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Después de La Haya

Enviado el 22/01/2014

Por José Ragas

Digamos que ella se llama Silvia y él, Carlos. Están casados y conforman una de las parejas más cercanas de mi grupo de amigos. ¿Mencioné que ella es chilena? No lo hice. Y lo más probable es que tampoco haya mencionado que él es peruano. Se conocieron hace un par de años, se hicieron ‘pololos’ y, venciendo la burocracia peruana, se casaron y se instalaron. Ella sobrevivió el periodo de adaptación en Lima e hizo suyo el recurseo, esa habilidad para conseguir trabajos de donde menos uno se lo espera. No he visto a nadie bailar una cueca con tanta energía como Silvia, para luego entonar a viva voz un vals criollo. El departamento donde vivían debe haber sido uno de los lugares más acogedores en una ciudad tan impersonal como Lima. Bastaba llegar ahí para que se iniciara una conversa de horas, solo interrumpida por vino (chileno, por supuesto) y piqueos (peruanos, por supuesto).

Digo vivían porque ya no están más en Lima. Una tarde, cuando ella salía del trabajo, un desconocido la interceptó y amenazó. Si para un peruano ya es motivo de desesperación sentirse amenazado en su propio territorio, pueden imaginarse lo que esto significó para alguien viviendo en un país adoptivo. Así que ellos hicieron lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar: empacar e irse hacia el sur. Tuvieron que empezar de nuevo, con todo lo que ello significa, pero me alegra saber que están bien y que este incidente no les ha quitado la alegría que siempre supieron contagiar entre todos sus amigos. He prometido ir a visitarlos la próxima vez que pase por Santiago.

En estas últimas semanas y meses hemos estado expuestos a información concerniente al fallo que se dará en La Haya el próximo lunes 27. Desde hace mucho no habíamos estado tan a la expectativa de lo que ocurrirá en una decisión que afectará posiblemente a un país más que al otro. Sin embargo, mi impresión es que hemos perdido de vista un aspecto fundamental: la dimensión humana alrededor de esta disputa. Gracias a esta avalancha de información, conocemos mejor los principios jurídicos detrás de la demanda, las estrategias seguidas por cada equipo y gobierno. Pero de lo que casi no se ha hablado es del trasfondo personal entre ambas naciones, y del cual La Haya equivale apenas a un pestañeo.

Nunca la cultura peruana ha influenciado tanto a un país -ni lo volverá a hacer en varios siglos más- como Chile. Creo que con excepción del intercambio entre México y Estados Unidos, ninguna otra frontera ha sido tantas veces cruzada como la peruano-chilena, ¡Incluso antes de que ambos países tuviesen fronteras! Contra lo que se suele creer, la migración peruana a Chile no es reciente. El profesor Jaime Valenzuela, en un revelador estudio encontró un grupo de ‘indios Cuzco’ -algunos provenientes de Jauja, Huamanga, Huánuco, Pisco y Arequipa­, cómodamente instalados en el Chile colonial.

Desde hace cinco siglos, comerciantes, esclavos, indígenas, exiliados políticos, aventureros y personas comunes y corrientes, como Silvia y Carlos, han encontrado refugio en ambos países. En el siglo XIX, en pleno furor de los ferrocarriles y del dinero del guano, el empresario Henry Meiggs trajo consigo por lo menos diez mil trabajadores chilenos (algunos triplican esta cifra), muchos de ellos migrantes del campo, para construir las vías férreas en el centro. ¿Qué fue de ellos? No lo sabemos. Lo más probable es que algunos se instalaran en Perú, se casaran con mujeres de la zona y tuviesen problemas con el inicio de la guerra en 1879. Otros deben haber intentado regresar a su país, sorteando las medidas dictadas por su gobierno para impedir su retorno. Un grupo adicional, al finalizar la bonanza guanera, debe haber continuado migrando en busca de más obras públicas en otros países.

Mientras esperamos el fallo, hay cerca de cien mil compatriotas en el sur, tratando de hacer suyo el ‘Chilean Dream’. Uno puede darse cuenta de su presencia en el nuevo entorno, desde la comida hasta los ritos religiosos, pasando por el lenguaje (me cuentan que los niños chilenos ya no dicen ‘sacapuntas’ sino ‘tajador’). Hace unos días, el diario chileno “La Tercera”publicó un estupendo reportaje sobre este mestizaje entre dos sociedades que parecieran ser completamente opuestas pero que están encontrando espacios comunes de convivencia.

Habría que preguntarse cómo estamos de este lado, donde el contraste no puede ser más evidente: ¿Qué conoce el peruano promedio de la cultura chilena? Muy poco, casi nada, posiblemente lo mismo que conoce de sus demás vecinos. La Haya se nos presenta así como una oportunidad para que ambos países continúen estrechando vínculos y para que de nuestro lado de la frontera hagamos un esfuerzo por desprendernos de una serie de mitos y prejuicios que han estado presente en nuestro imaginario, reforzando un chauvinismo innecesario. Desde el mundo académico las herramientas para colaborar en esta tarea no son pocas: fomentar intercambios entre universidades, enviar becarios a Chile, enseñar cursos sobre dicho país, y sobre todo darnos cuenta que la historia entre nuestros países no puede reducirse a solo cuatro años (1879-83).

No es un camino sencillo: hay muchos intereses -políticos, académicos, periodísticos y militares- que buscan mantener la imagen de un vecino hostil y ajeno a nuestra cultura. Pero eventualmente la tensión se va a reducir, quizás en algunas generaciones más. De modo que el fallo que se dé el 27 no debe llevarnos a caer en triunfalismos de un lado o sentimientos de derrota del otro. Es más bien una oportunidad para ir cerrando una ‘guerra fría’ que lleva ya ciento treinta años, y que no trae ventaja alguna ni para chilenos ni para peruanos.

Comentarios (1)

Interesante tu punto vista

Interesante tu punto vista José.
Me parece muy oportuno resaltar el lado humano del conflicto, dejando de lado el materialismo y toda una serie de emociones de triunfalismo o derrota que pueden generarse a través del fallo y que pueden ahondar en esa especie de "rivalidad" y "resentimiento" que existe entre estas las dos naciones.

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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