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Los etnohistoriadores y las “traducciones culturales”

Enviado el 22/11/2017

El etnohistoriador peruano Franklin Pease G.Y. (n.1939-m.1999) estudió a los Incas utilizando un método que, según la acertada apreciación del historiador Rafael Sánchez-Concha (2012), “pone énfasis en los errores de la interpretación […] los historiadores han creído a pies juntillas los relatos de las crónicas […] ello se debe al positivismo que realza la fuente escrita sobre las demás” (p. 342).  Los primeros testimonios escritos por los españoles sobre los Incas no acertaban a describir apropiadamente las realidades observadas, pues no llegaban a entenderlas a cabalidad.  Estos testimonios, al estar destinados originalmente a ser leídos por otros europeos, eran equívocos, pues “traducían” y modificaban lo observado.  Hoy, para evitar malentendidos, es necesario ser conscientes de las “traducciones culturales” expresadas en las crónicas, que “occidentalizaron” las realidades andinas del siglo XVI.

En un texto de 1990, “Los Incas en la Colonia”, Pease discutía los problemas en torno al término mismo de “inka”, utilizado para referirse al gobernante.  Los estudios etnohistóricos sobre la cosmovisión andina permiten comprender la complejidad que esta noción tenía para los pobladores andinos.  Citemos a Pease:

“Los autores de las primeras crónicas [Francisco de Xerez, el Anónimo sevillano, Pedro Sancho] no saben todavía quién es el Inka. […]  En ninguno de los mencionados textos se menciona siquiera la palabra Inka (ni inca, ynga, u otras formas).  ¿Por qué los españoles no saben en aquel momento que existe el Inka?

Inkaes una noción que hoy conocemos mejor que ellos.  Se trata de una categoría que ha funcionado en la mentalidad andina durante mucho tiempo después de la invasión española, y que ha tenido su propia historia.  Se recuerda en las versiones de los mitos que se pueden encontrar en nuestros tiempos en la región.  José María Arguedas precisaba alguna vez, hace años, que Inka quería decir «modelo originante de todo ser», es decir, un arquetipo.  En esto habría una coincidencia con modernas investigaciones de otros especialistas como Jorge Flores Ochoa o Gerald Taylor, los cuales trabajaron las nociones de enqa o cámaq, nociones equivalentes a principio generador del mundo, de la gente, de las cosas.  Pero los primeros cronistas no disponían de la capacidad suficiente para poder recoger este tipo de informaciones.

“Miguel de Estete es el autor de un texto […] la ‘Noticia del Perú’ […] [por] el tipo de información andina de que dispuso […] pertenece a una «segunda generación» de autores.  Mientras que Xerez, el Anónimo sevillano o Pedro Sancho a duras penas pueden identificar a Huáscar como el «Cuzco joven», a Huayna Cápac como el «Cuzco viejo», y comprobamos que el único que tiene nombre propio es Atahualpa (Atabalipa, Tubalipa, etc.), por contraste se aprecia que su presunto contemporáneo (el autor de la ‘Noticia del Perú’), quien debiera haber dispuesto de similar información, era capaz de identificar a los últimos incas por su nombre propio, añadía el de Huayna Cápac; sabe cosas que los autores de la década de 1530 desconocían, puede identificar qué es un suyu, puede precisar una serie de términos en runasimi.  […]  Probablemente se escribió unos diez años más tarde; pertenece a la década de 1540 y no a la de 1530; pero allí en el texto de la ‘Noticia del Perú’ nos encontramos por primera vez con una información concreta: Inka quiere decir rey [«Yngua, que quiere decir rey»].  Esta traducción de Inka como «rey» permite dar inicio a una larga serie de identificaciones del Inka como un monarca, que a partir de ese momento se generalizan en las crónicas.

“Un decenio más tarde […] en 1550, van a terminarse de escribir libros fundamentales, […] la ‘Suma y narración de los incas’ que preparara Juan de Betanzos [1551] en el Cuzco, […] [y] la segunda parte de la ‘Crónica del Perú’ de Pedro de Cieza de León [1550].  En ambos encontramos algo muy diferente de todo lo anterior.  Los primeros cronistas nos habían hablado muy ligeramente de las cosas andinas, apenas conocían la región y sus datos sobre los propios incas eran aún muy precarios.  Ahora, Cieza y Betanzos nos presentan una genealogía completa de incas, ya organizada; se trataba de un número y una precisión mucho más completa de los mismos.  El Inka no solo es un rey claramente identificable como tal, a la manera europea, es también parte de una complicada y antigua dinastía.

“Hemos asistido a una transformación, esta no es solamente producto de la mayor información que podían recoger los autores, también lo es de una elaboración que ha ido produciendo textos mejor escritos y acordes con las nociones históricas de su tiempo en Europa.  En ambas elaboraciones, el Inka va a aparecer en la forma como lo podemos definir en la época de los cronistas clásicos, y es la noción que más ha pervivido a lo largo del tiempo hasta que, en los últimos años, ha sido más visible y se ha podido entender mejor que Inka no era un rey a la manera europea sino una divinidad, un mediador entre un mundo sagrado y otro profano, que Inka era un «modelo y origen de todo ser» como, a fin de cuentas, ha podido comprobar la etnología interrogando al poblador andino de nuestros días.  Ha podido verificarse, entonces, que la imagen del Inka que habíamos visto en las crónicas, tan similar a la que podían tener los españoles de un Carlos V o un Felipe II, se transformaba en una categoría más andina, muy diferente.  El Inka no es, entonces, solamente un personaje rector de la dirigencia cuzqueña, es también un articulador, un personaje que regulaba y reunía en sí las relaciones entre el Cuzco y las diferentes unidades étnicas que existían en los Andes.  El Inka cumplía esta tarea a través de un universo ritual, este contexto ritual es el conjunto de matrimonios que el Inka realizaba con mujeres de cada uno de los grupos étnicos.

“Desde los primeros cronistas se pensó que estos matrimonios de los incas eran sustancialmente algo parecido a lo que los españoles podían identificar en los pueblos infieles que ya conocían antes de venir a América; me refiero a los árabes peninsulares.  En ellos, los españoles identificaban un «harén», un conjunto de mujeres que pertenecían a un rey o a un príncipe, constituido por un número de esposas o concubinas personales.  Esta figura fue trasladada, con alteraciones, a los Andes, pero conforme se analiza la manera como se configuraban dichos matrimonios, y se revisa la forma como las propias crónicas y la documentación colonial nos hablan de las relaciones que se fundaban en tales uniones, se comprueba que las mismas tenían que ver fundamentalmente con el establecimiento de las imprescindibles relaciones de parentesco que hacían posible la reciprocidad y la redistribución entre el Cuzco (el Inka) y los grupos étnicos”.

*          *          *

De este modo, el gobernante andino era más que un monarca a la manera Occidental.  Era visto por sus súbditos andinos como una divinidad, y sus acciones políticas y militares estaban revestidas de aspectos religiosos y ceremoniales.  Los cronistas del siglo XVI nunca terminaron de entenderlo.

Referencias:

Pease G.Y., Franklin. Los Incas en la Colonia: Estudios sobre los siglos XVI, XVII y XVIII en los Andes. Compilación de Nicanor Domínguez Faura. Lima: Ministerio de Cultura; MNAAHP, 2012, pp. 199, 200-201, 202-204.

Sánchez-Concha, Rafael. Miradas al Perú histórico: Notas sobre el pasado peruano. Lima: Editorial San Marcos, 2012.

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