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Diálogo en medio del derrame de petróleo

Enviado el 21/02/2016

 

Seguramente quienes vivimos en Lima no nos percatamos de la magnitud del desastre acontecido en la selva peruana en las últimasemanas, porque no lo vemos directamente y porque no se informa ampliamente sobre los hechos ocurridos. Entre tanta cobertura sobre el proceso electoral y si los picarones son chilenos o peruanos, se diluyen temas que son verdaderamente transcendentales para pueblos indígenas cuyo hábitat ha quedado destruido. Y menos recordamos que estos derrames no se producen por primera vez, sino veamos lo ocurrido en noviembre del 2014 en el distrito de Urarinas en el tramo I del Oleoducto Norperuano. Por ello, es indignación lo que sentí al ver el video registrado por la Municipalidad distrital de Imaza – Chiriaco, en Amazonas, una de las zonas afectadas por el derrame del crudo, el pasado 25 de enero, así como el derrame producido en Muyuriaga, en el distrito de Morona, en la provincia de Datem del Marañón, en la región Loreto.

 

Vivimos en un país con un régimen democrático en el que según el Articulo 2, inciso 1 de nuestra Constitución, toda persona tiene derecho «a la vida, a su identidad, a su integridad moral, psíquica y física y a su libre desarrollo y bienestar. El concebido es sujeto de derecho en todo cuanto le favorece», pero nos preguntaos ¿cómo se garantizan estos derechos? En nuestro país los sectores más empobrecidos luchan por defender sus derechos frente a un Estado, cuyos gobernantes de turno, no sólo no los escuchan, sino que además ejercen la fuerza represiva frente a sus manifestaciones de reclamo, en lugar de establecer un diálogo genuino y prevenir los conflictos y desastres como los ocurridos en la selva peruana.

 

Tenemos una sociedad multicultural y pluricultural, en la que la diversidad es nuestra riqueza y sin embargo no se valora y reconoce su aporte. Existen diferentes puntos de vista sobre el desarrollo, las actividades extractivas, las necesidades y los intereses de los actores, los que en un país democrático deben de estar garantizados, pero el problema radica en precisar cuáles deberían ser los canales para que los diferentes grupos expresen sus posiciones e intereses. La falta de una escucha activa del Estado ha hecho que muchas veces estos canales sean las calles o las carreteras, apelando al derecho de protesta pero que al perjudicar el derecho de otras personas a la libre circulación, choca con otras necesidades e intereses. El tema está en cómo la sociedad se organiza para procesar apropiadamente sus diferencias a través de canales democráticos. Por ello el diálogo como espacio deliberativo constituye una herramienta central en la búsqueda de acuerdos y consensos. No se trata de cualquier diálogo, éste debe de ser un diálogo genuino.

 

Si las autoridades no reconocen a los pueblos indígenas como ciudadanos con similares derechos, como aquellos que viven en las ciudades, no se generaría la desconfianza existente que limita este diálogo genuino. Para graficar lo señalado basta con revisar las noticias respecto al manejo de la información sobre los últimos acontecimientos ocurridos en la Amazonía. Mientras las autoridades de Petroperú señalan que todo estaba controlado, las imágenes y fotografías que han ido circulando por medios alternativos y por la propia municipalidad de Imaza, demuestran lo contrario. 

 

Otro de los casos que refuerza los niveles de desconfianza está referido a la contaminación de parcelas de arroz en el distrito de Pucará, en Cajamarca. Una nota en Perú21 señalaba que «Canal N informó que este problema se está prolongando por más de 48 horas pero que el personal de Petroperú mantuvo en reserva el problema y ha cubierto la zona de carpas para evitar que los pobladores se percaten del hecho. Son más de 100 kilómetros de territorio afectado». ¿Por qué ocultar lo evidente? y más en un contexto tan exacerbado por los derrames previos.

