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Para que cada voto cuente

Enviado el 23/02/2011

Maryse Tétreault

El año 2011 ha empezado con la triste continuación del show electoral iniciado en 2010. Como hemos podido apreciar en los medios de prensa, mucho se habla de los candidatos y poco de los idearios. Pero eso no debería sorprendernos. Es política, as usual. El habla político nos despista, los insultos nos desvían y los mass media terminan el trabajo al focalizarse sobre las peleas de nuestros políticos. No nos olvidemos que lo que está en juego —más allá de los 5 años de gobierno— es el proceso encarnado por las instituciones electorales quienes terminan por darnos el desenlace final: el resultado de la votación. Esta reflexión sobre los entresijos del voto, especialmente después de las secuelas del las últimas elecciones municipales, es crucial. Indiscutiblemente tenemos que reclamar elecciones limpias, competitivas y transparentes, pero pensar solo en el número de votos obtenidos por cada candidato no es suficiente.

El gran ritual que nos une

La fascinación por el resultado podría explicarse de varias maneras. Porque nos parece más fácil entender esa parte. Porque se trata de contabilizar papelitos y sacar cuentas. Podría explicarse también por el ritual que implica, y la significación que tiene en nuestras sociedades democráticas. El sufragio, como objeto de historia, tiene esa inmensa carga simbólica que refuerza nuestro imaginario como Nación y, de paso, la idea moderna de que el ciudadano es central a la vida política. Que sea o no obligatorio, el voto es una de las únicas cosas que logra unirnos como comunidad; nos hace formar parte de algo más grande que la mera comunión el día de elección. Igual, ese día, todos nos sintonizamos: salimos de casa, vamos a votar y todos juntos esperamos los resultados. En la espera, comulgamos a pesar de nuestras diferencias. Nos gusta esa idea de tener algo que decir sobre el futuro del país. Nos gusta pensar que hacemos la diferencia. Para asegurarnos que sí cuente, nos hemos armado de un inflexible ritual: la presentación del DNI, la verificación por los miembros de mesa, la presencia de la ONPE y del JNE, la custodia de los observadores y personeros, la entrega del holograma, y la introducción del dedo medio en la tinta azul. De esta manera pensamos que el proceso electoral es limpio. Y hasta allí, puede ser que lo sea. Lo que nos queda menos claro es lo que sucede después que se coloca el voto en el ánfora. Sin embargo, todos volvemos a casa con nuestro dedo manchado, pensando que nuestro voto ha sido contado.

La santísima confianza

Aún, nos hace falta considerar un aspecto importantísimo: ¿cómo asegurarse que nuestro voto fue contando entre los miles de votos? Para ello se requiere una gran dosis de confianza,  es casi un acto de fe. El trabajo de reconstrucción de la confianza en las instituciones electorales ha sido laborioso desde la época de Fujimori. Basta con tomar en cuenta los niveles de desconfianza hacia la política en Perú, uno de los más críticos en toda América latina según el Latinobarometro de 2010. De acuerdo con la encuestadora CPI, un poco más de 11 % de la población afirma tener mucha confianza en el JNE y 12.5 % en el ONPE.

Por eso, no solo deberíamos tener elecciones que sean responsables ante la población, sino que sean  también verificables para recrear un clima de confianza. Lo paradójico es que solemos exigir a las identidades bancarias algo que no exigimos de nuestras autoridades electorales. Para nuestros trámites bancarios, contamos con un comprobante con el cual podemos verificar donde está nuestro dinero, y con el cual podemos plantear una queja si el sistema cometió un error. Suponemos que el sistema puede fallar. Con el voto, no tenemos nada, no tenemos ninguna forma de saber si ese llegó a ser parte de la suma final. Y es allí que nos damos cuenta que hasta ahora, poco nos hemos preocupado por la inversión que hacemos con nuestro país. La mancha en nuestro dedo crea esa ilusión de que todo está bien. Pero no es suficiente.

Las autoridades buscan defenderse de todo sistema que podría revelar el voto del elector, aferrándose al  santo secreto electoral. Es por eso que muchos temen la venida del voto electrónico, porque están desinformados al respecto, porque desconocen la tecnología empleada. Hasta hace poco, gracias al secreto electoral, era el elector quien tenía la última palabra al momento de marcar su voto, a pesar de las promesas hechas a un candidato X. Pero, hasta eso está desapareciendo. Se está comprobando que el voto ya se está des-empapando de su aura de secreto con la práctica del “foto-voto”, fenómeno cada vez más difundido y que consiste en trocar el voto por dinero o bienes, comprobando el acto con la foto de la cédula marcada. Así, los brokers electorales convencen los ciudadanos de que su voto valga más que un solo punto en la suma total.

¿Prêt-à-voter?

Intentando resolver este problema, un grupo de la Universidad de Surrey, UK, llega con una propuesta interesante, el Prêt à voter, empleando el voto electrónico, derivado de sistemas como Punchscan y Scantegrity. Todos estos sistemas de votación cuentan con una tecnología que asegura integridad, confiabilidad y transparencia en el proceso de escrutinio. Por ejemplo, en el sistema Prêt à voter, el elector recibe un cedula de votación con una lista de candidatos distribuidos aleatoriamente. Después haber marcado el de su preferencia, se queda con una parte recortable, una especie de recibo con un código encriptado que podrá llevar a casa como prueba de la emisión de su voto. Después de la elección, el elector podrá verificar si su voto fue contabilizado visitando un sitio Web. El código no especificaría para quien se votó, pero registra el acto. El voto no se puede cambiar y la maquina tampoco puede rastrear el voto.

Por eso hay que pensar y crear un sistema que elimine esta necesidad de confianza durante el proceso electoral, para llegar a tener sistemas electorales que sean verificables, responsables y auditables. El “e-voting” no es la una solución en sí misma, ni resolverá el problema de clientelismo rampante en nuestras sociedades. En cambio, puede proveer las herramientas para llegar a tener un sistema que nos permita hacer el seguimiento de nuestro voto, desde la sala secreta hasta el resultado final. Así, y solo así, el dicho “cada voto cuenta” tomará plenamente su sentido.  
 

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