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Juventud y desilusión política

Enviado el 22/11/2017

En este año amargo en el que últimos ingenuos vieron caer las imágenes de los pocos políticos (y empresarios y abogados) que creían desinteresados; en que hemos comprobado que el político corriente es nada más que un ser inflado por la prensa y la publicidad; en que acudimos impotentes a sus enfrentamientos ridículos que ponen en riesgo el futuro de la patria; en que hemos repetido la pregunta de Zavalita, nos hemos consolado con el fútbol e imaginado que otra cosa será cuando los jóvenes –esperanza del Perú- tomen las riendas del Estado y “del país”.

Ya se sabe, los jóvenes de este siglo no son los de los años 60 y 70 que querían cambiar el mundo. Corrijo, en toda generación hay jóvenes rebeldes y convencionales, izquierdistas y conservadores, pero en esas décadas, se hizo sentido común la idea de la revolución con la imagen romántica de los guerrilleros liberando pueblos. Pero la guerra senderista y sus matanzas de los años 80 generaron un rechazo visceral a la política radical y un gran temor atravesó varias generaciones, lo que terminó por despolitizar a los jóvenes.

En las elecciones generales del año pasado, 3.352,517 electores que tenían entre 18 y 23 años, al momento del cierre del padrón -diciembre de 2015- fueron convocados a votar por primera vez para elegir al Presidente de la República. En conjunto constituyeron el 14.64%[1] del padrón de electores hábiles. Habían adquirido la ciudadanía a partir del 10 diciembre del 2010, cuando fue cerrado el padrón para las Elecciones Generales del año siguiente, y no alcanzaron a votar en ellas. Es decir, algunos tuvieron que esperar cinco años hasta el siguiente proceso electoral general. Diez años antes, el año 2006 fueron convocados  2.552,506 electores a que ejercieran su derecho al voto por primera vez, lo que esa vez significó el 15.47% del total de los ciudadanos y ciudadanas convocados.

                                                              

¿Cuántos de los nuevos electores eran estudiantes universitarios?

En las estadísticas del RENIEC sólo figuran como estudiantes universitarios aquellos que manifiestan serlo, sin necesidad de probarlo, por lo que podría haber datos inexactos tales como que haya miles de graduados a la edad de 18 años. Por otro lado, como el DNI se renueva obligatoriamente cada ocho años, quiere decir que el dato sobre el grado de instrucción sólo podrá ser cambiado cuando el ciudadano cumpla los 26 años y recién se tendrá un dato más próximo a la realidad. Por tanto, se puede decir que una mayoría de los nuevos electores –que ingresaron al sistema universitario después de los 18 años- no figura como estudiante universitario en el padrón electoral, pese a serlo.

Según la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de la SUNEDU en el año 2006 hubo 288,505 alumnos matriculados en todas las universidades públicas y 307,243 alumnos en las universidades privadas; un total de 595,748. Tomando en cuenta que el padrón se cerró en diciembre del 2005, por lo que la cifra debe haber sido algo menor, se puede decir que entre un 10 y un 15% del universo de los electores jóvenes convocados para las elecciones generales del 2006, cursaba educación superior, con una mayor concentración en el intervalo de los 18 a los menores de 24 años, lo que pudo significar alrededor del 25% de este segmento.

Según la misma fuente, para el año 2013 las cifras se habían incrementado a 345,422 para los alumnos de las universidades públicas y a 762,002 para las universidades privadas, lo que dio un total de 1’107,424 electores cursando la educación superior. Un explosivo crecimiento del 85.9% en sólo siete años. Como quiera que la inmensa mayoría de los matriculados está en el pregrado y tiene menos de 24 años, se puede decir que cerca de un tercio del total de los nuevos electores cursaba una carrera universitaria. A diferencia de diez años antes, había más nuevos electores convocados a votar en el 2016 con, se supone, mejor educación y mayor información que sus coetáneos.

¿Cuántos jóvenes tenían alguna ocupación?

Según el INEI, en el año 2011, de los jóvenes peruanos entre 18 y 24 años, 2’300,000 de la PEA estaban ocupados, lo que significó alrededor del 75%  del universo de electores de ese intervalo, convocado a votar en las elecciones generales de ese año.

Según el INEI, para el año 2015, la PEA juvenil ocupada (entre 14 y 24 años) estaba constituida por el 18.4% del total, es decir 2’929,077 personas. Pero, como se puede observar, el intervalo del registro estadístico no es el mismo que el anterior. Se puede estimar que la población juvenil ocupada entre 18 y 24 años podría haber estado entre los 2.3  y los 2.5 millones, lo que significó alrededor de dos terceras partes de los nuevos electores del 2016.

Sin embargo, estas cifras pueden ser tremendamente engañosas si no se toma en cuenta que la “ocupación” en una sociedad como la nuestra es una categoría muy amplia y flexible que incluye trabajos temporales y autoempleo semiproletario -no siempre productivo- que los economistas denominan “informal”, porque no tiene las características de un empleo regular con salario fijo y derechos laborales mínimos como seguro y vacaciones.

