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La pobreza del debate de ideas

Enviado el 22/02/2012

Omar Cavero

Estas notas quizás sean tomadas como un gasto de letra innecesario por no estar ligado a la coyuntura política ni decir algo propiamente nuevo. Acaso sean tomadas como los comentarios que alguien escucharía de un profesor antipático, o de un amigo que siempre cayó mal por dárselas de intelectual en medio de las conversaciones triviales, cuando es momento de desbordar emociones, insultar al aire y liberarse un poco de rigideces mentales. 

A modo de réplica anticipada, acá presento el quid del asunto y mis francas intenciones: para procesar ese mar de opiniones, de desbordante (no necesariamente fecunda) creatividad, de audacia narrativa y de críticas contundentes y otras que no lo son tanto -aunque lo intentaron-, debemos de estar prevenidos de no caer en errores tan comunes que quizá se hayan vuelto ya en norma y que podrían dar cuenta de una sensación bastante extendida (ustedes confirmarán esto, al fin y al cabo las sensaciones son pantanosas) de que el debate de ideas es, actualmente, y no solo aquí en el Perú, tristemente pobre.

Como soy idealista y asumo que ustedes también lo son (simple fe), y como soy terco, además; señalo algunas de esas taras sin afán de exhaustividad y con la esperanza de formar con ustedes siquiera una logia minoritaria de lectores avisados y polemistas más o menos preocupados por las leyes esenciales de la lógica, de quienes espero que también me enrostren, inclementes, cualquier barrabasada cometida.

Comencemos.

1.    Alguien tiene entre sus manos un libro amarillento, de los años de 1960 o, para ser más gráficos, una reedición de un libro que originalmente fue publicado hacia fines del siglo XIX. Lee con atención. Se cruza de pronto con alguien que le aconseja, casi compasivo, aunque no por eso con aire menos triunfal: “actualízate, esas teorías son pasadas, el mundo ha cambiado, hay mucho que se ha escrito últimamente”. El lector inocente deja el libro que hablaba de clases sociales –ese lector estaba preocupado por las desigualdades-, que hablaba de marginalidad social, y toma otro, que tiene un estilo más atractivo, que es más comentado, que habla de pobreza y no de clases, que no habla de marginalidad sino de informalidad, y lo lee con avidez. Siente que ahora sí lee algo válido. Suspira.

La pregunta de fondo es: ¿algo es más válido sólo por el hecho de ser escrito recientemente? Si la respuesta es afirmativa, con total seguridad se podría afirmar que cualquier estupidez dicha ahora es superior a cualquier genialidad escrita antes. Pasa también lo inverso: no todo los libros amarillentos son superiores, por antiguos, a los de hojas recién impresas.

La validez de los argumentos recae en la rigurosidad de sus planteamientos y en su confirmación empírica a partir de un enfoque adecuado a sus premisas. Entre el pasado y el presente hay muchos debates olvidados, muchas batallas políticas ganadas o perdidas y asociadas a esos debates, muchos planteamientos no continuados. Aldo Mariátegui no es superior a José Carlos Mariátegui porque haya escrito en las últimas semanas.

2.    Ahora nuestro hipotético lector, sensible a cuanta opinión cruce sus oídos, está viendo la televisión. Después de los comerciales, conductores bien peinados y presumiblemente también perfumados presentan al panelista de la noche. Resaltan su formación académica y su experiencia. Tres títulos universitarios, por lo menos. Uno de ellos en Estados Unidos. Es doctor. Tiene varios años trabajando en el diseño de políticas públicas y compartiendo sus conocimientos en conferencias por todo el globo. No importa lo que finalmente dice tras ser consultado por temas de gran interés nacional relacionados al Estado. Ya le creyeron. Ya le creímos. En Lógica le llaman la falacia ad vercundiam, donde le atribuimos validez inmediata a lo dicho por una persona que consideramos autorizada solo por esa autoridad atribuida y no porque analicemos sus argumentos.

Y sucede igual si admiramos una civilización y sus espacios más prestigiosos de generación de conocimiento, como Occidente y sus universidades, y sus revistas especializadas, y sus acreditaciones institucionales. Si un peruano es publicado por una de esas universidades, caramba, debe ser bueno. Es reconocido. Podríamos incluso decir: es aceptado, fue incluido. Prueba suficiente.

3.    Nos encontramos, en seguida, un texto en un periódico o en un blog. Es corto. Queda desarrollada con claridad una posición política: se sabe que critica, por qué y que considera prioridades. Invita, explícita o implícitamente, a la acción. El lector sensible casi ha sido convencido por el texto cuando alguien toca su hombro y le dice, de forma más compasiva que la primera vez: “¿y qué propone quien escribió eso?, es fácil criticar, cualquiera puede hacerlo, no pierdas tu tiempo”. Y nuestro sensible amigo se sume en la desolación.

