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Bajo la copa de un árbol

Enviado el 23/01/2013

José Távara

Día primero

I

El pueblo despierta poco a poco. Soñolientos campesinos se levantan cada uno según sus tareas. Quienes ordeñan las vacas han de hacerlo más temprano que todos para llenar con la leche tibia los porongos que el camión transportará a la ciudad antes de que amanezca.

En el patio delantero de la casa hacienda los choferes y sus ayudantes preparan los camiones y ordenan la carga. Alguno que otro, que desea ir a la ciudad y ha sido autorizado por el patrón, se levanta y se alista rápidamente no vaya a ser que lo dejen y tenga que salir a la carretera a esperar los camiones que vienen de la capital del distrito o tal vez de La Solana en la frontera.

Desde una esquina del cielo la luna emite sus últimos destellos y su luz, como tenue velo de tul o de finísima gasa blanquecina, se extiende sobre las pampas, los tejados, las vegas, el río, los árboles y los pocos hombres y mujeres que madrugan.

–Ay Madre, María, virgencita santa, déjame vivir en tus amores, purísima paloma que anidas en la peña.
–Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día…
 –… hasta  que descanse en los brazos de Jesús, José y María.
 
Cuando todo está listo, los choferes arrancan los dos carros, calientan los motores y van en busca del patrón porque esta mañana tiene que ir a la capital de la provincia, a la ciudad señora del valle, para arreglar diversos asuntos administrativos que el hacendado le ha encomendado. Y parten. El pueblo se sume de nuevo en el silencio.

A las cuatro de la madrugada los camiones ruedan lentamente agobiados por la carga en la carretera sin asfalto. Los campos silenciosos van revelando sus entrañas. Árboles de tallos rectos o retorcidos, copas secas como esqueléticas figuras de otro mundo, pasan raudos a ambos lados del camino. De vez en cuando a través de las ventanas las casas hacen adiós desde las lomas y almas en pena que pocos ven, pero todos sienten vuelven a sus tumbas o a su vagar sin término.

 –Aunque el destino me lleve tan lejos o bien la muerte me arrastre al panteón, por más distante que de aquí me encuentre, por algo siempre me han de recordar… canta en silencio una moza bajando la loma en busca del amante que la espera escondido entre los matorrales.

En una casa pobre, abierta de par en par, la tristeza punza el corazón de una madre ante el cadáver tierno de su niña muerta. Allí está ella con su rostro bello envueltita en sus pañales y recostada casi de pie sobre una madera cubierta por suave almohadón de lana de carnero. Los hermanos velan al angelito que nadie entiende de qué murió. Unas velas, unas flores y agüita de azahar sobre la mesa.

–De las diarreyas, comadre, de las diarreyas que le dieron…
 –Alguna infección tendría.
–Antes no se sabía eso y en el campo, hijito, menos.

II

Creyendo que todos duermen, dos amantes buscan refugio para el incendio de sus afanes. Pobres amores imposibles que han de esconderse para ser. Ella tiene dueño y él es dueño de otra mujer. Pero se aman, saben que se aman, todos saben que se aman. ¡Cómo serán esos amores bajo la copa de un árbol!

A pesar de sus precauciones, los han visto. Nunca falta alguna madre que a estas horas de la madrugada ha de ir a la cocina a preparar una taza de manzanilla o de anís de estrella para el niño que no puede dormir y quizás le duele la barriguita. Mas los amantes no entienden, nunca entienden los amantes.
Primero vieron a ella bajar presurosa al barranco. Se esconde, mira hacia el pueblo y sigue su camino entre los overales secos esperando, confiando en no despertar a los perros no vaya a ser que los malditos se pongan a ladrar. El corazón se agita, las entrañas tiemblan.

III

Más o menos a los diez minutos de comenzado el camino un hombre toca con fuerza la cabina del carro pidiendo que paren, que ha olvidado el dinero y entonces para qué va a ir, si pudieran esperarlo dice. Gua y para qué te olvidas pues… No pueden esperarlo, ya será para mañana que vaya, si es que el patrón lo deja…

Cuando el carro arranque tú bajas, le dijo, y ella cumple fielmente, ciega ante su propio destino.

Se habían encontrado aquella vez, cuando ella caminaba de su casa al río llevando el fiambre al marido que esta vez trabaja en la cuadrilla que deshierba el campo para sembrar el maíz. El chorro de agua clara de los baños del inca cae sobre el cuerpo casi desnudo del hombre que le gusta desde que eran muchachos allá en Pozas Hondas, en la fiesta de alguna Virgen, de algún Señor Cautivo a la que sus padres los habían llevado sin pensar siquiera en los lazos que allí se anudarían para siempre, delante de las estatuas hermosas a las cuales las mujeres dirigen sus lloros y sus rezos con velas que se derriten en sus manos impasibles.

