonios que vienen dando, en el marco del juicio que se desarrolla ahora, 33 años después, las víctimas de violaciones por parte de militares en Manta y Vilca, son impactantes. Una de ellas cuenta:

“Me asusté y empecé a quitarme la ropa. 'Conc... terruca ahora vas a ver', dijo y se sacó su polo y su pantalón. Llamó a unos soldados y les ordenó violar a mi sobrina. Mientras a mí me violaba, a un costado de la cama los soldados hacían lo mismo con mi sobrina. Terminó de violarme y se paró. El soldado seguía violando a mi sobrina. Entonces el militar pisó con furia la espalda del soldado gritándole que siga. Después le jaló de su polo y le mandó a que me viole y él pasó a violar a mi sobrina.”

Rita Sagato señala que la violación es también un “acto de moralización” y que el violador nunca está solo. “Aunque actúe solo,” dice, “está en un proceso de diálogo con sus modelos de masculinidad, con figuras como su primo más fuerte o su hermano mayor. Está demostrándole algo a alguien (a otro hombre) y al mundo a través de ese otro hombre.” Y la presencia de esos otros hombres está incluso en su ausencia, está en el hecho de que la potencia de un hombre tiene que ser demostrada, y contada seguramente, para no parecer menos hombre, para igualarse a los otros. Ello es patente, por ejemplo, en lo que le dijo uno de los soldados a María antes de violarla: “todos te han pasado a ti, yo porque no”.[3]

Suele pensarse que la violación a las mujeres, ya sea en tiempo de paz o de guerra, es un asunto de hombres desquiciados, o que no pueden detener sus irrefrenables deseos sexuales, porque estos resultan incontrolables, siendo ésta una de las principales excusas que se dan y que en múltiples ocasiones son validadas por jueces y por el sentido común en general. Pero no es así, los violadores son conscientes de sus actos, saben que sus amenazas surtirán efecto y que el miedo será el principal artífice del silencio. “Ella intentó defenderse pidiéndole que no le ‘abusara’ y diciéndole que iba a acusarlo ante el teniente. El soldado que la violó estaba armado y le amenazó diciéndole: ‘cuando tú avises, te voy a matar.’”[4]

En el caso de Manta y Vilca, las mujeres estaban en total indefensión, no tenían a donde recurrir, no se las escuchaba, no se les creía. Tuvieron que pasar muchos años para que pudieran ser escuchadas, para sacar el nudo que les apretaba la garganta, para liberarse un poco del sentido de vergüenza y el dolor inmenso con que tuvieron que vivir. Fueron 24 mujeres, ya adultas, que dieron su testimonio a la CVR sobre hechos que muchas de ellas vivieron cuando tenían apenas entre 15 y 17 años. Contaron que no había un solo lugar de refugio; llegaban a sus casas, se las llevaban a las bases, se las emborrachaba, se las violaba en grupo, sin un mínimo de compasión frente a sus gritos de dolor.

Recién fue en el año 2007, con el apoyo de instituciones feministas y de derechos humanos como DEMUS e IDL, que lograron denunciar. Y en el 2015 fue cuando se realizan las acusaciones. Pasó un año más para que la Sala Penal abra un juicio. Son 14 militares los acusados y al juicio no se han presentado todos.

El 17 de abril iba a ser una fecha histórica entre tanto olvido e impunidad porque las mujeres de Manta y Vilca denunciantes de violación sexual iban a ofrecer sus testimonios en el juicio ante la Sala Penal Nacional, en una audiencia reservada, dizque para protegerlas a ellas, aunque parece que a quienes quieren proteger es a los victimarios. Sin embargo, la audiencia fue suspendida porque el abogado de uno de los acusados pidió más tiempo para preparar su defensa, obstaculizando una vez más el avance hacia el logro de justicia para tantas mujeres que quieren que se juzgue a los culpables y que se envíe un mensaje a la sociedad de que estos abusos nunca más deben permitirse, ni en guerra, ni en paz.

Manta y Vilca son dos hermanas que, como los miles de niñas de nuestro país, soñaban con un futuro mejor, un futuro distinto, mientras la vida transcurría apaciblemente en su pueblo. De pronto, todo se detiene y la irrupción de los sinchis en la comunidad y en la casa viene aparejada con el miedo, la angustia, la pérdida de todo lo que hasta ese momento era seguro. Manta y Vilca sienten el terror, se abrazan y nos abrazan, para atenuar el miedo que sentimos también nosotras, que estamos allí como espectadoras, cuando golpean la puerta y nos quedamos con ellas encerradas, sintiendo por una fracción de segundo lo que debieron sentir las niñas y mujeres cuando llegaba la soldadesca. Manta y Vilca nos llevan no solo por el camino de la memoria para que sintamos y conozcamos lo que sucedió allá en Huancavelica, sino que nos interpelan y nos acercan a nuestra propia humanidad, a nuestros propios dolores y a los suyos, nos llevan a sentir por unos segundos el dolor de las otras, de todas aquellas que sufren la violencia, que la vamos sintiendo en nuestra piel, bien adentro. Manta y Vilca es la obra de jóvenes creadoras del colectivo Trenzar[5] que se está escenificando por estos días en la Casa Pausa, en Miraflores. Es una obra imprescindible, es la historia de mujeres valientes que pese a tanta ignominia siguen buscando justicia y reparación. ¡No dejen de verla!  

 

 


 

[3]Informe en derecho sobre el caso de violación sexual de mujeres del distrito de manta por parte de miembros del ejército peruano durante los años 1984 y 1994, Clínica Jurídica de Acciones de Interés Público de la Facultad de Derecho - Sección Penal e Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Pontificia Universidad Católica del Perú, abril del 2015.

[4]Ídem

[5]En la dirección y gestión en Trenzar están Micaela Távara y Alondra Flores. La obra “Manta y Vilca - Memoria escénica” es interpretada por Mehida Monzón y Carmen Amelia Álvarez. El proceso creativo del guión se trabajó con la guía de Jorge Black Tam. Para mayores detalles, consulte su página en Facebook: https://www.facebook.com/events/773076009509542/

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
CAPTCHA de imagen
Escriba los caracteres que se muestran en la imagen.
Comentario Destacado
Muy claro Jefrey, lo lamentable es que amplios sectores de la sociedad ayacuchana no muestra organizacion alguna, cosa que si hacen los que se benefician de la corrupcion. Entonces "a robar que el mundo se va a acabar" parece ser el modelo de la conducta social actual y futura Leer más >>
El Video de la semana
Haykapikaman Suyasun Programa Radial (Huanta)
Enlaces
texto