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La Contra-Historia: probabilidades, incertidumbres y anacronismos

Enviado el 20/06/2017

El estudio del pasado, desde la Antigüedad Clásica en Occidente, ha buscado reconstruir los sucesos considerados más importantes (sea cual fuese el criterio de importancia escogido), en función de su veracidad (considerada ésta según los distintos criterios de verdad culturalmente aceptados en cada época).  Desde los tiempos de Heródoto de Halicarnaso y del ateniense Tucídides en el siglo V a.C., siempre ha importado confirmar que lo que interesaba estudiarse hubiese en efecto acontecido, que no fuera una invención, exageración o tergiversación.  De este modo podían reconstruirse los hechos y presentarlos como una “cadena narrativa” desde el pasado hasta el presente.  Este tipo de reconstrucciones históricas, vigentes en los últimos 2,500 años en Occidente, suele presentar la experiencia humana del pasado como una narración “en línea recta”, casi como una cadena inevitable de sucesos.

Sin embargo, una “cadena narrativa” deja de lado una característica permanente de la experiencia humana en todos los tiempos, es decir la incertidumbre --grande o pequeña-- que todos tenemos sobre el presente y, especialmente, sobre el futuro.  Cada acontecimiento ocurrido en el pasado ha sido fruto de un proceso de toma de decisión por parte de los seres humanos involucrados.  Siempre hay por lo menos dos opciones, a veces más.  Al menos puede optarse entre actuar de inmediato o no actuar y esperar.  Las decisiones que se tomen en un primer momento llevarán a una nueva situación, donde habrá que optar y tomar nuevas decisiones.  Y así, sucesivamente.  Una manera de recuperar la experiencia de la incertidumbre en el pasado es planteando la pregunta: ¿Y qué hubiera pasado si, en lugar de la decisión A, se hubiera tomado la decisión B?  A este ejercicio hipotético de imaginar “pasados diferentes” se le llama “Historia contra-fáctica” o “Contra-Historia”.

Aunque una historia contra-fáctica no necesita de documentos históricos ni de trabajo en archivos, si requiere de un excelente conocimiento y manejo de la bibliografía sobre la época escogida.  Este ejercicio académico puede ayudarnos a entender mejor que “el pasado realmente vivido” por las personas de una determinada época no fue experimentado por ellas unilinealmente y sin incertidumbres.  En el pasado, como en nuestro propio presente, se tuvo que escoger entre varias posibles opciones, tomar decisiones en circunstancias complejas y sin toda la información que hubiera sido necesaria.  Por eso mismo, las cosas pudieron haber sucedido de manera distinta a como en efecto ocurrieron.

El gran historiador francés Marc Bloch (n.1886-m.1944), en su libro Introducción a la Historia’(1949), reflexionando sobre “el porvenir de antaño”, lo señaló en estos términos: “Valuar la probabilidad de un acontecimiento es medir las oportunidades que tiene de producirse.  Sentado esto, ¿es legítimo hablar de la posibilidad de un hecho pasado?  En sentido absoluto, evidentemente, no.  Sólo el porvenir es aleatorio.  El pasado es un dato que ya no deja lugar a lo posible.  Antes de echar los dados, la probabilidad para que aparezca cualquier faceta era de uno contra diez; una vez vaciado el cubilete, el problema desaparece.  Puede que dudemos, más tarde, si fue el tres o el cinco el que salió.  La incertidumbre está entonces en nosotros, en nuestra memoria, o en la de nuestros testigos; no en las cosas.

“Analizándolo bien, sin embargo, el uso que de la noción de lo probable hace la investigación histórica no tiene nada de contradictorio.  ¿Qué hace, en efecto, el historiador que se interroga acerca de la probabilidad de un acontecimiento pasado sino transportarse, por un audaz movimiento del espíritu [= la imaginación], ante ese mismo acontecimiento para medir sus probabilidades tal como se presentaban la víspera de que acaeciese?  La probabilidad vive, pues, en el porvenir, pero la línea del presente ha sido, en cierta manera, imaginariamente retirada hacia atrás, de tal modo que es un porvenir de antaño construido con un fragmento de lo que actualmente es, para nosotros, el pasado.  Si el hecho ha sucedido sin lugar a dudas, estas especulaciones no tienen más valor que el de juegos metafísicos: ¿cuál era la probabilidad de que Napoleón naciera o de que Adolf Hitler, soldado en 1914, escapara con vida a las balas francesas?  No está prohibido divertirse con estas cuestiones, siempre que no se tomen por más de lo que son: simples artificios del lenguaje destinados a poner en claro, en la marcha de la humanidad, la parte de lo contingente y de lo imprevisible.” (ed. 1952, p. 98)

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Otro problema en el estudio del pasado es el de los llamados “anacronismos”.  El término es un neologismo en lengua griega (significa “contra-tiempo”), que apareció en el siglo XVII, entre los eruditos que analizaban textos antiguos, para referirse a un elemento que no se ubicaba adecuadamente en una secuencia cronológica.  Este tipo de errores podían ser producto de una falsificación de documentos, con fines de beneficiar a algún interesado.  Pero el error saltaba a la vista de los eruditos, que comparaban el documento modificado (o enteramente falsificado) con un conjunto más amplio de documentos, que formaban un conjunto coherente y consistente entre sí.  De allí proviene la definición del Diccionario de la Real Academia Española: “Error que consiste en suponer acaecido un hecho antes o después del tiempo en que sucedió y, por extensión, incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde”.  Incluso se ha propuesto distinguir entre “paracronismo” (cuando elementos del pasado aparecen en una época posterior) y “procronismo” (cuando elementos de una época más tardía aparecen en una época anterior).

Pero además de estos problemas cronológicos, los anacronismos también pueden afectar la tarea de interpretación que los historiadores realizan.  El gran historiador francés Lucien Febvre (n.1878-m.1956) advirtió en su libro Combates por la historia (1953) que sería un gravísimo error de los investigadores el “proyectar sus ideas, sus sentimientos, sus preocupaciones de hombres del siglo XX en los espíritus y los corazones de los hombres del siglo XVI” (ed. 1971, p. 215).  Hay que tomar siempre en cuenta que los distintos aspectos de la vida social cambian con el paso del tiempo, por lo que no se puede proyectar directamente al pasado la forma de pensar que tenemos hoy en el presente (a este tipo de anacronismo también se le ha llamado “presentismo”).  Febvre aconsejaba a los historiadores: “Evitar el pecado de los pecados, el pecado entre todos irremisible: el anacronismo”.

Sin embargo, el propio estudio del pasado (o “Historiografía”), requiere del uso de conceptos actuales en su explicación.  Es decir, utilizamos conceptos analíticos desarrollados por las Ciencias Sociales en el siglo XX para estudiar sociedades anteriores en el tiempo, en los que tales conceptos muchas veces no existían.  Algunos estudiosos se han esforzado en “traducir” los conceptos de aquellas épocas y explicarlos con la terminología analítica actual.  En palabras del antropólogo mexicano Roger Bartra, estas “traducciones” constituyen: “el nudo trágico con que se encuentran atadas las ciencias sociales e históricas, que descifran ciertos procesos y estructuras para codificarlas de nuevo, pero ahora con los signos y las claves de la época y de la circunstancia social en que vive el investigador” (La jaula de la melancolía, 1986).

Así, los problemas de comprensión e interpretación son fundamentales en la explicación del pasado.  Por ello los historiadores, que reconstruyen las maneras de entender las cosas que tenían las gentes del pasado, deben hacer explícitos sus propios criterios de interpretación (usualmente llamados el “marco teórico” de sus estudios).

 

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