Ahora él arremete con furia y ella se entrega como loca a esta pasión antes no sentida. Desnudos sobre la cobija que él ha llevado se cubren con la sábana que ella trae debajo del camisón. Los pechos turgentes se mueven al impulso de los mordiscos del amante hambriento.

Día segundo

I

En esta historia, pero no en la vida

A las cuatro de la tarde, cuando comienza a preparar la hierbaluisa y a sancochar los camotes para la merienda, la invade una profunda tristeza. Una angustia que no la deja tranquila se apodera de su cuerpo. Viene de conversar con la hermana mayor que la ha mandado a llamar con uno de sus hijos. Salió de la casa, qué quedrá la Chanita, cruzó la pampa, bajó la quebrada, aunque el destino me lleve muy lejos, subió la loma y llegó donde la espera la mirada de siempre, la misma ternura de hermana mayor que la había cuidado desde niña pues la madre murió de sobreparto.

Cuando era muchacha pensaba por mi culpa murió mi madre, pero ahora piensa por mí se sacrificó mi madre y cree entonces que a ella la quiso más que a nadie, pero -se torna el pensamiento- tampoco quiere quitar a sus hermanas y a su hermano nada, ni una ñizquita de la porción de amor de madre que les corresponde y piensa que si a ella le tocara morir lo haría con gusto por cualquiera de sus hijitas. Cuando era niña creía que las madres reparten su amor en porciones iguales entre los hijos, como reparten el pan, ahora que es madre sabe que no es así, que el corazón se entrega entero a cada uno y a cada una -ella solo tiene hijas- sin importar cuántas tienes si muchas o si pocas. Y así diciendo, así pensando llegó.

 –Entra, ¿qué haces allí parada en la puerta?
Y en la cocina.
 –Ay, Juana, no sabes lo que andan diciendo.
 – ¿Qué hermanita?
 – ¿Qué? No te hagas que ya has de saber de juro.
 – ¿Pero qué cosa te han dicho?
 –Que te has metido con el Orlando.
– ¿Quién?
 –Ayer, cuando fui al canal a lavar la ropa, me dijeron.
 –Ay, María Purísima, la gente mala, chismosa, revesera.
–Dime la verdad porque mi marido dice que al Cucho en la inverna también le han dicho con indirectas.
 –No, hermanita, por Dios que no. ¡Te lo juro!
 –Para qué juras, mujer de Dios, si te han visto.

Y un río frío la invadió desde la planta de los pies hasta el pecho donde, por suerte, se detuvo porque si llegaba a la garganta la ahogaba.

Y escucha ahora cómo en la madrugada mujer, si estás loca la habían visto bajar de su casa por el barranco y cómo ese mismo día habían visto al Orlando caminar casi al mismo lugar hacia donde ella se dirigía y que después al día siguiente don Felipe y don Cisneros habían ido chismosos al Chililique y habían encontrado las huellas, la tierra removida al pie de un algarrobo y dos pesetas… Todo eso le contó y le contó también que el aguatero del patrón es el que anda vieja chismosa, baboso contándolo en el río, en el canal, en la huerta…

–Ay María Purísima, se persignó…
–Hermana, no sé qué vas a hacer, pero dicen que le van a decir directo al Cucho.
– (Silencio… un sollozo). Gente mala, chismosa, revesera…

Se abrazan, la mayor besa a la menor en la frente y atrae su cabeza contra sus pechos ya casi fláccidos. Anda ya a tu casa, hermanita. Sale, baja la quebrada, gente mala, chismosa, revesera, ya no canta, sube la loma, cruza la pampa gente mala…, chismosa……, revesera…, entra y cierra la puerta atontada, lela, presa de un indecible temor y temblor. Me han visto, piensa, me han visto.

Se le ocurrió rezar el Ave María y lo rezó, y una Salve y la rezó y terminó con el Bendita sea tu pureza y entre murmullos dijo: Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma, vida y corazón. Mírame con compasión, y se detuvo no me dejes, Madre mía. Amén.