¿Cuántos de los nuevos electores ni estudiaban ni trabajaban?

Los jóvenes que ni estudian ni están incorporados al mercado laboral (de ahí la etiqueta de “ninis”) siempre han existido, pero recién en este siglo empezaron a ser considerados como un estrato estadístico especial y a ser objeto de estudio de las ciencias sociales. La situación transicional de estos jóvenes, su dependencia económica, sus fracasos escolares o laborales, les genera mucha tensión emocional en sus hogares y en su vida sentimental, sin un claro sentimiento de pertenencia e identidad, ni planes a futuro. Es fácil de suponer que para un “nini” sus energías vitales están dirigidas hacia sí mismo, antes que hacia la comunidad o sus gobernantes, en su afán de poner fin a la inestabilidad de su situación.

Diversas metodologías se han usado desde comienzos de siglo para calcular el número de “ninis” y los intervalos son tan variables que es difícil obtener una cifra fiable. Para el año 2006 según el INEI, el 21.0% del total de jóvenes de 14 a 24 años de edad eran “ninis”. “De acuerdo a los resultados de la Encuesta Nacional de Hogares, en el año 2014, el 16,9% (1 millón 349 mil personas) de la población de 15 a 29 años de edad”.[2] La Cámara de Comercio de Lima que para el 2015 los “ninis” entre 15 y 24 años eran el 19.9% del total de jóvenes de ese rango de edad[3], aunque en algunos departamentos las cifras se elevaban por encima de la mitad.

En conclusión, se puede decir que un tercio de los nuevos electores del año 2016 eran estudiantes de universidades o escuelas superiores. De los dos tercios restantes es menos seguro tener cifras categóricas, pues si bien durante los primeros doce años del nuevo siglo la economía y el empleo formal se expandieron, ahí están los sondeos que hacen notar que los “ninis” constituyen una franja que adelgaza el número de los jóvenes ocupados. Grosso modo se podría decir que los nuevos electores están divididos en tres sectores: uno de estudiantes, otro más grande de ocupados con ingresos propios (entre 50 y 60%) y uno más pequeño, de “ninis” sin estudios formales y sin ingresos propios (entre el 15 y el 20%).

¿Cuántos jóvenes fueron a votar?

En cuanto a la participación en el acto electoral, se constata que los nuevos electores de 2006 en la primera vuelta de la elección presidencial acudieron a los centros de votación en mayor proporción que el resto de jóvenes, adultos y adultos mayores. Ese año, el promedio total de participación fue de 88.7%, mientras que en el caso de los nuevos electores fue de 90.7%, pues acudieron a votar 2’303,191 de los 2’552,506 convocados, exactamente dos puntos porcentuales por encima.

En el 2011 los nuevos electores convocados sumaron 3’069,177, de los cuales fueron a votar 2’560,511, lo que representó un 83.43%, casi un punto porcentual por encima de los jóvenes de 24 a 29 años que fueron a votar en un 82.49%.

En el caso de los nuevos electores del 2016, se constata que acudieron al acto de votación un total de 2’680,984  lo que significa un 79.5 % del conjunto, es decir, más de dos puntos porcentuales por debajo del promedio nacional, que fue de 81.8%, y once puntos menos, respecto de los votantes que acudieron a las urnas diez años antes.

¿Por qué bajó la concurrencia juvenil al acto electoral?

Aparte de las causas más frecuentes que ocasionan el ausentismo, tales como hallarse fuera de la provincia en la que se debe votar; estar enfermo, vivir lejos del local de votación o ser mayor de 70 años, varias hipótesis se pueden levantar para explicar la disminución de la participación juvenil, pero habría que poner de relieve la desafección, indiferencia o desinterés por la política y, por tanto, por las elecciones, fenómeno que se extiende por el mundo, generadas no por causas históricas sino por la actuación de los actores políticos actuales a los que la juventud conoce por la imagen que proyectan en los medios.

Los nuevos electores que concurrieron a las elecciones de abril del 2006 habían sido adolescentes y nuevos ciudadanos durante los últimos años del gobierno de Fujimori, el gobierno de transición de Paniagua y el de Toledo. Fueron años marcados por la confrontación política entre los simpatizantes y los detractores del régimen de Fujimori y sus reformas económicas y políticas. Fueron influenciados en su socialización política por hechos como la defenestración de los miembros del Tribunal Constitucional; la movilización estudiantil; el intento frustrado de convocar a un referéndum; la campaña y la anticampaña por la segunda reelección; la marcha de los Cuatro Suyos; el video de la compra de un congresista de la oposición; el descubrimiento de la cuenta bancaria en Suiza del asesor Montesinos; la renuncia del presidente y, luego, el descubrimiento masivo de los vladivideos. Pero ese interés por la cosa pública fue efímero, pues el temor a la política del choque y la violencia no se había disipado del todo. Por otro lado, para los jóvenes post conflicto el slogan senderista “Salvo el poder todo es ilusión”, ha resultado ridículo: se puede alcanzar si no la felicidad, al menos un estado de euforia permanente con la música, el fútbol, el sexo y los nuevos artilugios de la revolución tecnológica.