Es más, su decepción es total cuando aquel que le tocaba el hombro remata: “además, no apoya con fuentes bibliográficas lo que afirma, no recoge la posición contraria a la suya, no sabemos con claridad qué enfoque teórico utiliza y no tiene un estilo nuevo al escribir”. “Cierto, ¿no?” se dice para sí el influenciable personaje. Y nunca se planteó la pregunta sobre cuál era el género y la razón de ser del texto.

Si era un artículo de opinión política no cabía esperar un contraste imparcial y académico entre posiciones adversas. Si no era un trabajo académico no cabía echarle en cara la falta de explicaciones científicas a la situación que critica. Si era una crítica, la ausencia de propuesta no mellaría en absoluto la validez de sus proposiciones. Si es un texto que en tanto vale por lo que dice y no aspira ni se encuentra en un espacio de expresión literaria que busque el goce estético antes que los argumentos, entonces no cabría, tampoco, criticarle no haber entrado al club de articulistas irreverentes.

4.    Finalmente, ya un poco más maduro y menos influenciable y sensible a todas las opiniones del universo, nuestro protagonista eventual decide debatir. Escribe en polémica con una persona que no conoce más que por sus publicaciones en blogs, facebook, periódicos y demás registros. Avisado por sus anteriores decepciones, presenta una argumentación en la que cita autores actuales, muestra números (que tienen poco que ver con el enfoque teórico que usa, pero que son números a fin de cuentas), resalta expresiones de investigadores prestigiosos de apellidos occidentales, se desvive buscando una voz narrativa con un estilo propio, abunda de metáforas y analogías sus expresiones y se enfrenta a una caricatura de su contrincante que poco tiene que ver con sus planteamientos, pero que le es útil, que le queda perfecto como un saco recién mandado a hacer con las medidas precisas.

Se siente victorioso. Incluso, en el desarrollo de ese debate averiguó sobre la biografía de ese contrincante a la distancia y trató de hacer de su psicólogo, pero traicionando el compromiso de guardar el secreto de la terapia: vinculó su personalidad con sus argumentos y dio la estocada final.

Finalmente, como defendió la posición intelectual mejor ubicada en ese momento entre los líderes de opinión, ahora es apreciado, invitado a discutir sobre importantes temas, elogiado por la seriedad de sus ideas y sus maneras, felicitado por la creatividad de su lenguaje. En síntesis: fortaleció sus errores, se acomodó al bando adecuado, discutió con caricaturas, no con argumentos, y tampoco –parece que pasó desapercibido esto- definió los alcances de sus textos: no se sabe si desarrollaban una posición política, si ensayaban una explicación académica, si jugueteaban con las palabras en un ejercicio de plena libertad poética vanguardista, si planteaban una crítica, si desarrollaban una propuesta, o si eran todo eso a la vez.

Esto ya no es mostrar un error, pero ya que llegamos hasta aquí, también agrego esta reflexión a modo de hipótesis: probablemente el mercado haya invadido como nunca antes los fueros del pensamiento y de su expresión argumentada, pues importa ahora vender productos en función de las expectativas de los consumidores; marketear marcas con falacias conocidas desde los griegos porque el criterio de éxito es el consumo posterior; evaluar por peso y por acreditaciones institucionales las ideas y no por su coherencia, rigurosidad y relevancia; y, por último (aunque intuyo que podría seguir), guiar por modas el discurrir de las ideas y transitar por todos los enfoques o juntarlos todos a la vez siempre que garanticen un mercado, un nombre, un prestigio, un valor de marca; a fin de cuentas, el autor-empresa, debe vender sus productos.

 

Comentarios (3)

Después de dos años, el tema

Después de dos años, el tema del articulo sigue siendo actual. Me pregunto si el libro que en un inicio deja el influenciable lector del que habla Cavero es de algún autor extranjero, tal vez europeo? La colonialidad del conocimiento es una de las grandes trabas de la academia peruana.
Vale la pena preguntarse si aquellos que se hacen conscientes de esto, se dan el trabajo de buscar otras fuentes de referencia en una biblioteca (no digo archivo histórico) o libreria de Ayacucho, Huancayo o Iquitos. Si se critica el paradigma de mirar hacia "afuera", habrá que empezar a mirar hacia "adentro".

Podria alguien decirme, por

Podria alguien decirme, por favor, a quien alude Cavero ¿a Dargent? ¿a Melendez? ¿a los dos? ¿a ninguno? ¿a ellos y a otros?

El título original, por

El título original, por cierto, era: "Sobre la pobreza del debate de ideas actual: algunas notas breves".

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Opinión
    Comentario Destacado
    Pepe Tus reflexiones me parecen que siempre serán oportunas para reivindicar y resaltar personajes cuyo ejemplo merece ser considerado en un país con tantas carencias de ciudadanía, de principios y de valores a emular. Con todas las diferencias que pueden haber existido Javier Díez Canseco es uno de esos ejemplos. Solo lamento que se enfatice estos justos mensajes para responder a una persona cuyos comentarios infelices en muchos temas, y su intolerancia y su homofobia dejan mucho que ... Leer más >>
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