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Enemigos íntimos

Enviado el 19/09/2017

(o, por qué el “modo crisis” es permanente en la política peruana actual)

De la crisis ministerial vivida en el Perú en los últimos días, lo más sorprendente quizás haya sido la cantidad de observadores que quisieron ver a PPK —¡al fin!— “parao y sin polo” frente la intransigente oposición fujimorista. Para ellos, la decepción ha de haber sido grande: al final, la crisis se ha “resuelto” con un acelerado retroceso del Ejecutivo. PPK no estaba parao esta vez tampoco; estaba, como ha estado desde el inicio de su gobierno, echao ante sus rivales en el Congreso y la “lideresa” que los digita.

Digo que la crisis se ha “resuelto”, así entre comillas, porque me parece inevitable que vuelva a reventar. Tal vez esta misma semana o la próxima, tal vez a más largo plazo (pero no mucho), el desencuentro fundamental entre el Ejecutivo y el Legislativo —que define la política peruana en el presente período— se irritará nuevamente, y habrá otro estallido.

Del lado del Ejecutivo, la realidad es esta: PPK no puede ni quiere confrontar al fujimorismo. No puede, y lo sabe bien (zonzo no es), porque la correlación real de fuerzas no se lo permite. Dado el Congreso que tiene en frente, y dado que su objetivo es administrar “el modelo” hasta el 2021 sin hacer muchas olas en el proceso, contemporizar es su única jugada. Su debilidad es estructural, y entenderlo es parte de su famoso pragmatismo.

Aún así, sería factible pelear aunque fuera únicamente por los flancos —¿el LUM? ¿la SUNEDU? ¿la palabra “género”?— y PPK no lo ha hecho ni está dispuesto a hacerlo; al contrario, como se desprende de la composición de su nuevo gabinete, perder esas batallas aun antes de darlas no parece molestarle demasiado. Es claro que no quiere pleitos, ni siquiera los que le darían rédito político.

Tampoco esto debería ser noticia para nadie. PPK nunca ha visto al fujimorismo como su enemigo, aunque lo vea como un rival. Con Fuerza Popular no tiene ningún desacuerdo de fondo, solo algunos desacuerdos de superficie. Y además de eso, ninguno de los dos bandos en esa disputa es particularmente firme o insistente en lo ideológico. Son flexibles. Sus intereses son otros.

Del lado del fujimorismo, sin embargo, la bronca es absolutamente necesaria. Las razones también son de fondo. Aunque hace toda clase de esfuerzos para aparentar lo contrario, y con frecuencia le resulta, lo cierto es que Fuerza Popular se enfrenta al Ejecutivo desde una posición de gran debilidad.

Fuerza Popular es una frágil coalición de intereses antes que un partido político en el sentido tradicional del término (aunque también sea eso por momentos y en algunos niveles). Esa coalición está organizada como una red (corrupta) de patronazgo y clientelaje, y su cohesión e integridad dependen del acceso a los recursos, proyectos y capitales de inversión pública que por lo general se controlan y administran desde el Ejecutivo nacional o los gobiernos subnacionales. Por eso, no haber alcanzado Palacio en 2016 los dejó a la defensiva, en una carrera contra el tiempo y bajo la amenaza permanente de la ruptura de su bloque parlamentario, que no necesariamente responde a los intereses del liderazgo central y que debe ser sometido a disciplina con rapidez y violencia, casi a diario.

Así, el fujimorismo está obligado a impedir, tan obcecadamente como pueda, que el Ejecutivo utilice eficazmente aquellos recursos, proyectos y capitales de inversión para montarse sobre sus redes clientelares u organizar otras, y esto requiere encontrar permanentemente excusas políticas para obstaculizar las acciones de gobierno. Más aún, cuando no se tiene realmente una agenda de políticas públicas desde la cual legislar, como es el caso de Fuerza Popular, el control del Congreso es un arma pesada, de limitadísima maniobrabilidad. Obstruye, pero no hace nada más. Esto, por cierto, es un arma de doble filo: el obstruccionismo parlamentario puede terminar haciéndole enorme daño a quienes lo blanden a ciegas, y es por eso, entre otras cosas, que el fujimorismo en general y Keiko Fujimori en particular corren con tanta prisa.

A lo anterior hay que sumar, además, la alianza del alanismo —que tiene sus propias redes clientelares y esferas de influencia dentro del Estado— con Fuerza Popular. Ahí el principal interés común es la defensa cerrada de la cúpula partidaria contra acusaciones de corrupción e investigaciones serias. Hasta ahora la confluencia les viene dando estupendos resultados y todo indica (a juzgar, nuevamente, por la composición del flamante gabinete) que dará muchos más.

En resumen: PPK y el fuji-alanismo están atrapados en una dinámica perversa sin visos de resolución, y no tienen realmente una salida política a la lógica mutuamente destructiva en la que se encuentran. PPK no puede hacer otra cosa que ofrecer repetidamente ramas de olivo a sus rivales: el BCR, Defensoría, Educación, Salud, Justicia, PCM, y lo que sea que venga después. Pero el fujimorismo (y el alanismo, al menos por ahora) no puede hacer otra cosa que rechazar esas ofrendas y patear el tablero una y otra vez hasta el próximo ciclo electoral, donde prometen colmar sus expectativas y hacer suyos los mayores botines del Estado.

Fuera de esta dinámica, por cierto, quedan los movimientos sociales y de protesta ciudadana, los focos de conflicto y los puntos de presión extraparlamentarios. Como se ha visto en meses recientes, los actores sociales movilizados pueden inclinar la balanza en una u otra dirección (en esto, el fujimorismo ha demostrado mucha mayor astucia que el gobierno), pero es obvio que responden a lógicas propias y no están capturados por nadie. Como ha sucedido antes, ese puede terminar siendo el “factor X” de la política peruana, generando por la vía de los hechos una resolución al impasse.

Pero nada de eso parece estar al alcance de la mano en el momento presente, y el entrampamiento continúa. Situación en extremo peligrosa, pues significa que nadie sabe cómo, ni cuándo, ni por dónde la cosa va a reventar, aunque todos sabemos que tarde o temprano reventará, y nos limitamos a esperar.

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