Luego de la elección de Toledo, si bien bajó el grado de confrontación, no desapareció, pues la actuación de la Comisión de la Verdad y Reconciliación generó nuevas contradicciones y crecieron conflictos entre las comunidades campesinas y los proyectos mineros, además de la asonada de Andahuaylas a cargo de Antauro Humala;  a los que se agregaron sucesivas denuncias de conductas dolosas de los congresistas del oficialismo y de la oposición; lo que influyó directamente en la malograda reconstitución de los partidos políticos. En resumen, la transición democrática fue un brillante globo que terminó de estallar muy rápidamente, mostrando las miserias de un gobierno de improvisados, sin ideas y discursos vacíos. Paradojalmente estas falencias de la política se dieron  en medio del crecimiento de la economía nacional que logró efectivamente reducir los índices de pobreza en el país y aumentar el consumo de las familias.

Los nuevos electores y electoras del 2016 fueron adolescentes y jóvenes ciudadanos durante los gobiernos de Alan García y Ollanta Humala y fueron formando su cultura política (actitudes, valoraciones, opiniones, comportamiento) en esos años, a partir de recibir las noticias de la actuación de los actores políticos y de los comentarios que éstos generaban en los medios de comunicación, así como de sus propias indagaciones y reflexiones, en el entorno en los que se desenvolvieron: familia, escuela, universidad, centros de trabajo, grupos informales de amigos y conocidos.

Fueron años en los que hubo bonanza económica gracias a los buenos precios de los minerales que exportó el Perú que duró la primera década, disminuyeron los índices de pobreza urbana y rural, aumentó el consumo familiar y mejoraron las posibilidades de empleo. Luego de la crisis financiera del 2008 bajaron los precios de los minerales y el crecimiento fue más lento en el último trienio. Es muy probable que adolescentes y jóvenes recuerden el tercer lustro del nuevo siglo por sucesos como la eliminación del equipo peruano para participar en los campeonatos mundiales de fútbol de Sudáfrica 2010 y Alemania 2014; los Juegos Olímpicos de Londres 2012 o las llegadas sucesivas a Lima de cantantes de fama internacional, la multiplicación de los smartphones y la irrupción de las redes sociales de las TIC en su vida cotidiana.[4] Equivalen a la versión peruana de la generación de los millenials estudiados en Estados Unidos.

Hay que recordar que al comienzo de su segundo mandato presidencial, García envió al Congreso un proyecto que se convirtió en la Ley 28869 y que creó la cuota joven de un quinto del total de candidaturas en las listas participantes en las Elecciones Municipales, aplicándose de inmediato en el mes de octubre de ese año. Un suceso que ocupó la escena durante ese gobierno fue la secuela del terremoto de Pisco del 2007 y la política de reconstrucción. Otros hechos políticos fueron la aparición de los “petroaudios” y la crisis de gabinete que sobrevino a las masacres de nativos amazónicos y policías en Bagua e Imazita en junio del 2009 que conmocionó a toda la nación; el conflicto sobre las lagunas de Conga al comienzo del gobierno de Humala; la denuncia de los “narcoindultos”; las denuncias de numerosos escándalos de congresistas en ambas legislaturas; los conflictos entre mineras y comunidades campesinas; el crecimiento de la delincuencia urbana; así como el ascenso del liderazgo de Keiko Fujimori.

Otro suceso específico que movilizó a los jóvenes fue el rechazo a la Ley del Régimen Laboral Juvenil 30288 denominada “ley pulpín”, aprobada el 11 de diciembre de 2014, y que conquistaron su derogatoria el 26 de enero del año siguiente. Dicha ley había tratado de ser una respuesta a la situación de los “nini”. Pero esas marchas, que a algunos les trajeron el recuerdo de la movilización estudiantil del 97, sólo fueron una muestra del veleidoso comportamiento juvenil. Las cifras de abril del 2016 así lo demostraron, aunque también pudieron ser una expresión de la protesta por el desembarco de uno de los candidatos que renovaron los rostros del elenco estable de la política criolla.




[1]
Todas las cifras electorales han sido tomadas de la página web de la ONPE.

[2]https://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1293/cap07.pdf

[3](Informe Económico de la Cámara de Comercio de Lima, mayo 2016) https://www.camaralima.org.pe/repositorioaps/0/0/par/iedep-revista/iedep.%20300516.pdf

 

[4] Sin embargo, hay distancias marcadas por zonas geográficas: mientras que en Moquegua, Tacna, Arequipa, Ica y Tumbes van del 70 al 78% de conectividad, alcanzando en el caso de Lima y Callao al 81.5%; en el otro extremo, menos de un tercio de los jóvenes de Apurímac, Huancavelica, Amazonas se conectan a internet, y en el caso de Cajamarca, sólo el 19%. (INEI Perú: Evolución de los Indicadores de Empleo e Ingreso 2004-2015, Lima julio 2016 p. 115)

 

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