 

Lederach señala que debemos de revisar el significado de las mesas de negociación ya que muchas veces éstos espacios no consideran a todas las personas como por ejemplo a las personas afectadas por los conflictos que no cuentan con representación orgánica. Pero también estos espacios de diálogo y negociación son fundamentales porque permiten restablecer vínculos para sostener un diálogo genuino. 

 

Si queremos fortalecer nuestra democracia, debemos de promover el diálogo genuino, lo cual implica una serie de compromisos, y sobre todo voluntades políticas. Es necesaria la «predisposición para encontrarse, para el interaprendizaje, para la remoción de ideas, actitudes y discursos», en este sentido es impostergable establecer un diálogo entre Petroperú y las poblaciones afectadas por estos derrames. Por ello, nos parece saludable que se haya conformado una mesa de diálogo multisectorial para atender todas las necesidades por las que atraviesan las poblaciones afectadas, pero además es preciso tocar temas centralescomo por ejemplo informar a los pueblos indígenas a qué tienederecho, cómo y cuándo remediarán los daños. Asimismo, informarles sobre la prima de seguro que paga Petroperú para que las familias afectadas pueden reclamar un dinero de las aseguradoras, pero sobre todo que las autoridades locales y funcionarios cumplan con los acuerdos, digan la verdad de las causas de los derrames y se hagan las investigaciones y se dicten sanciones -con toda transparencia-, en la que los propios pobladores y pobladoras participen de las inspecciones para prevenir futuros derrames.

 

Como bien señala Arce Rojas «el diálogo cumple la función de favorecer el encuentro y el aprendizaje sobre la base del respeto, la empatía, la capacidad de escucha. El diálogo parte de la premisa que cada interlocutor tiene sus razones que sustentan su posición. Reconoce además que lo que se trata no es imponer una razón sino de encontrar juntos una razón compartida», pero una vez más esto dependerá de que los funcionarios designados para el proceso de diálogo, los reconozcan como interlocutores válidos, abran sus mentes y corazones para poder realizar esa escucha activa y no sólo sea un espacio para cumplir las formalidades. Tiene que haber un compromiso real de resarcir a las poblaciones afectadas, de escucharlas sobre lo que significa para ellos y ellas la contaminación de la naturaleza, la cosmovisión sobre su entorno.

 

Podemos señalar que la gobernanza se constituye en una manera pacífica para resolver conflictos. «Es decir, la gobernanza es una nueva forma de gobernar de manera horizontal en el marco del desarrollo sostenible y relacionando democrática y colaborativamente al sector público con el privado»(Portugal, 2005: 7). Sin embargo para que esta gobernanza se cristalice es necesario fortalecerla con un diálogo genuino que vaya más allá de las mesas de diálogo o las mesas de negociación, que muchas veces se convierten en una estrategia para calmar los ánimos y no para tratar los temas de fondo o «[…] tienen la tendencia a potenciar intercambios de posturas, de defensas y de demandas, pero no profundizan en la relación», convirtiéndose lo último, en un verdadero desafío.

 

Necesitamos un diálogo intercultural genuino, donde se reconozca al otro en su diferencia, donde se respeten esas diferencias, donde el diálogo se produzca con equidad, en la que la voz de todas las personas afectadas sean escuchadas, que sean espacios de diálogo inclusivos donde participen no sólo varones, sino también las mujeres y los jóvenes.

 

Es pues fundamental institucionalizar el diálogo genuino para fortalecer nuestra frágil democracia. No quedarnos sólo con la utilización de algunas herramientas del diálogo, como son la consulta previa y los canales de participación ciudadana en los procesos de la industria extractiva. En la medida que «el diálogo es fundamental para la cohesión económica y social por lo que su ejercicio en cotidianedad es un imperativo para la paz y el desarrollo sustentable», es fundamental trascender hacia el reconocimiento de la ciudadanía de las poblaciones vulnerables y en esa medida brindarles la oportunidad de dirigir sus destinos, de promover espacios de transformación pacífica genuina de los conflictos.

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