Enciende la linterna y el mechero, hoy no prenderán el motor de luz porque se ha malogrado, y les da de comer a las hijas. Acabada la cena, recoge la mesa, lava los platos y las ollas, ordena la cocina y guarda la poca ropa recién lavada, mañana planchará. Finalmente se acuesta con las dos niñas, apaga la luz y duerme tranquila. Ella tiene su cama, su colchón de lana de carnero, pero esta noche quiere encontrar consuelo en las hijas, el consuelo que la madre no pudo darle cuando era niña y que le dio su hermana, niña como estas niñas que ahora la abrazan y duermen acurrucaditas juntito a sus pechos grandes que abrigan más que cualquier frazada. O fresada como ella decía.

El pueblo y su alma quedan en silencio.  

II

Esa noche el Cucho no llegó. El río había crecido imprevistamente, gua si no le toca, el canal se había salido y tuvieron que trabajar, en medio de un griterío de órdenes y avisos, para reparar los muros, enderezar los castillos, abrir las compuertas, limpiar los sifones, menos mal que había luna, y después, ya a las dos de la madrugada, se puso a ordeñar las vacas.

Pero su mente insistía y le preguntaba si sería verdad lo que le habían insinuado, si sería un hombre traicionado, si sería verdad lo que decían entre dientes o con bromas que parecían dirigidas a él. Su corazón dudaba. Y se sentía triste, si sus hijas no fueran sus hijas, él que las quería tanto, si siempre habría sido así. Pero no, allí está la jáquima del zambo había dicho doña Blanca y se tranquilizaba.

Su esposa es bonita, buena, trabajadora -piensa- y a veces también risueña, alegre, bromista con todos, con hombres y mujeres y cuantimás con los niños. Y era precisamente aquello de lo que él, muchacho alegre y acomedido, siempre listo para ayudar a los demás, se había enamorado cuando se conocieron en la fiesta del Señor de Chocán, a la que sus padres los habían llevado sin adivinar que allí se sellarían sus destinos. Recordaba cómo había tenido que robársela en otra fiesta, la del Santísimo en Lancones, varón él, y se habían ido en el primer carro que pasó por la quebrada de Martínez y la había llevado hasta Sullana donde su tío Pedro, que lo quería como a hijo y le iba a consentir, para que no los encuentren.

Después, ya perdonados, se habían casado, él de dieciocho años y ella de diecisiete, y se habían ido a vivir en la casa que la hacienda les daba a los trabajadores estables, donde habían nacido las dos niñas, Santitos y Manuelita. Y de solo pensar… pero puso fin a sus pensamientos para continuar el trabajo.

Día tercero y final

I

Exhausto a causa del trabajo de toda la noche, primero en el río y después ordeñando las vacas, Simón entró al depósito junto a los establos. Encendió la linterna de mano que siempre llevaba consigo para el trabajo de madrugada, cogió unos pellones y unas jergas, los tendió sobre el piso y se acostó en medio de porongos, latas, machetes, aperos, monturas, jáquimas, frenos, sogas y cabestros, todo debidamente ordenado.

Al principio se le ocurrió que allí, en esa soledad, en el silencio de la madrugada antes de la alborada, podía descubrir la verdad, responder la pregunta que nuevamente lo acosaba.

Pero no pudo, porque presurosos vinieron a su mente terneritos y terneritas para los que siempre dejaba algo de leche en las ubres de sus madres y siempre temía no haber dejado suficiente.

Cuando se despertó eran casi las diez de la mañana y nadie más había, porque nadie sabía que él allí estaba. Más tranquilo, sin presagiar siquiera la tragedia a la que paso a paso se acercaba, bajó casi corriendo al canal chico para asearse. Un buen rato estuvo jugando como un adolescente en el agua, regresó al pesebre y trancó las puertas.

Serían las once y media de la mañana cuando lo vieron pasar delante de la escuela, decidido a interrogar a la esposa. Pero al llegar a la puerta de la casa las niñas no lo dejan, se le prenden y él las abraza, las besa, las levanta… terneritas… Juana le sirve el almuerzo, sopa de verduras, arroz con menestras, pescado salado y un tazón de avena cocida con unas rajitas de canela.

Apenas termina de comer y escucha que lo llaman de la pampa, que quieren que vaya a ayudar a llenar los cilindros de agua para traerlos en el camión chico y, comadrita, que se va, ya estaban regresando, subiendo la cuesta y se baja a abrir el portón ¡para qué lo cerrarían si él lo había dejado abierto! y en eso, cuando iba a subir de nuevo, un cilindro se ladea y aquí le cayó, comadrita, se toca la sien derecha, si usted hubiese visto la sangre que era una regadera por la tierra.

Ya no pudimos hacer nada, nada pudimos hacer.

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Comentario Destacado
E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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